2 de enero 2023 - 00:00

Año Nuevo en Wall Street: ¿recién se define en febrero?

No hubo rally de Santa Claus ni entusiasmo para ensayarlo. Es un mercado bear, el pesimismo es mayor que a fines de septiembre, y las dudas son grandes (y genuinas).

Jerome Powell
Jerome Powell

Wall Street comenzará el año nuevo el 1 de febrero, tras la primera reunión de la Fed. Antes debe cerrar las cuentas de 2022: la inflación de diciembre, los balances corporativos y la estimación de avance del PBI del cuarto trimestre. Mientras tanto, puede estirar la ambigüedad reinante. No hubo rally de Santa Claus ni entusiasmo para ensayarlo. Es un mercado bear, el pesimismo es mayor que a fines de septiembre, y las dudas son grandes (y genuinas). No obstante, el S&P 500 escaló 7,1% desde entonces (y el Dow Jones, 15%) para salir en la foto de 2022 con una merma de “solo” 19,4% (y 8,8%). Se busca rumbo para 2023.

Asimilado el derrumbe de Lehman (2008), fueron años de dinero gratis y crédito a destajo, y mercados rebosantes de pujanza. ¿Qué pasará cuando acabe la fiesta? Tal la pregunta obligada de la última década. ¿Se pinchará una burbuja enorme? Una Fed agresiva como nunca desde la era de Paul Volcker por fin facilita una respuesta. Y conviene separar la paja del trigo. En los suburbios, el fervor colapsó. Las criptomonedas sufren la cesantía de su enésima burbuja (en su breve saga de 14 años) y difícilmente sea aleccionadora ni la última. ¿Sorpresas? No, mal que pese la mortandad de una infinidad de pioneros (Luna/Terra, Three Arrows Capital, Celsius, FTX y otros) y los muchos conectados a respirador. En Wall Street, fuera de la ilusión criptomonetaria, la consecuencia es un mercado bear del montón. La fiebre digital corrigió a lo grande, sí, pero nada memorable como el fin de la burbuja puntocom en 2000/2001. El frenazo de la Fed no gatilló crisis crediticia o bancaria. Tampoco antes, el covid. ¿Qué las valuaciones son aún excesivas? De acuerdo, pero no es una burbuja si hay que taladrarla durante meses para que ceda la hinchazón.

La Fed selló la agenda de 2022 cuando consagró a la inflación como prioridad absoluta (recién seis meses después de su vibrante resurrección). Las tasas cero se irguieron a 4,50%, y se achicó la hoja de balance, pero la faena no concluyó. La inflación minorista cerró 2021 en 7,1% y exactamente igual en noviembre. ¿No hubo avances? Todo lo contrario. El año se parte en mitades. Tras el shock de la invasión rusa a Ucrania su ritmo se aceleró hasta llegar a 9% en junio. Los progresos son del segundo semestre (y los de la inflación núcleo surgieron recién en octubre y, más aun, en noviembre). La lectura pendiente de diciembre debiera confirmarlos. Pero sin esperar los números, Powell y Cía – y los principales bancos centrales – achicaron ya la ración individual del ajuste de tasas. El giro de 0,75% a 0,50% presagia un 2023 distinto.

¿Y a qué costo se libró la batalla? Ya se computó el mercado bear sin destrozos de la arquitectura financiera ni pánico. Eso sí, las pérdidas de los portafolios fueron mayores que lo que sugieren los índices. Las ponderaciones no son las mismas. Y la diversificación no fue refugio. La típica cartera 60% acciones / 40% bonos potenció los quebrantos por ambos frentes y fue más destructiva del capital que conservadora. La economía aterrizó después del vuelo rasante de 2020 y 2021. Sin embargo, la recesión es todavía un pronóstico y no una realidad irrefutable. Mientras EE.UU. genere más de 100 mil empleos al mes (en noviembre, 263 mil) el mercado laboral continuará boyante. Un banco central que lanza cañonazos de 0,75% cada mes y medio es un elefante en un bazar. Que los baje a 0,50% aumenta los riesgos porque los efectos tóxicos se acumulan, pero despeja el horizonte cuando se alza la vista. Si la inflación no decepciona y la deflación de la vivienda se acentúa (lleva cuatro meses en curso a octubre, según Case Shiller); dada ambas tendencias, la Fed migrará a un retoque de 0,25% el 1 de febrero. La tasa terminal quedaría a solo 0,50%, según su mapa de puntos. Saltearse una suba en la reunión siguiente sería razonable. El recreo que veía Raphael Bostic (Fed de Atlanta) para septiembre del año pasado llegaría seis meses tarde. Esa ya es otra agenda. Aun con una recesión fehaciente, Wall Street podría ensayar un nuevo rumbo. Necesitaría sumar un aterrizaje suave de los balances. Y hoy es prematuro contar con ello. Por supuesto, la Bolsa anticipa, es su especialidad distintiva, pero solo si tiene la confianza y las ganas. Nadie cree que las ganancias por acción crezcan 5% en 2023 como dicen los analistas. Esa es la poda que falta realizar.

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