A San Lorenzo le empataron en el último suspiro y quedó complicado
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La desazón de San Lorenzo al abandonar el estadio de Quito.
Porque es cierto que Ignacio Piatti, en una contra y a los 38 (reventó el palo izquierdo con un remate), tuvo la oportunidad de liquidar el asunto. Pero también lo es que el equipo dirigido por Edgardo Bauza, quizás abrumado por los 2800 metros de altura, se enamoró demasiado de la diferencia y se retrasó en demasía ante un conjunto que ya había mostrado sus credenciales de adversario inofensivo y carente de variantes.
Porque el combinado ecuatoriano tomó el control de la pelota sí, pero terminó la gran mayoría de sus avances en centros frontales que fueron despejados con solvencia por Fabricio Fontanini o Santiago Gentiletti o bien conjurados sin problemas por el arquero Sebastián Torrico.
En la primera mitad, los dos equipos habían mostrado demasiado respeto y no tuvieron la suficiente audacia como para erigirse en protagonistas. En ese contexto, Independiente del Valle insinuó algo más pero, en realidad, tampoco complicó demasiado al mendocino Torrico.
En el segundo tiempo, a los 13, y tras una mala salida del arquero Librado Azcona en un córner, el atacante Blandi metió la cabeza y puso en ventaja al visitante, que se daba el gusto grande de adelantarse en la pizarra y vislumbrar lo que faltaba de otra manera.
Pero San Lorenzo cometió la equivocación de cederle terreno y pelota a su adversario que, finalmente, terminó empatando por empuje y tesón más que por estrictos méritos futbolísticos.
Cuando se jugaba el cuarto minuto de tiempo adicional, Guerrero fue a buscar una pelota al área y fue levemente desplazado por el sanjuanino Mas, en falta que el juez paraguayo Amarilla sancionó, tal su particular libreto para dirigir.
Sornoza cambió la falta por gol y evitó la derrota del elenco ecuatoriano. Además de desatar la locura de los jugadores de San Lorenzo que se fueron sobre el cuerpo del árbitro con el propósito de increparlo.
Así, Fontanini y Ortigoza fueron de los más belicosos y debieron toparse con los escudos de la Policía local que intentaba proteger a Amarilla de un eventual golpe que le pudieran propinar.




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