25 de mayo 2006 - 00:00

El déficit de la política argentina

Hermes Binner
Hermes Binner
Cuando la política disfruta de buena salud en un país, la ciudadanía puede elegir entre dos o a lo sumo tres opciones que están en condiciones de formar en seguida un gobierno coherente que contaría con el respaldo inmediato de sectores muy amplios. En la Argentina actual, tal situación parece utópica. Aquí, el movimiento dominante de turno suele marginar a todos sus rivales. Aunque siempre hay algunos individuos que se desempeñan como opositores, por carecer de apoyo orgánico se parecen más a comentaristas críticos que a políticos genuinos. Es éste el caso de personas como Elisa Carrió, Ricardo López Murphy, Hermes Binner, Mauricio Macri y, tal vez, de la nueva esperanza opositora, Roberto Lavagna. Si por alguna concatenación de acontecimientos harto improbable uno lograra derrotar a Néstor Kirchner en las elecciones del año que viene, tendría que proceder como hizo él para formarse una base de sustentación viable, fuera ésta «transversal» o multipartidaria, incorporando a su movimiento propio a aquellos políticos que se animaran a jugarse. De tener éxito en dicha empresa, pronto sería acusado de tener aspiraciones hegemónicas porque, como sucede cuando un líder parece imbatible, no tardaría en verse acompañado por una horda variopinta de personajes deseosos de militar en el oficialismo. De fracasar, su destino se asemejaría a aquel del presidente Fernando de la Rúa que, abandonado a su suerte, fue expulsado del poder por turbas instigadas por los caciques peronistas del conurbano bonaerense.

• Señales

Por desgracia, no hay señales de que esté por producirse una recuperación política equiparable con la que hemos visto en el ámbito de la economía. Puede que el presidente Néstor Kirchner sea consciente de que el estilo monárquico que tanto ha hecho por restablecer no es el más apropiado para un país como la Argentina, de ahí su alusión a una próxima «etapa plural para consolidar la gobernabilidad», pero por su talante autoritario y también por las características inherentes a la cultura política nacional no es concebible que aceptara reducir su propio poder para que una «etapa plural» fuera algo más que una hipótesis atractiva. Antes bien, es de prever que en los próximos meses y años siga acumulando más poder y que sus subordinados, envalentonados por la sensación de formar parte de un gobierno temido, actúen con prepotencia creciente. Por ahora, el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, un individuo que según se informa trata a los empresarios como si se creyera una versión moderna de Al Capone extorsionando a comerciantes atemorizados, es un caso excepcional, razón por la que su conducta llama tanto la atención, pero no sorprendería que pronto otros funcionarios comenzaran a emularlo.

En opinión de Kirchner, « tenemos que reconocer que los partidos -al que pertenezco yo, también- están en un proceso de severa crisis y tienen que mejorar su calidad». Tiene razón, pero merced a su propia voluntad de ahorrarse molestias gobernando a través de decretazos y a la de los legisladores peronistas a complacerlo haciendo gala de su obsecuencia, está entre los grandes responsables de la condición lamentable del Partido Justicialista. En cuanto a los demás partidos, en especial la Unión Cívica Radical, su incapacidad para reformarse se debe en buena medida a las intrigas oficialistas y a la dependencia de tantos gobernadores provinciales e intendentes municipales de la actitud hacia ellos del gobierno nacional. Culpar a Kirchner por este estado de cosas sería injusto ya que en nuestro país el clientelismo no se limita a la relación entre los pobres y los caciques políticos de su vecindario sino que también incluye la relación del gobierno central con las administraciones locales, pero no cabe duda de que Kirchner, un hombre que se formó en un distrito que, a pesar de sus dimensiones geográficas impresionantes, tiene menos habitantes que muchas municipalidades, lo ha agravado. Por lo demás, puesto que ya está pensando en la reelección, sería un auténtico milagro que no se intensificara mucho más la obra destructiva de las instituciones políticas que, lo entiendan o no, emprenden todos los presidentes que por los motivos que fueran se sienten constreñidos a privilegiar la acumulación de poder.

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