Fueron los dos antagonistas más importantes de la historia política argentina de los últimos diez años. A su enemistad se debieron hechos cruciales: el pacto de Olivos, el caso Cabezas y el suicidio de Alfredo Yabrán, el ascenso y caída de Fernando de la Rúa, la división del peronismo en las últimas elecciones y la consecuente llegada de Néstor Kirchner al poder son hechos en cuyas causas aparece, más o menos visible, la dinámica de esa enemistad. Es obvio: se está hablando de Carlos Menem y Eduardo Duhalde, el binomio victorioso de 1988/89, la última interna franca del peronismo. Estos dos caudillos, que administraron las dos masas de poder más importantes que se hayan acumulado en la Argentina de los últimos tiempos, figuran hoy como las víctimas señaladas por Néstor Kirchner para los comicios del año próximo.
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Decir que esta circunstancia les impone una hermandad paradójica, no buscada e incómoda, sería señalar algo evidente. Conviene más detenerse en el modo en que cada uno de ellos enfrenta el desafío, ya que las estrategias encaradas son casi idénticas. Así como el desenlace de la lucha podría ser hoy el mismo para los dos: si el curso de acción es el que se ha desatado, Menem y Duhalde estarán sentados en el mismo bloque de senadores el año próximo. Sería difícil encontrar un dato más relevante que éste en el campo político y parlamentario de los tiempos que vienen.
En Buenos Aires la Casa Rosada embiste, de manera hasta ahora subliminal, a través del despegue de Felipe Solá. Mientras lo que se organizaba frente a sí era nada más que un mosaico de agrupaciones y pequeñas jefaturas de centroizquierda, sin más estructura que las que pueden encontrarse en las organizaciones piqueteras, a Duhalde le alcanzaba con levantar la candidatura de su esposa Chiche y esperar a la negociación de las listas con Kirchner. ¿Las pretensiones de Cristina? Contesta el propio Duhalde: «Néstor jamás me habló de eso e hizo bien, porque sabe que deberíamos discutir y es muy temprano».
Ahora, cuando el presupuesto de acción social y los planes Jefas y Jefes de Hogar de la Nación amenazan con confluir con la caja de la provincia de Buenos Aires en una coalición entre Kirchner y Solá, la amenaza es más inquietante. Capaz, por ejemplo, de hacerlo regresar a Duhalde de su fantasía mercosuriana para hacer lo que mejor sabe: articular punteros, armar listas, diseñar la orfebrería electoral de cada distrito. En Itamaraty bien pueden cerrar por un tiempo el despacho que le cedieron al ex presidente. Cuando no alcanza con el apellido, hay que poner el cuerpo: el caudillo de Lomas de Zamora evalúa seriamentesu propia postulación a la senaduría del año próximo. Una manera de evitar la diáspora de los suyos. Menem también fue obligado a regresar del exilio, en su caso chileno. Tampoco a él le alcanza con el apellido, ya que la candidatura de Eduardo Menem no parece ser, como hasta ahora, el escudo más seguro para proteger el esquema de poder montado en La Rioja desde hace más de 30 años. Kirchner incorporó al séquito de su último viaje a Nueva York a Jorge Yoma, titular de un desprendimiento del PJ riojano. Mientras tomaban café en el Plaza, el santacruceño le prometió al senador: «Por (Angel) Massa, despreocupate. Depende mucho del presupuesto nacional». Massa es el gobernador de La Rioja, un hombre que llegó a esa jerarquía gracias a la intervención directa del ex presidente riojano. Es una tentación compararlo con Solá, «mutatis mutandi». A él le resultaría tan difícil enfrentarse con Carlos Menem como a Felipe componer una fuerza en contra de Duhalde. Por eso, como su enemigo bonaerense, el riojano deberá poner también el cuerpo y hacer el gasto político de competir por la banca. A esto vuelve Menem, aunque deba corregir su letanía: «Quien fue Papa no puede ser cardenal».
• Perspectiva
Si se quieren poner estos movimientos en la perspectiva del largo plazo, la novedad se desvanece. Todos los grandes ex presidentes del siglo XIX ocuparon, al cabo de sus mandatos, bancas senatoriales. Y habría una sabiduría profunda en este tránsito, por más que Raúl Alfonsín no haya querido institucionalizarlo en el texto constitucional de 1994: bastante tenía con el pacto de Olivos para que le cargaran también la romana de querer arrebatar una banca.
Sin embargo, la llegada de Menem y Duhalde al Senado, en 2005, no sería el fruto de una maduración más o menos armoniosa del sistema político. Nacerá de una guerra. Es cierto que los viejos leones de la política están dispuestos a tolerar que Kirchner acumule cargos en la Corte, arme su servicio secreto, funde empresas públicas y avance sobre el aparato de seguridad. Pero si esa expansión significa también defenestrarlos de sus propios feudos, bonaerense o riojano, la resistencia aparecerá, agresiva. Ni Menem ni Duhalde se sienten, todavía, «el viejo» Juárez.
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