Un pueblo que desaparece comido por la soja hace eco en la última familia de ese lugar, de la que quedan tres mujeres que buscan su modo de cambiar de vida en “Cuando nadie nos nombre” (Tusquets) de Luciana Sousa, novela que mezcla lo dramático, lo fantástico y lo grotesco. Sousa publicó “Luro” y en el Hay Festival fue elegida como uno de los mejores escritores latinoamericanos menores de 40 años. Dialogamos con ella.
Tres mujeres cambian sus vidas en la instancia final
Diálogo con Luciana Sousa, que acaba de publicar su nueva novela “Cuando nadie nos nombre”, una mezcla de géneros fantástico, dramático y grotesco.
-
A 50 años del golpe de Estado: nuevas narrativas para una memoria activa
-
Martín Kohan: "La fraseología hueca y la violencia verbal a lo Twitter es hoy el discurso dominante desde el poder del Estado
Sousa. Su obra fue inspirada por un pueblo demolido por sus habitantes.
Periodista: Cuando Ana, protagonista de “Cuando nadie nos nombre”, regresa después de diez años al pueblo de su infancia, comienza una historia de mujeres donde los hombres parecen accidentales…
Luciana Sousa: No quería contar una historia de mujeres. Pensé en el contraste de dos momentos de una historia familiar. El de cuando la casa, la familia, las compras, los campos, todo, estaba organizado por hombres. Una familia conservadora, opresiva, con una tradición medio violenta. Los hombres se van por diversos motivos; el padre de Ana a una ciudad, su hermano a vivir afuera, y cuando Ana regresa, tras haberse escapado de ese mundo, su abuelo ha muerto, y Miró, el pueblo, ya casi no existe. Y la madre, que no tenía ningún tipo de injerencia, está organizando la venta de los campos, de las cosas. Los roles se han invertido. No me interesaba ofrecer una lucha de lógicas familiares sino mostrar cómo en esa inversión de roles las relaciones se desacomodan, por ejemplo, cuando hay que cuidar a los mayores que nos cuidaron. El núcleo está en lo que le sucede a la abuela y su vínculo con Ana. Abuela, madre y Ana son tres proyectos de vida diferentes. Cada una está en su habitación, con sus ritmos, sus horarios, sus preocupaciones. Las comunicaciones entre ellas son erráticas, complejas, incompletas. Muchas son las cosas que cada una carga y no dice, eso tensiona el vínculo entre las tres. Hay momentos de cercanía y de alejamiento. Pero el devenir, en el aislamiento de ese pueblo en vías de desaparición, va a hacer que estén más unidas, cercanas a ayudarse, de comprenderse.
P.: Ese pueblo, de clima posapocalíptico, es otro protagonista ¿Cómo dio con ese escenario?
L.S.: Estudié Letras en Púan. Haciendo un trabajo sobre gauchesca, en un artículo de una revista de la universidad apareció la historia de Mariano Miró. Yo estaba escribiendo la novela, tenía la trama familiar desarrollada, pero me faltaba dónde se desarrollaba. Un lugar que no fuera un escenario sino un paraje que tuviera que ver con la trama. Pensaba en alguna de esas localidades que empiezan a despoblarse. Pueblos que se los come la soja donde desaparecen las chacras y ya no hay familias viviendo del campo porque los campos son cultivados industrialmente, a gran escala. Quedé fascinada con Miró, ese pueblo que la gente tiró abajo antes de irse. No es que se lo abandona, se lo destruye. Y la tierra, cada vez que la aran, hace aparecer restos del pueblo que desapareció. Hay en Miró algo del orden de lo fantástico que cuesta pensar como una historia real. Ese era mí lugar donde pasa todo. El deterioro, la decadencia, el impulso, el deseo, la imposición de cambiar.
P.: ¿Qué la impulsó a escribir “Cuando nadie nos nombre’’?
L.S.: Lo que sucede con la abuela de la historia. Mi papá estuvo mucho tiempo en coma. Me pregunté: qué pasa si sobrevive, pero con muchas limitaciones. Mi padre no era una persona dispuesta a vivir con limitaciones. Ahí surge el centro de lo existencial. El dominio de la propia vida, la posibilidad de ser soberanos del cuerpo, de la vida. Sé de personas grandes un poco agobiadas de la vida, que no tienen motivaciones, proyectos. Hay en esto una discusión muy vigente. Personas que, ante una situación de creciente deterioro, como la abuela, no la pueden enfrentar o no la quieren enfrentar, y pueden pedir ayuda. Me pareció una situación potente. Lo lindo de escribir ficción es que nunca sabés lo que te van a pedir, a imponer, los personajes. Hay momentos de muchísimo disfrute cuando la historia deja al descubierto lo que necesita, cuando se descubre y te descubre. Esos momentos de tanta libertad son espectaculares, es el motivo por el que vale la pena sentarse a escribir.
P.: ¿Quién es Mara, la pareja de Ana en Bariloche, donde ella está viviendo?
L.S.: Un doble de Ana. Funciona un poco como esa charla interna que mantiene Ana con sigo misma. No solo porque es su pareja sino porque necesita alguien con cierta distancia que le ayude a tomar perspectiva de algunas cosas que le están pasando. Alguien que le permita un diálogo abierto. Cuando Ana, tras diez años de ausencia, vuelve a Miró se involucra nuevamente en la vieja lógica familiar. Es ahí cuando Mara le advierte: tenés tus cosas acá, esta es tu casa, tenés que pensar en volver. Mara funciona como un espejo. Miró es el pasado, Mara el futuro, su proyección. Mara me dio la posibilidad de que Ana piense y se permita decir algunas cosas que de otro modo callaría. He buscado en la novela perfilar identidades. Así como Miró me llevó a investigar, a ir, estar en ese lugar que ya no existe, a conocer imágenes del pasado y de los hallazgos de restos del pueblo gracias a la muy buena película sobre Mariano Miró que hizo la documentalista de General Pico Franca González, de un modo semejante trate de entender las lógicas del cansancio, de tres mujeres con sus mundos privados, en una casa aislada entre unos cuantos ranchos vacíos.
P.: ¿Qué autores de su generación le interesan?}
L.S.: Me despierta mucha admiración la obra de Hernán Roncino, lo que escriben la misionera Marina Closs, y el santafesino Francisco Bitar. Las obras de escritores que tienen una posición sólida, y hasta consagración en el exterior como Jorge Consiglio, Gabriela Cabezón Cámara, Samanta Schweblin. Dos mexicanas, Cylo Mendoza y Valeria Luiselli, y una ecuatoriana que vive en España, Mónica Ojeda.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
L.S.: Cuentos, siempre que termino una novela vuelvo a los cuentos, son como un respiro entre escrituras más largas.
- Temas
- Libros
- mujeres
- literatura



Dejá tu comentario