19 de diciembre 2000 - 00:00

Vuelve Alvarez a la Rosada, ¿además vuelve al gobierno?

Fin de los cabildeos: mañana se reunirán Fernando de la Rúa y Carlos Chacho Alvarez (siempre que éste se recupere de una descompostura repentina). En rigor, el Presidente le concede audiencia a su ex vice, quien reclama la entrevista desde hace tiempo y con cierto hartazgo por la dilación. Había pensado Chacho que De la Rúa respondería de inmediato a su llamada, se sorprendió y hasta desconfió de una tardanza que la sintió humillante (al menos para alguien que no descuida la vanidad). Hubo que apelar a un reguero de pedidos, amén de los que hizo por diarios y otros medios, a través de personeros propios y ajenos para descomprimir esa terquedad presidencial. De la Rosada sólo se guardó silencio, discreta prudencia y, sobre todo, la voluntad de expresar socarronamente, al mejor estilo Carlos Menem, la sentencia popular: «El que se va sin que lo echen, vuelve sin que lo llamen».

A pesar de la reticencia, De la Rúa será afectuoso con su ex socio: más que en Alvarez piensa en las elecciones del año próximo. Y Alvarez, aunque está dolido por las peripecias del obvio desprecio que percibe, a su vez será cálido con el Presidente. Por último, también él se inquieta electoralmente. Los dos, claro, son hombres de negocios y, en la política, los comicios generan pérdidas o rentas. La Alianza arriesga mucho en la próxima competencia electoral por diputados y senadores.

«Hay que darle un lugar a Chacho», afirman en gobierno como si lo extrañaran. Y Alvarez regresa sin orientación sobre su futuro pero tentado de participar: finalmente, el Varela Varelita no es Marbella -el exilio cuando es voluntario debería contener cierto placer- y el proyecto de un movimiento propio se esfumó con la misma volatilidad que la buena fama recogida luego de su renunciamiento.

Caudal electoral

De modo que los intereses los reúnen; el propósito: no perder caudal electoral en los próximos comicios que, literalmente, significaría no sólo el fin de la Alianza sino una hecatombe para los dos partidos y hasta una posible inestabilidad para el gobierno hasta que complete su mandato. Los dos, entonces, endulzados por el blindaje, se necesitan para el conteo de votos y, de un modo u otro, deben imaginar algún tipo de pacto para sostener al oficialismo. Ya Adalberto Rodríguez Giavarini y Chrystian Colombo (ver nota al lado) han revisado los «papelitos» acercados por Alvarez y los consideran apropiados, convergentes, viables, incluyendo en la ocurrencia incorporar al vice renunciante y hasta eventualmente aceptar una asistencia de Domingo Cavallo para el tema tributario. No es magnanimidad: a la hora de sumar, no importan las distinciones; además, éstas se cubren hablando sobre la necesidad de reactivar el país, realizar las reformas de «tercera generación» o cualquier otra excusa dialéctica. El Canciller ya transmitió su opinión a De la Rúa, también al propio Alvarez: la sintonía perfecta. Del lado de Chacho, como se sabe, la devolución de favores proviene del diputado Darío Alessandro, alguien reputado como clon de Alvarez por similitud de gestos y voz, quien en su parecido casi cumple años el mismo día, pero el que desarrolló su propio vuelo -finalmente, es un peronista de origen-desde que su jefe abandonó la administración. «Tan clon no es», afirman los radicales, «porque es leal». A ellos, claro. Esa autonomía no complace al jerarca del Frepaso.

Impuestos (nueva política), una agencia social (no gustan hablar de ministerios cuando de eso se trata), son algunos de los principales temas a tratar para mañana a la noche (al menos para la «gilada» que luego escu-chará las declaraciones). En la sustancia, además del necesario reconocimiento policial entre los dos, casi un «mangiamiento» mutuo -ambos jamás se prodigaron intimidades ni confianza excesiva-, inevitablemente rozarán la posibilidad de que Chacho regrese a la administración, comparta responsabilidades. Y, además, que exprese opinión sobre la difícil situación de la Alianza en la Capital para los próximos comicios, ya que no dispone de un candidato contundente y sería una catástrofe perder (de ahí que desean capturar o mantener lejos del peronismo a Cavallo). Casi crematística hoy la voluntad de ambos por pactar, por relacionarse de nuevo: se sabe que De la Rúa no se derrumba después del blindaje y por lo tanto carece de sentido que Alvarez siga como un «ombudsman» hablando mal del gobierno. Lo mejor es integrarse para el ex vice -además, la fuerza propia no se dispersa-con «carpetitas» o no, mientras que al Ejecutivo sólo le preocupa reincorporarlo para añadir número a su gestión y, de paso, conservar ese número en las elecciones. Al revés de los argentinos angustiados por el día a día (la gente), quienes se reúnen mañana piensan en el largo plazo, en los comicios futuros: son diferentes, son dirigentes.

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