Uruguayo austero para gobernar con arrebatos
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Jorge Batlle
Volvió con otra sociedad democrática, menos urbano, más de campaña, fue senador, parecía que el sino familiar de los presidentes no se cumpliría. Sin embargo, algo cansado, al fin de los noventa llegó al cargo, a otra dirección del Palacio de Gobierno de la que existía en 1966. Tanto había cambiado todo que enfrentó al Frente Amplio que entonces ni existía, venció en una reñida segunda vuelta al oncólogo Tabaré Vázquez que luego habría de sucederlo. Asumió en el año 2000. Mal momento aquél para el Uruguay con la baja de los precios relativos y el vendaval que sacudió a la Argentina con los desastres financieros («corralito», «corralón», superdevaluación). Pero, en comparación, él gobernó con gran austeridad en el gasto público. Capeó la crisis en la zozobrase recuerda el día que a Carrasco llegaron aviones de los Estados Unidos cargados de dinero para evitar una debacle por la corrida en los bancos, no cayó en los desatinos de Eduardo Duhalde y hasta preservó la institución presidencial, de la cual se retiró como dice la Constitución y dejando al país en crecimiento. El argentino López Murphy dice: «No embromen con los milagros de Lavagna. En Uruguay no tuvieron un Lavagna y crecieron 13% en un año». Fue mérito de este hombre que con las papeleras «se le escapó la tortuga» diría Diego Maradona.
En ese ciclo volvió a ocuparse de la Argentina, casi como un divorciado de la Argentina. Quizá por las consecuencias de lo que ocurría en Buenos Aires y sacudía económicamente a Montevideo, un día irritado se despachó como si no supiera que lo filmaban y grababan en un presunto off the record con la agencia «Bloomberg». Casi a los gritos, hizo una descripción del vecino país y de quienes lo ocupaban. «¿Sabe usted la magnitud y la dimensión de la corrupción en la Argentina, sabe cómo se manejan allí las cosas?» Si hasta tomó como modelo una frase del sindicalista Luis Barrionuevo: «Van a andar bien si dejan de robar un par de años». Por si no estaba claro su criterio, puntualizó: «La situación argentina es un problema de los argentinos, una manga de ladrones del primero al último».
Empezó por allí y siguió con los problemas del país con el FMI. «Los argentinos -afirmó- hablan contra el FMI, pero si alguien me viene a pedir plata, para prestársela le voy a exigir condiciones.» Y siguió con el mazazo: «Lo que ocurre, la tragedia de los argentinos, es que se la pasan hablando de quién es el culpable de no ayudarlos y no se dan cuenta de que tienen que ayudarse a sí mismos. El idioma que hablan ya no existe en el mundo». Por si había dudas sobre a quién le colgaba el sayo, agregó: « Duhalde no tiene fuerza política, no tiene respaldo, no sabe adónde va. Es un ciudadano que no sabe cuándo se va». Mientras, deslizaba preferencias, como las que reiteró siemprea favor de Carlos Menem (en rigor, sobre el sentido de su gobierno), a quien pronosticó equivocándose como futuro presidente argentino en Nueva York. El arrebato le costó el rencor de Kirchner. No sólo lo detestó sino que financió a uruguayos residentes en la Argentina a viajar gratis por Buquebús para votar y fueron decisivos para Tabaré.
Para peor, siguió la autoflagelación: se cruzó a Buenos Aires, lloró ante Duhalde, pidió perdón, invocó a su madre argentina tras habernos llamado «ladrones del primero al último». El bonaerense quedó más atónito que cuando había escuchado los agravios. El peor y más desesperado momento de Batlle en su gestión, un extravío psicológico, los dichos y las correcciones.
Y dejó, claro, la herencia de las papeleras, casi un atávico conflicto con Néstor Kirchner, con quien ni se saludaba.
Tabaré Vázquez de vez en vez cita a Batlle a su escritorio, hasta lo consulta.




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