13 de noviembre 2000 - 00:00

Llegamos al templo del deporte argentino

Los Pumas estrenaron el estadio mundialista de River y renovaron su idilio con la gente, que concurrió masivamente a darle su apoyo, alejando definitivamente los interrogantes que muchos tenían al respecto. El seleccionado Sub-18 de Argentina se adjudicó invicto el Torneo Sudamericano de la categoría, superando en la final al representativo de Chile por 36-8.

El pronóstico del tiempo parecía augurar una desapacible aventura para ver a Los Pumas pisando el escenario donde protagonistas con otro idioma han representado páginas de gloria para el deporte argentino.

Afortunadamente el consabido error de predicción climática se confirmó, y los casi cincuenta mil espectadores que llenamos el Monumental, pudimos vivir una tarde para el recuerdo.

Fueron muchas las imágenes que merecen recordarse, desde las haches blancas reemplazando los arcos donde Angelito Labruna marcaba sus goles de cábala, hasta la tierna imagen de los entrenadores de infantiles encolumnando a sus niños para poder ver las escapadas de Agustín Pichot y el mágico botín de Gonzalo Quesada. Nadie salió defraudado, seguramente todos recordarán las emociones que deparó el juego y minimizarán la experiencia de ver un partido desde una distancia mayor a la acostumbrada.

El primer tiempo marcó la esperada supremacía de los visitantes, que se alejaron en el marcador merced a su reconocida superioridad en el control y en la continuidad, mostrando a los Springboks en una actitud de juego distendida, ensayando una propuesta osada, más propia de una práctica que de un «test-match».

La puntería de Quesada y el tackle de casi todos impidieron una diferencia insalvable. La fortaleza y asperezas de nuestros adversarios fueron dejando en el camino a Octavio Bartolucci, Santiago Phelan y Diego Albanese, que se fueron lastimados y ovacionados por su entrega.

Esperanza

Hasta la mitad del segundo tiempo la diferencia en el score se mantuvo, pero el try de Felipe Contepomi hizo renacer la esperanza argentina y desde ese momento hasta el pitazo final el juego se hizo emocionante, exigiendo a los de verde a modificar un poco su esquema de juego, usando ahora sí recursos de test.

La zambullida de Eduardo Simone para marcar un try de antología generó la ilusión de concretar la hazaña; el público y el corazón de Los Pumas empujaron al equipo sobre el ingoal del Río de la Plata, pero no alcanzó.

Como muchas otras veces, los que son mejores nos ganaron un partido que se peleó hasta el final, pero que tuvo un resultado lógico.

Los Springboks son superprofesionales, nos superan física y técnicamente, dejaron su marca en varios de nuestros jugadores y no cometen errores elementales como los de nuestro line out, y seguramente seguirán siendo mejores por mucho tiempo, pero nuestro rugby sigue demostrando que goza de buena salud, y que es capaz de generar fiestas como la del domingo en el mítico Monumental.

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