28 de agosto 2001 - 00:00

"Unidad nacional": todos contra todos

No hay fracción de la política argentina que no esté trabajando para un gobierno de unidad nacional. Pero lo más probable es que ese sueño no se realice. La razón es que el proyecto es un argumento para la discordia o, en el mejor de los casos, una coartada a través de la cual un grupo o un dirigente político piensa salvar su vida de los efectos de la depresión general. El juego se ha transformado en una insólita «unidad nacional de todos contra todos».

Si Fernando de la Rúa inauguró el ardid, camuflando detrás de un acuerdo que no incluía siquiera a su propio partido la incorporación de Domingo Cavallo al gabinete, Raúl Alfonsín lo continuó, pero en sentido contrario. Cuando pide un «gobierno de unidad nacional», el presidente de la UCR está afirmando que el actual no lo es; con otras palabras, está refutando a De la Rúa. Esta formalidad gana sustancia cuando se verifica que lo que pretende Alfonsín es, deliberadamente, articular un frente político contra la orientación de racionalidad fiscal que adoptó la administración. «Unidad nacional», para el jefe radical, significa lo contrario que para De la Rúa: un gobierno sin Cavallo, tal vez sin convertibilidad y, de ser posible, con el duhaldista Jorge Remes Lenicov en el Ministerio de Economía. A los sindicalistas de la CGT que lo visitaron ayer (Cavalieri, West, Daer, Andrés Rodríguez) les quedó clarísimo. Si ya en una reunión anterior el jefe de la UCR les sugirió «ir buscando el perfil de otro ministro», ayer recibieron una ratificación de esa línea cuando vieron que al lado de su anfitrión estaba Leopoldo Moreau. El senador se ha convertido en un aliado táctico de la CGT desde que Patricia Bullrich y Cavallo resolvieron expulsar a Laxareborde y Fernández Pastor, los cónsules del imperio que domina en la ANSeS.

• Artilugio

Hasta aquí lo que el propio Alfonsín estaría dispuesto a reconocer ante una mesa amigable en la que no haya periodistas. Pero en la Casa Rosada creen que, además de un dardo hacia De la Rúa, la propuesta esconde un artilugio para la autopreservación. Allí suponen que, de realizarse, el cuadro que imagina don Raúl sería la escalera perfecta para descender de su riesgosa candidatura a senador nacional. Por eso Eduardo Duhalde y Jorge Remes son piezas clave para esta composición: ¿cómo enfrentarlos si se incorporan al gobierno en calidad de jefe de Gabinete y ministro de Economía? Alfonsín estaría obligado a abandonar su postulación. Es decir, estaría obligado a salvarse. Duhalde, que ya se quemó con leche, vigila atentamente estos temores del ex presidente y, si puede, lo alienta en su fantasía. Peor sería para él que el astuto caudillo de Chascomús se le baje «para el otro lado»: haga una alianza con Luis Farinello, como la que en 1997 hizo con Graciela Fernández Meijide para destruir a «Chiche», su esposa. Por las dudas, Duhalde tiene una línea secreta con Farinello -para él, «Luis», a secas-que sirve para alcanzarle todo tipo de ayuda. Nada opaco, desde luego, como corresponde a la investidura del beneficiario.

Sería un error pensar que la «unidad nacional» de Duhalde se reduce a un caramelo de plástico puesto en la boca de Alfonsín para llevarlo adormecido hasta las elecciones de octubre. De ninguna manera: el ex gobernador cree que su carrera se vería beneficiada si se le permite encabezar un gobierno de emergencia, es decir, si se lo convocara para sacar al país de una crisis terminal. Sólo difiere con Alfonsín en la oportunidad de ese proceso. A él le serviría exclusivamente si se desencadena después de las elecciones. Es que Duhalde requiere, como ningún otro peronista, corregir en octubre con un «urnazo» el fracaso de su pretensión presidencial de 1999. Entonces sí, absuelto por el electorado, podría darse un baño de estadista capaz de tranquilizar a quienes lo ven como un dirigente retrógrado y peligroso. Al menos eso es lo que le aconsejan sus asesores brasileños de la agencia Duda Mendonça.

Si la «unidad nacional» de Alfonsín está pensada en contra de De la Rúa, Duhalde imagina la suya en contra de Carlos Ruckauf. El gobernador de Buenos Aires ya encuentra una cruz suficiente en el estoicismo con el que tiene que ajustar, emitir bonos, recortar salarios y echar empleados públicos sin poder decir que todo eso es culpa de su antecesor. Pero tal vez deba tolerar también que ese culpable sea premiado en las elecciones de octubre y que esos votos se transformen en una candidatura presidencial con la que Duhalde apunte en su contra. Ni siquiera la lógica política colabora con Ruckauf: Alfonsín, contra toda sensatez, no quiere denunciar el desbarajuste fiscal que dejó su contrincante en la pelea por el Senado. Una crítica al dispendio duhaldista podría confundirse con algún tipo de aprecio por el «déficit cero» de Cavallo, pero antes de incurrir en esa herejía Alfonsín prefiere darle ventaja a Duhalde disimulando sus desarreglos de gobernador.

Envuelto en estas dificultades, Ruckauf también concibió una «unidad nacional» de urgencia, la que Diego Guelar le expuso a Chrystian Colombo el viernes. La coalición que explicó el canciller del gobernador fue una especie de trueque: Ruckauf iría a la jefatura de Gabinete y, a cambio, el radicalismo designaría un interventor en la provincia de Buenos Aires. Es inconcebible que el gobernador, interesado y todo como puede estar en abandonar su mortificante cargo, haya habilitado a esa negociación. Primero, por la razón elemental de que Guelar fue a comunicarle a Colombo que pretendían su cabeza. Segundo, porque no está claro para nada que sea más negocio estar hoy en la gobernación bonaerense que en la jefatura de Gabinete, concediendo inclusive que ésta es un infierno.

Lo que importa de la gestión de Guelar es lo que provocó más que lo que consiguió. En Olivos comenzaron a suponer que detrás de la propuesta que llegó de La Plata se esconde, si no la mano de Alfonsín, por lo menos la de Moreau y también la de Federico Storani. De la Rúa sospecha más. Cree que la escala final del viaje de Ruckauf no es la jefatura de Gabinete sino la presidencia, sea o no para sí mismo, en una jugada que el sindicalista Luis Barrionuevo explicitó ayer en un reportaje: después de las elecciones combinar con el PJ la identidad de un nuevo Presidente.

• Vacantes

Frente a estas amenazas, De la Rúa ha advertido que con la «unidad nacional» que tiene ya no le alcanza para conjurar la amenaza. Por eso concibe otra para salir del paso. Supone aprovechar la segunda línea de vacantes que se abrirá en el gabinete para incorporar peronistas. Como serán candidatos en las elecciones de octubre, abandonarán sus cargos los secretarios de Empleo (Horacio Viqueira), de Acción Social (Gerardo Morales), de Derechos Humanos (Diana Conti), de Asuntos Municipales (Rubén Martí) y de Cultura (Hugo Storero). Estas posiciones podrían convertirse en la vía a un nuevo entendimiento que también está pensado de manera agresiva. La «unidad nacional» del delarruismo supone sumar fuerzas en la UCR, el PJ y el Frepaso para enfrentar a la «unidad nacional» que, en la UCR, el PJ y el Frepaso le están armando en su contra. Es que también los huérfanos de Carlos Chacho Alvarez están imaginando un refugio en este tipo de artimaña: mientras Aníbal Ibarra rompió con De la Rúa casi abiertamente -se negó a incorporar a Rafael Pascual a la lista de diputados de la Alianza, pedido que le realizaron personalmente tanto el Presidente como Alfonsín- para fundar su propia jefatura, Juan Pablo Cafiero y Abel Fatala se imaginan detrás de una especie de «neoperonismo» encabezado por Eduardo Duhalde. La desorientación en que los dejó la eyección de Chacho les impide coincidir hasta en qué tipo de «unidad nacional» les conviene para sobrevivir.

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