22 de marzo 2023 - 00:00

Robirosa: una muestra tan breve como intensa

A menos de un año de su muerte, el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires inauguró una exhibición con la curaduría de Rodrigo Alonso.

josefina robirosa. “Seis en este mundo”, 1967, pintura sobre aluminio, Colección Von Buch.
josefina robirosa. “Seis en este mundo”, 1967, pintura sobre aluminio, Colección Von Buch.

El Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires inauguró la semana pasada una exhibición tan breve como intensa, “Josefina Robirosa. Línea y vibración”, curada por Rodrigo Alonso. La muestra se abre con una bellísima pintura de más de cuatro metros de ancho por dos de altura, realizada en 1968 sobre planchas de aluminio clavadas sobre un bastidor de madera. Una dinámica marea de rayas multicolores y ondulantes configura mediante curvas y contracurvas, seis figuras de cuerpo entero. El dinamismo de la pintura y los colores luminosos (amarillos, naranjas, celestes, azules, cobre, rojo, bordeaux, blanco, lila, tierra) irradian su energía en la sala de ingreso, exaltados sin duda por el metal. Esta potente pintura de Robirosa (1932-2022) sobresale por sus cualidades, de las del grupo de mujeres artistas elegidas para escoltarla, acaso con el criterio políticamente correcto de brindar visibilidad al género femenino. No obstante, la identidad inconfundible de una artista que no se parece a nadie, impone dificultades a la hora de otorgarle unidad al conjunto. Las obras de Marta Minujín, Elda Cerrato, María Martorell, Natalia Cacchiarelli, Alejandra Barreda, Valeria Calvo, Gabriela Böer, Leila Tschopp, Carola Zech, María de la Vega, Cristina Rochaix y Verónica Di Toro, varias pertenecientes a la geometría pura y dura, reniegan de cualquier parentesco con las rayas de Robirosa y, más aún, con ese extraño universo que oscila entre la abstracción y la figuración.

Sin embargo, cabe aclarar que las obras de la serie de las rayas presentes en la exhibición, que van desde 1965 hasta promediar la década del 70, no abundan y, por el contrario, son muy escasas. Dato que le agrega valor a la investigación del curador Rodrigo Alonso y a la gestión del Macba. Robirosa pintó con indudable talento la rítmica serie de las rayas y el virtuosismo de su lograda resolución le abrió todas las puertas. En 1956 inauguró su primera exposición en la Galería Bonino y, en la muestra del Macba hay una foto donde se la ve junto a Miguel Ocampo, posando frente a la célebre pintura “Broadway BoogieWoogie” de Mondrian. Ambos participaron de la Bienal de San Pablo en 1957. En los años 60 integró el grupo de artistas del Instituto Di Tella y Rodrigo Alonso describe el éxito de sus diseños textiles.

“A pedido del tapicero francés Jacques Larochette, quien dirige un taller de producción de tapices artesanales en Bariloche, la artista argentina realiza diseños en grandes dimensiones que son tejidos por un grupo de mujeres que trabajan en el lugar. El resultado se exhibe en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires en mayo y junio de 1964, en simultáneo con su exposición individual de pinturas figurativas en la Galería Bonino. La realización de los bocetos para los tapices requiere trabajar en unas medidas que hasta ese momento Robirosa apenas había frecuentado. Su posterior traslado al soporte textil demanda además que las figuras sean esquemáticas, que carezcan de detalles difíciles de ser transferidos al producto final. Así, las formas se simplifican y el tratamiento del color adquiere cualidades decorativas”.

El sentido de las obras de Robirosa tiene estrecha relación con las tendencias artísticas dominantes en un tiempo signado por la presencia de los medios masivos de comunicación, la publicidad, el avance tecnológico y la alegría sesentista. En este contexto, pintó al hombre como protagonista con una multiplicidad variada de perfiles, siluetas y abrazos. Personaje y tema que inspiró su particular creatividad.

Entretanto, sus icónicos diseños adquieren volumen y aparecen sobre la superficie de grandes globos que, sin prejuicios, ostentan sus cualidades decorativas. Las fotos muestran a la artista junto a las esculturas, en el jardín de La Celeste, la casa que Clorindo Testa diseñó para la hermosa pareja que en la década del 60 formaron Robirosa y Jorge Michel. Ella se había criado en el esplendor del palacio Sans Souci, obra de René Sergent y en 1968 expuso junto a Testa en la muestra “Nuevo Ensamble” del Museo Nacional de Bellas Artes. Michel tenía un ancla tatuada en el brazo desde sus tiempos de marinero, era poeta, cineasta, publicista, pero, sobre todo, escultor. Cada uno tenía su taller en la casa. Robirosa contaba que le encargó la casa a Testa durante un encuentro en el Florida Garden y que, al día siguiente, en el mismo café, él le entregó los planos y se fue de viaje.

No obstante, a pesar de la potencia de las primeras expresiones de la muestra, el color se va opacando, los gestos de los personajes se entristecen y hay cuadros que ya no se llevan de acuerdo con el deseo de celebrar la vida. En 1973 Robirosa pinta “Terapia”, una isla donde se advierte la situación trágica de los personajes incomunicados, ensimismados y distantes. La conflictividad social se acrecienta y las rayas ya grises, se convierten en elementos de tortura para tres figuras encapuchadas, maniatadas y tiradas en el piso. “Personas” de 1975 está realizada con pintura y grafito, material que comienza a utilizar desde entonces. La imagen ostenta un cambio radical y así concluye la muestra. En 1997 el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó una muestra retrospectiva. En 2001 Robirosa volvió a exhibir otra retrospectiva en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta y, en 2018, tuvo su “Antológica 1956-1997″ en el Fondo Nacional de las Artes. Su carrera fue brillante desde el principio hasta el fin.

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