Ahora quieren controlarle los fondos a Moyano (tarde)

Economía

Tan esperable como que el gobierno le diera más poder a Hugo Moyano en el control de fondos de obras sociales era que otros sectores del mismo gobierno tratasen de manotearle las crecientes cajas que maneja este extravagante sindicalista. Es lo que ocurre en la Superintendencia de Obras Sociales que controla ahora un delegado de Alberto Fernández e intenta que un subordinado suyo, designado por Moyano para manejar las asignaciones de fondos para cubrir ciertos tratamientos médicos, lo haga siguiendo indicaciones de él. Un conflicto clásico donde se mezclan la política, el internismo y la codicia por apoderarse de fondos aportados por trabajadores que deberían distribuirse sin esos desvíos personalistas.

Lo que estaba previsto se produjo. El superintendente de Salud, Héctor Capaccioli, un subordinado de Alberto Fernández, ya está enfrentado al interventor en la Administración de Programas Especiales (APE) del sistema de salud, Juan Rinaldi, un abogado subordinado a Hugo Moyano. ¿El motivo? Plata, es lógico. Néstor Kirchner resolvió cambiar la conducción del área en la que se regulan las obras sociales sindicales. Es una decisión muy importante si se tiene en cuenta que la relación de su gobierno con el gremialismo se va convirtiendo en una clave de su éxito o de su fracaso. Es la ley de los modelos inflacionarios. Lo cierto es que el Presidente adoptó la estrategia de darle a Moyano, el secretario general de la CGT, el control de la oficina desde la que se administran los subsidios que se distribuyen entre las obras sociales, sobre todo para solventar prestaciones de alta complejidad, de costos excepcionales. Moyano puso allí a Rinaldi, un personaje que todavía merece ser mejor presentado a los lectores. No está claro por qué

Kirchner procuró después retacear lo que había concedido. Lo que consta es que ubicó en la Superintendencia de Salud a Capaccioli, un tentáculo del jefe de Gabinete, que hasta ahora venía desempeñándose en el Gobierno porteño de Aníbal Ibarra. Capaccioli tiene una antigua vinculación al sindicalismo: es operador radiofónico y militó en la organización de esa profesión. Su principal misión en «la Súper» -como se conoce a su área en el argot de la CGT- sería acotar las pretensiones de Rinaldi, sobre todo las crematísticas. Hay quienes dicen que Kirchner pensó este contrapeso cuando Ginés González García le hizo notar que «si los dejás solos a los muchachos de Moyano terminará siendo un festival del peaje entre los gremios». Palabras de un despechado, si es que fueron pronunciadas: Ginés debió ceder el terreno que ahora ocupan Fernández y Moyano a través de sus peones.

Sea como fuere, en un principio se pensó en limitar el poder de Rinaldi haciendo depender a la APE de la Superintendencia. Pero cuando se firmaron las resoluciones que designaron a los nuevos funcionarios, nada de esto ocurrió. Es posible que se haya impuesto la lógica: la Superintendencia es un organismo de control que no puede tener a su cargo dependencias a las cuales controla. Por otro lado, Moyano no es tonto: hubiera armado un escándalo si veía que le sacaban en los papeles lo que le habían concedido de palabra. Ahora, el problema se agigantó, precisamente porque, al no haber norma escrita, todo depende de los forcejeos entre Capaccioli y Rinaldi. Y éstos ya se produjeron.

El abogado Rinaldi tiene fama de exaltado. Parte de la leyenda se compuso en la Cámara de Derecho del Trabajo, cuando un día, enojado por una resolución, encerró a los magistrados con la invalorable colaboración de Pablo Moyano, hijo de Hugo y también diplomáticoy casi tira a uno por la ventana. Laboralista de batalla, este experto es quien atiende el día a día de los conflictos en que ingresa el jefe de los camioneros. Desde el punto de vista intelectual, ahora Rinaldi hace la venia ante Héctor Recalde, el numen ideológico de Moyano. Se olvidaron, claro, viejos resquemores: el nuevo jefe del APE revistó en el estudio de Enrique Rodríguez -ex ministro de Trabajo, ahora al frente de la Corporación del Sur- y de Noemí Rial, la actual viceministra. Con uno de sus socios, el fallecido Daniel Errante, Rinaldi visitó una tarde el estudio de Recalde para contestar, con la rotura de varios vidrios, una nota del laboralista contra su jefe Rodríguez que no había sido del agrado del entonces ministro. Ahora todo está olvidado, y el jefe del APE forma casi una hermandad con el hijo de Recalde, otro laboralista inquieto.

El dúo Rinaldi-Errante se encargó de representar en sus entreveros con empresarios al camionero y a Omar Suárez, el secretario general del Sindicato de Obreros Marítimos Unidos. Si bien con Moyano alcanzó sus mayores cuotas de poder, es con Suárez con quien Rinaldi desarrolla lo mejor de su creatividad.

  • Casino

  • Una muestra: cuando estaban en litigio con Cirsa, la empresa que administra el casino flotante de Costanera Sur, no se le ocurrió una estrategia más luminosa que quitar las amarras del barco para que, con apostadores adentro, saliera navegando hacia el río a las 3 de la mañana. Buenos muchachos. Para completar una semblanza cultural del hombre a quien Moyano encargó el manejo de los fondos gremiales hay que decir que a Rinaldi le gustan «los fierros». Si alguien piensa en armas, corre por su cuenta. Aquí se informa que este abogado es «tuerca»: pilotea, con alguna destreza, autos de carrera y tributa así a una tradición que compite con la de los caballos «pur sang» en el sindicalismo argentino (la de los autos la preside la memoria de Diego Ibáñez; la del turf, Augusto Vandor, para no provocar celos ni competencias entre sus herederos).

    Con este background, Capaccioli deberá tener una táctica bien meditada ante Rinaldi. De hecho, ya terminó de mala manera su primera reunión. Fue cuando el interventor de la APE le fue a pedir la transferencia de los $ 53 millones que, según sus cálculos, corresponde repartir entre las obras sociales este mes. El superintendente le adelantó a Rinaldi que esa distribución no se haría sin su concurso. El abogado se exasperó. Ahora siguen negociando. Pero en la última reunión de gerentes dejó claro su alineamiento: «Quiero que sepan que yo acá respondo a Moyano, al ministro Aníbal Fernández y a Kirchner». De Capaccioli y el otro Fernández, ni palabra. De todos modos, todavía hay que esperar para que quede definido el comportamiento de los hombres del secretario general de la CGT en la administración de la «caja» sindical.

    Por ahora Rinaldi no hizo grandes cambios y respetó a la burocracia anterior, la del desplazado Eugenio Zanarini, el hombre de González García en el área. Apenas si dejó que un par de «pecetos» clásicos del gremialismo (ahora los llaman «patovicas») asistieran a su asunción y visiten su sede muy de vez en cuando. Prejuicios estéticos de los radiofonistas. Es natural que todo el sindicalismo esté observando cómo se desarrolla esta pelea. Rinaldi aspira a decidir sobre esos más de 50 millones de pesos de subsidios. Si se ha puesto tan celoso de su administración es porque, como sospecha Capaccioli, pretende introducir a través de ella un alineamiento favorable a Moyano en el seno de la CGT. A pesar de los que dicen que no hay mucho para innovar con ese dinero y que los subsidios se asignan casi automáticamente (esta tesis descarta la teoría del «peaje», del sanitarista Ginés). Pero no son sólo esos fondos los que se pretende apropiar el jefe de la CGT a través de Rinaldi. Hay otros dineros, que se van acumulando por inercia y que ya suman más de $ 200 millones.

    El sistema de contribuciones a las obras sociales tiene previsto que si un afiliado no alcanza con sus ingresos a cubrir una cuota de $ 20, el APE lo socorrerá con lo que falte para esa cápita mínima. Como los aumentos salariales hacen que no sea ya necesario recurrir a ese suplemento en casi ningún caso, los recursos previstos para esa operación se suman sin destino específico. No hay sindicalista que no se frote las manos ante esa torta, que podría ser absorbida por el Tesoro. Como en el caso del mínimo no imponible de Ganancias, que permite que el Estado se beneficie con los aumentos salariales que conquistan los gremialistas, también en torno a esta «caja» se libra una pelea sigilosa, tácita, entre Kirchner y Moyano. En los sindicatos, en general, se alienta al secretario general. Salvo entre los dirigentes muy astutos: ellos desean que Moyano encuentre un límite de parte de su incondicional benefactor, el Presidente. Están hartos de que el camionero se lleve a su casa cada una de las prebendas que el gobierno le otorga, sin socializarla en el «movimiento obrero». Por eso ya hay más de un capitoste gremial que se sueña como un eventual colaborador de Capaccioli en la difícil tarea de cortarle las alas a Moyano. Y cobrar por ello.

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