Mañana en Rosario, su ciudad natal, se celebrará el centenario de Beatriz Guido, una de las escritoras fundamentales argentinas de la segunda mitad del siglo pasado. Y no sólo escritora: un emblema de la cultura nacional, irrepetible. Los homenajes tienen al cineasta y director teatral Oscar Barney Finn como su principal impulsor. Barney Finn, que mantuvo una amistad de décadas, tanto personal como profesional, con ella y su marido, el director Leopoldo Torre Nilsson, será el principal orador en el acto de mañana a las 9, en el Pasaje Juramento de Rosario, cuando se coloque una placa recordatoria con la presencia del intendente de la ciudad, Pablo Javkin. Dos horas después, en la Sala Angélica Gorodischer de la Biblioteca Argentina Juan Álvarez, tendrá lugar el panel “Cien años de literatura joven”, en el que se recordará a la autora de “La caída” y “La casa del ángel”, entre otros tantos títulos. Los panelistas, además de Barney Finn, serán Susana Rosano, Inés Santa Cruz, Adriana Martínez Vivot y Marcelo Scalona (Director de Bibliotecas). Martínez Vivot, sobrina y albacea de Beatriz Guido, trabaja en estos momentos en las reimpresiones de algunos de sus títulos, como “Fin de fiesta”, “El incendio y las vísperas” y una antología de cuentos.
Vindicación de Beatriz Guido en Rosario para su centenario
El cineasta y director teatral Oscar Barney Finn, impulsor de los homenajes, prepara también un documental ficcional sobre la vida de la escritora.
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Beatriz Guido. Así la retrató la fotógrafa Ilse Fuskova.
Ese es uno de los aspectos más urgentes de todos los homenajes que puedan tributarse a la autora. Desde hace años, y más incomprensiblemente en tiempos de reivindicación del lugar de la mujer en la sociedad, y desde luego en las artes, los libros de Beatriz Guido, al igual que el de otras narradoras contemporáneas a ella y que fueron best-sellers en los 60 y 70, como Silvina Bullrich y Martha Lynch, son inconseguibles en librerías. Están descatalogados. Cristina Mucci acaba de publicar las biografías de las tres autoras mencionadas en un solo volumen al que denominó, justamente, “Las olvidadas”.
Beatriz Guido, nacida el 13 de diciembre de 1922, era hija del arquitecto Ángel Guido, que participó en el Monumento a la Bandera inaugurado en Rosario en 1957, y de Berta Eirin, una mujer de fuerte personalidad que la influyó mucho, y a quien dedicó el libro “Una madre”. En el acto de mañana, se la declarará también “ciudadana ilustre y escritora distinguida” de la ciudad. Pero, según cuenta Barney Finn a este diario, los homenajes no terminarán allí. Desde hace un tiempo, está trabajando en el guión de un documental ficcional, un docudrama, sobre Beatriz Guido. que tendrá la producción de Pablo Piedras y Magu Schavelzon. El guion tuvo una beca de desarrollo del Fondo Nacional de las Artes, y Natalia Herrera y Elsa Osorio colaboran con él en su escritura. Entre sus proyectos, también figura una puesta semimontada de dos obras teatrales inéditas de la autora, “Esperando a los Castro” y “Las puertas de Oriente”.
Un texto muy bello que Barney Finn consagró a su amiga se titula “Las moradas”, término donde no sólo resuenan esas “moradas espirituales” sobre las que escribió Santa Teresa de Jesús, sino también las residencias físicas, las distintas casas en las que vivió Beatriz Guido, desde su nacimiento hasta su muerte, ocurrida en Madrid, donde fue agregada cultural durante una parte del gobierno de Raúl Alfonsín, el 29 de febrero de 1988. De acuerdo con Barney, no hay distinción posible entre un tipo de morada y otra, ya que “todas las casas que habitamos tienen nuestras huellas y, después, nuestros fantasmas. Nuestras casas somos nosotros mismos”.
“Beatriz era imparable y así la recuerdo desde el día que la conocí filmando ‘La caída’ en la calle Viamonte, frente a la Facultad”, escribe Barney Finn en un pasaje de “Las moradas”. “Después hubo siempre excusas para verla y estar cerca en filmaciones o funciones privadas, como aquella noche de ‘La caída’ en Alex, o la multitudinaria de ‘Fin de fiesta’ en el Gran Rex, un sábado a las 10 de la mañana, o en La Plata, con abucheos, monedas, policía, gases y refugio final en el Jockey Club, mientras ella, imbatible y sonriente, permanecía junto a ‘Leo el pompeyano’, tal como llamaba a Torre Nilsson. La ‘Hormiguita Kuki’, como le decía él en sus cartas, sabía cómo mirar, vigilar, sugerir, sonreír; la persuasión era uno de sus dones, y solía aparecer en momentos claves como la noche que nos quedamos en el Tigre Hotel hasta las 7 de la mañana. Casi de madrugada, Nilsson llevó su cámara junto al río y la emplazó para no verlo, apenas una hilera de árboles que se perfilaban en la noche. Beatriz, atenta, seguía las indicaciones que le daba a Lydia Lamaison y Alfredo Alcón hasta que ‘Ecuménico y Natividad’, de espaldas a cámara, caminaron en silencio y el hijo apoyó la mano protectora en su hombro [La película era “Un guapo del 900”]. Va toma y se da por hecha, pero Beatriz le comenta algo, y Babsy plantea una segunda igual, pero con una variante: no apoyar la mano, caminar juntos, separados. Beatriz, sin poder contenerse, casi como una travesura, adhirió a la segunda, y me dijo que se lo comentara a Nilsson. Por supuesto que nadie opinaba, y menos yo, pero cuando se proyectó la película en privado esa fue la toma final. Betty siempre estaba en un rincón de la filmación escribiendo en su cuaderno, pero atisbando. Sin duda, en esos días ella era una mujer empoderada, en épocas donde el feminismo no estaba presente o no era tan evidente”.




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