30 de junio 2005 - 00:00

Dos por uno

Brasil se coronó ayer campeón de la Copa de las Confederaciones con un contundente 4 a 1 sobre la Selección nacional. El día anterior, Argentina lo eliminó del Mundial Sub-20 al ganarle por 2 a 1, y anoche San Pablo se clasificó finalista de la Libertadores, tras vencer a River por 3 a 2.

Las dos caras de la moneda. La felicidad brasileña y la amargura argentina en los rostros de Javier Zanetti, Juan Pablo Sorín y Fabricio Coloccini. Brasil derrotó a la Selección argentina con contundencia y fue un categórico ganador de la Copa de las Confederaciones.
Las dos caras de la moneda. La felicidad brasileña y la amargura argentina en los rostros de Javier Zanetti, Juan Pablo Sorín y Fabricio Coloccini. Brasil derrotó a la Selección argentina con contundencia y fue un categórico ganador de la Copa de las Confederaciones.
Brasil se cobró una deuda y lo hizo en efectivo, sin dejar ni el menor resquicio para el análisis, ni siquiera argumentación como para esgrimir siquiera el cansancio que podía haber provocado ese suplementario con México. Esta vez Brasil no jugaba sólo una final de la Copa de las Confederaciones, jugaba parte de su prestigio luego de una derrota del juvenil (aunque nada tuviera que ver uno con el otro), que sin duda pesaba la derrota en las eliminatorias mundialistas, de hace apenas un mes. No sólo lo hizo, sino que al final fue con «baile».

Pekerman sabía que este partido iba a ser diferente. Tanto que en las declaraciones previas ya había anticipado «que nada tenía que ver aquel partido con éste». Es cierto, pero también (desde estas mismas páginas) se dijo que había que acostumbrarse en esta etapa de pruebas, cambios, variantes tácticas y otros menesteres futbolísticos, a los que es adicto este cuerpo técnico. Que había que estar preparado para cualquier sorpresa. Como esta experiencia con Brasil, que si bien se podía perder, habrá que convenir que hay muchas maneras de hacerlo.

Se podía presuponer que el partido se iba a jugar y se podía definir en el medio campo. Pekerman preparó un equipo para jugar el partido en esa zona, pero más predispuesto a la marca que al ataque. Con otros hombres, con menos presión y más espacios. Los primeros minutos dejaron una «ilusión óptica» que Argentina podía alcanzar el área rival sin demasiados problemas. Sin embargo, cometió uno de esos errores que se pagan caros no sólo con Brasil: regaló espacio en la franja central, relegó la pelota al adversario para maniobrar y en cuatro minutos Brasil definió el pleito (11 y 15 minutos de juego).

Cuando Argentina despertó, ya estaba dos goles en desventaja. Con apenas dos jugadas ( aunque llegaron de distintas franjas laterales), pero con remates desde fuera del área de Adriano y Kaká, que sólo encimados, fabricaron espacio y remataron sin oposición alguna. Casi un suicidio futbolístico y una diferencia que se veía ya como difícil de remontar. Simplemente porque la zona media que diagramó Pekerman, si bien se hizo de la pelota más tarde, se reiteró en la búsqueda de Riquelme (de buena tarea, como siempre) pero todo se desvanecía en la medida que ni Sorín, ni Bernardi, ni Zanetti podían ponerle «la pata a la sota» que hacía falta para lograr un desnivel productivo.

Si a este problema, que duró casi un tiempo, se le suma que en los albores del complemento Ronaldinho llevó la cuenta a tres se podía decir de antemano que estaba todo dicho. Que al partido le sobraba por ese entonces un tiempo. Que Argentina con esa formación paciente, trabajadora, pero imprecisa cuando llegaba al área, se le hacía imposible encontrar por lo menos algún hueco para el remate, aunque después un cabezazo de Aimar haya puesto un poco de piedad a esa andar que partía siempre de un contraataque sólido, eficaz, por momentos desprejuiciado de jugadores, que con pelota en sus pies y espacio pueden hacer llegar el resultado a cifras de catástrofe. Más, por momentos demostrando una superioridad mayor que la que se había producido en la cancha. Si no lo hicieron fue porque en el mano a mano siempre hubo algunas piernas interpuestas por Heinze y Coloccini (en ese orden) y porque si alguna virtud tuvo este equipo fue su actitud, entrega y lucha. ¿Que contra Brasil no alcanzan? Obviamente que no, pero no habrá que echar culpas a los jugadores. Tal vez haya algo más que destacar y es que al poner blanco sobre negro se llega a la conclusión que en esta experiencia, finalmente Pekerman encuentre el equipo definitivo.

Por ahora quedó esta híbrida imagen de un equipo conformado con jugadores que seguramente no estarán en el Mundial. No hablemos de quienes irán, pero se sabe quiénes no podrán faltar: Ayala, Mascherano, Luis González, Crespo, sólo por citar los más notorios y sobre ellos edificar la catedral futbolística sea con Riquelme, Coloccini, Heinze, Zanetti, Cambiasso, Aimar y por qué no Messi...o con quien se estime más apto.

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