Para Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), la pobreza en la argentina bajó, pero el consumo reacciona lentamente y cada vez se crea más empleo informal.
Agustín Salvia: “Si el INDEC no corrige cuestiones técnicas, su credibilidad se irá desgastando”
Para el director del Observatorio de Deuda Social de la UCA, la baja de la pobreza está sobreestimada, aunque destaca el cuerpo técnico del INDEC. Advierte por la legitimidad del organismo a largo plazo si no realiza cambios en la metodología.
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Salvia asegura que la baja de la pobreza está sobreestimada por el Gobierno.
Para el investigador UBA-CONICET, el dato esconde un problema estructural más profundo: “Hay una caída estadística de la pobreza, pero una capacidad de consumo de los hogares que sigue estancada”. A su vez, advierte que el país parece haberse “cristalizado en un 30% de pobreza estructural”, sostenida por trabajo precario y asistencia pública, y alerta que sin creación masiva de empleo formal “no hay forma de romper ese techo, aun con inflación baja y equilibrio fiscal” . A continuación, la entrevista completa con Ámbito.
“La baja de la pobreza está sobreestimada”
Periodista: ¿Cómo entiende que cierra el segundo semestre de 2025 en términos de pobreza?
Agustín Salvia: Creo que la política de liberalización de precios, el ajuste y el equilibrio macroeconómico que alcanzó el Gobierno durante 2024 tuvieron como contracara un efecto de crisis social muy importante. Desde ese punto de vista, diría que lo peor ya pasó y que ese momento crítico fue el primer semestre de 2024.
Sin embargo, la fuerte recuperación que se observó en el segundo semestre de ese año se estanca a comienzos de 2025. Lo que termina generándose, desde el punto de vista económico y ocupacional, es una situación de estancamiento laboral que no crea empleo formal y que incrementa la necesidad de autogenerar empleos informales, más precarios.
En ese contexto, la pobreza cayó en relación con lo que ocurría en 2024, y también por debajo de los niveles de 2023. Esa mejora se explica por la caída de la inflación y una recuperación parcial de las remuneraciones y de los ingresos de los hogares. No obstante, creo que esa baja está, en algún sentido, sobreestimada.
Las estadísticas oficiales siguen mostrando una reducción de la pobreza, incluso al tercer trimestre de este año continúan reflejando esa tendencia, aunque a un ritmo mucho menor. Diría que hoy el proceso está relativamente estancado, con niveles que rondan el 29% o 30%.
”Los sectores que rodean la línea de la pobreza no recompusieron su capacidad de consumo”
P.: Si la pobreza sigue bajando pero el consumo no reactiva de manera sostenida, ¿hay alguna falla en la forma de captar lo que está ocurriendo?
A.S.: El segundo semestre de 2025 fue de estancamiento en términos de capacidad de consumo para los sectores medios bajos y los sectores populares. Es decir, los sectores más pobres pudieron verse ayudados por la asistencia económica de los programas sociales, pero los sectores que están alrededor de la línea de pobreza -tanto por encima como por debajo-no han logrado recomponer su capacidad de consumo corriente.
Uno podría decir: “Bueno, hubo cierta recuperación de los ingresos”. Sí, pero esa recuperación se volcó casi íntegramente a cubrir gastos fijos: gas, luz, agua, transporte, comunicaciones. Entonces, si bien los alimentos vienen bajando -y bajaron de forma importante- y eso permitió recuperar algo de capacidad de consumo alimentario, no ocurrió lo mismo con el ahorro ni con la inversión en educación, salud o hábitos de recreación.
La percepción sobre lo ocurrido en 2025 es que la pobreza estadística baja -por distintos factores que, si querés, podemos analizar-, pero la capacidad de consumo de los hogares, que en definitiva es lo que esa pobreza intenta medir, se mantiene estancada luego de la fuerte caída que tuvo en 2024.
Estamos, en términos reales, en niveles similares a los de la pospandemia, 2021–2022. Creo que no es menor haber llegado a esos niveles, porque se sostienen en un contexto de inflación baja y equilibrio fiscal, y el costo social adicional ha sido relativamente bajo. Ahora bien, eso no significa que estemos en el mejor de los mundos.
P.: ¿Cómo se puede explicar el estancamiento del consumo frente al incremento interanual de 113,3% - según el INDEC- de los salarios no registrados?
A.S.: Ahí aparece un problema clave, que es que la información sobre salarios no registrados proviene de la Encuesta Permanente de Hogares. No son datos de registro administrativo. Y este punto es central para entender por qué sostengo que la caída de la pobreza está, en parte, sobreestimada.
Hay dos factores principales. El primero es que el INDEC, a través de la Encuesta Permanente de Hogares, hoy está captando mejor los ingresos laborales y no laborales que antes de la crisis, particularmente en relación con lo que ocurría hasta el cuarto trimestre de 2023. Después podemos discutir por qué: si la gente declara más, si el instrumento mejoró, si hay cambios metodológicos. El punto es que el INDEC no ha sido del todo claro en explicar por qué, pero lo cierto es que hoy capta más ingresos.
Cuando comparás esos datos con los ingresos formales -por ejemplo, los salarios de los trabajadores registrados- aparece un gap. Esa brecha siempre existió entre lo que declaran las familias y lo que muestran los registros administrativos, pero ahora se redujo en torno al 10% o 15%. Lo mismo ocurre con las jubilaciones, incluso con las jubilaciones nuevas, y también con el empleo público.
En esos casos estamos hablando de datos de registro, donde hay poco margen para distorsiones o manipulaciones. Y esos datos muestran que los ingresos crecen a un ritmo menor que el que surge de la Encuesta Permanente de Hogares, tanto en ingresos laborales como no laborales. Para el caso de los informales, directamente no tenemos un dato de registro contra el cual comparar.
Entonces, ¿qué puede estar explicando esto? Para mí hay dos elementos. El primero es que los segmentos no transables de servicios tuvieron una dinámica de precios más elevada y, dentro de ellos, los trabajos informales y precarios vinculados a los servicios lograron una mejor recuperación de ingresos. Esa es la parte positiva del proceso: con caída de la inflación, liberalización del comercio y un tipo de cambio que contiene los precios de los bienes, los servicios, que son los que más demandan trabajo informal, quedan menos contenidos y permiten una mejora relativa de ingresos en ese segmento.
Ahora bien, creo que la explicación no puede reducirse solo a eso. El aumento que muestra la encuesta es muy alto: estamos hablando de incrementos del 25% al 30% respecto de 2023, incluso ganándole a la inflación. Es mucho. Es, te diría, una verdadera revolución salarial. Y por eso cuesta pensar que ese aumento refleje plenamente lo que está ocurriendo en términos reales en la economía cotidiana de los hogares.
“No hay estafa estadística en el INDEC”
P.: Mencionó que el INDEC no termina de dejar en claro por qué ahora estaría captando mejor los ingresos. Al mismo tiempo, aparecen datos que a veces sorprenden a consultas privadas o analistas, como ocurrió en su momento con el nivel de actividad de septiembre. También hay cuestionamientos sobre una posible subestimación de la inflación por la falta de actualización de la canasta. En ese contexto, ¿cree que, en el mediano o largo plazo, la credibilidad del INDEC puede verse afectada?
A.S.: Yo confío claramente en que los equipos técnicos del INDEC no están hoy prestados a ninguna estafa estadística. No hay ninguna estafa estadística detrás de esto. Lo que sí hay son problemas. Problemas técnicos, quizás metodológicos, tal vez presupuestarios, pero no veo ninguna intención evidente de manipulación. Al contrario, hay un compromiso profesional muy importante.
Dicho esto, creo que existen fallas en los procedimientos y en algunas cuestiones técnicas. Por ejemplo, la falta de actualización de determinadas estadísticas. El índice de precios y la propia canasta básica total deberían actualizarse utilizando la Encuesta de Ingresos y Gastos 2017–2018, que se parece mucho más a la estructura de gastos que tienen hoy los hogares. Esa actualización debería hacerse rápidamente.
Si se hiciera, probablemente la medición mostraría entre cinco y diez puntos más de pobreza. Pero más allá del número puntual, lo importante es que permitiría tener una mejor medida de lo que está ocurriendo con la capacidad de consumo y las privaciones económicas de los hogares.
Si estas cuestiones no se corrigen, creo que la credibilidad se va a ir desgastando. Y es una pena, porque muchas de las críticas que aparecen tienen que ver con que, desde la autoridad política del INDEC, no se está poniendo el foco, la atención ni la preocupación que merecen estas contradicciones, estas dudas o estos problemas estadísticos.
Al no dar explicaciones, no convocar instancias de trabajo con profesionales y usuarios del sistema estadístico, y no revisar públicamente lo que está ocurriendo, se genera un problema que, en el tiempo, puede derivar en una pérdida de legitimidad si no hay cambios.
”El Gobierno no parece presentar un modelo que resuelva la marginalidad y la pobreza”
P.: Hoy hablamos de la necesidad de actualizar la canasta y del crecimiento del trabajo informal como una preocupación, pero estas no parecen ser problemáticas exclusivas de este Gobierno. ¿Qué es lo que explica los niveles crónicos de pobreza en la Argentina?
A.S.: En primer lugar, el hecho de que tenemos una economía en la que una parte muy significativa del trabajo es informal, precario y de muy baja productividad. A eso se suma que no hay suficiente inversión en pequeñas y medianas empresas que creen empleo. No existe hoy un horizonte claro de inversión y desarrollo para las PyMEs que sea capaz de generar puestos de trabajo y de atraer y absorber, de manera formal, registrada y con mayor productividad, a los segmentos informales del mercado laboral.
Esto es una herencia para este gobierno, sin dudas, pero también es cierto que el actual gobierno no parece presentar un modelo político-económico que venga a resolver ese intríngulis, ese nudo gordiano de la marginalidad y la pobreza en la Argentina.
Por supuesto, hay que valorar la estabilización macroeconómica, la caída de la inflación y el aumento de las exportaciones a partir de los sectores más dinámicos de la economía. Pero el modo en que la Argentina va a poder desarrollarse de manera mucho más sólida, tanto en términos económicos como sociales, es en la medida en que también se recupere de forma genuina el mercado interno.
Gran parte de los argentinos vive del mercado interno, y sin una recuperación productiva real en ese ámbito resulta muy difícil romper con los niveles estructurales de pobreza que arrastra el país.
“Al trabajador informal no le llegará la reforma laboral”
P.: Una caída del desempleo a costa de una suba del empleo informal, ¿le pone un techo a la reducción de la pobreza?
A.S.: Exactamente. Estamos hablando de hogares que no tienen capacidad de invertir en capital humano, que incluso están desinvirtiendo en capital humano o en capital físico; que no pueden recuperar ni mejorar su vivienda; que deben reducir sus consumos alimentarios; que solo pueden acceder a la salud pública y ven muy limitada su capacidad de compra de medicamentos o de atención médica.
Si miráramos la pobreza no solo desde el valor teórico o econométrico de la canasta -que hoy está en torno a 1,4 o 1,5 millones de pesos para una familia tipo-, sino desde lo que eso significa en términos reales, estamos hablando justamente de esas privaciones: hogares que no pueden desarrollar sus capacidades ni su desarrollo humano.
Y, por lo tanto, quedan rezagados de cualquier proceso de modernización productiva, económica e incluso laboral. La reforma laboral no les llega y probablemente no les va a llegar. La reforma tributaria tampoco les llega directamente.
Hoy, lo que efectivamente les llega son los programas sociales, las mejoras en esas transferencias, los aumentos y la asistencia pública, que terminan volcándose en los barrios como demanda de bienes y servicios informales. Hay una economía informal que se reproduce también gracias a la asistencia pública.
P.: ¿Cuánto pesan, en los ingresos de los sectores informales, las transferencias del Estado y los programas sociales?
A.S.: Depende de a qué universo mires. Porque si uno toma a toda la sociedad, ese peso se diluye. Ahora, cuando mirás los sectores más vulnerables, la incidencia es muy alta.
En el 10% de los hogares más pobres, la asistencia pública representa entre el 50% y el 60% de los ingresos. En el promedio del 30% más pobre de la población -es decir, los hogares que están dentro de la pobreza-, las transferencias del Estado explican alrededor del 40% de los ingresos.
El impacto es tal que, sin los programas sociales, la indigencia prácticamente se duplicaría. Hoy está en torno al 6% o 7%, y sin asistencia subiría a cerca del 15%. En el caso de la pobreza, si hoy estamos hablando de alrededor del 30%, sin los programas sociales aumentaría entre cuatro y cinco puntos porcentuales.
”La tasa de Argentina no es directamente comparable con la de otros países”
P.: Es decir, hasta los gobiernos que aplican los ajustes más fuertes suelen sostener los programas sociales como un dique de contención, ¿no?
A.S.: Sí, aunque yo sería un poco menos complaciente con esa idea. Creo que los programas sociales efectivamente funcionan como un sistema de contención, pero también cumplen una función de control social.
P.: La pobreza medida en términos monetarios, ¿es un enfoque que se aplica también en el resto del mundo o hoy predomina una mirada multidimensional y la Argentina quedó rezagada?
A.S.: No, la pobreza medida por ingresos es una metodología que se aplica de manera casi universal. Es un indicador utilizado en todo el mundo. Ahora bien, su mayor relevancia y centralidad suele darse en los países pobres, emergentes o en transición, como los de África, América Latina o incluso los ex países del bloque socialista europeo.
¿Por qué? Porque se trata de evaluar cuánto se aproximan esos países a los estándares de vida de las economías más desarrolladas. En ese sentido, el ingreso monetario de los hogares funciona como una medida resumen: es comparable internacionalmente, es relativamente sencilla de medir y permite un monitoreo frecuente con un solo indicador.
Ahora, que la pobreza por ingresos esté estandarizada a nivel global no significa que el método específico que usamos en la Argentina sea universal. Ahí hay una diferencia importante. Nuestro sistema compara los ingresos de los hogares contra una canasta básica alimentaria -para medir indigencia- y contra una canasta básica total -para medir pobreza- Esa metodología, y sobre todo la forma en que se construye el valor de esas canastas, varía de país en país.
Por eso, la tasa de pobreza de la Argentina no es directamente comparable con la de Chile, Uruguay, Brasil, Costa Rica, Colombia, ni tampoco con la que se mide en Europa, Estados Unidos, Asia o África. Cada país construye su propia metodología en función de su estructura de consumo, su nivel de desarrollo y sus patrones sociales.
”Para alcanzar un nivel de pobreza del 10% hay que crecer diez años de forma sostenida”
P.: ¿Cuál sería un nivel de pobreza sostenible para la Argentina y en cuánto tiempo podría alcanzarse, suponiendo que se den las condiciones para el crecimiento económico? Dejando de lado cambios estadísticos o metodológicos.
A.S.: Descartando cualquier cambio estadístico, yo diría que existe una especie de nivel “natural” de pobreza en la Argentina. Dado su grado de desarrollo, ese nivel debería ubicarse alrededor del 10% o 12%, el problema es que no lo ha logrado, fundamentalmente por la falta de condiciones de trabajo adecuadas.
Hoy estamos hablando de una pobreza cercana al 30%, lo que implica que habría que bajar casi 20 puntos. Ese piso del 10% o 12% no es un nivel ideal en términos normativos, pero sí un umbral realista: un segmento de la población que, aun en escenarios de crecimiento, probablemente no pueda ser plenamente reinsertado en términos productivos, económicos y sociales, y que va a requerir asistencia durante mucho tiempo.
La pregunta clave es qué hacemos con el 20% que está entre ese 10% estructural y el 30% actual. Y ahí todo depende del crecimiento y, sobre todo, del crecimiento del empleo.
Si se dieran las condiciones adecuadas, podríamos pensar en un proceso de entre ocho y diez años de crecimiento sostenido, del orden del 3% o 4% anual, con creación de empleo formal. No hablo de una explosión del consumo ni de generar burbujas de salarios. La prioridad debería ser la creación de empleo más que el aumento de salarios.
Los salarios no pueden crecer de manera sostenida en contextos de baja productividad. Primero hay que mejorar la productividad. Por eso no se trata de inflar artificialmente el consumo, sino de priorizar la inversión y la creación de empleo, con salarios dignos, pero consistentes con la productividad.
Ahora bien, esas condiciones hoy no se están dando. Para empezar, el país debería estar creando entre 150.000 y 170.000 empleos por año solo para absorber el crecimiento demográfico y el ingreso de los jóvenes al mercado laboral. Eso no está ocurriendo, y por eso crece el empleo informal.
Además, habría que generar entre 200.000 y 300.000 empleos adicionales por año, más allá de ese piso demográfico, para que en diez años se sumen dos o incluso tres millones de trabajadores formales, que provengan de la informalidad. Ese salto sí produciría un cambio cualitativo en la estructura de la pobreza y permitiría alcanzar ese nivel del 10% o 12% que menciono.








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