2 de septiembre 2004 - 00:00

CGT propone más corporativismo

Quedaron olvidadas, al cabo de un año y tres meses, aquellas admoniciones de Néstor Kirchner en contra de las «corporaciones». El martes por la noche, un grupo de sindicalistas invitó a comer a varios empresarios para proponerles que, sobre el molde del actual Consejo del Salario Mínimo, Vital y Móvil -que hoy seguramente ubicará esa cifra salarial en $ 450-, se establezca otro, más ambicioso: un Consejo Económico Social que influya en la definición de la política oficial y emita proyectos para que legisle el Congreso. Es difícil pensar un organismo que exprese mejor que ése una concepción corporativista -casi como lo imaginó el fascismo-de la vida pública. Sobre todo, porque se pretende que contenga a delegados del Ejecutivo y del Congreso, que son instituciones de la Constitución, votadas por la ciudadanía y representantes de la voluntad general. La intención de los gremios, que parece caer en tierra fértil en un sector del empresariado (en algunos casos, distante de la administración actual), es encontrar la excusa para entornar políticamente a Kirchner, sobre todo, cuando cae maná del cielo: es decir, cuando las cuentas públicas exhiben un superávit que ronda 5% del producto. Peligroso.

Armando Cavalieri
Armando Cavalieri
Por primera vez desde que Néstor Kirchner asumió el gobierno un conciliábulo de empresarios y sindicalistas se dedicó a evaluar la política oficial y, como parte de ese análisis, llegó a la siguiente conclusión: sería bueno que el Consejo del Salario que convocó el gobierno sea el embrión de un Consejo Económico y Social más ambicioso, en el que además de estos sectores sociales estén representados el Poder Ejecutivo y el Congreso de la Nación.

El plan se formuló el martes por la noche, alrededor de una mesa que ya se está convirtiendo en confesionario: la de Armando Cavalieri en el Sindicato de Empleados de Comercio, donde también Roberto Lavagna desgranó sus temores y proyectos el martes de la semana pasada. Como al ministro, «el Gitano» ofreció asado a sus invitados: Jorge Brito de Adeba, Enrique Wagner y Gregorio Chodos, de la Cámara Argentina de la Construcción; Alberto Alvarez Gaiani, Héctor Massuh y Daniel Funes de Rioja, de la UIA; Adelmo Gabbi, de la Bolsa de Comercio, y Benito Legeren, de CRA. Los sindicalistas eran, además de Cavalieri, Juan Manuel Palacios (transportes), Andrés Rodríguez (UPCN), Gerardo Martínez (Construcción), Luis Barrionuevo (Gastronómicos), Jorge Omar Viviani (taxistas) y Naldo Brunelli (UOM).

• Variedad política

La procedencia de los comensales era tan variada desde el punto de vista político que, se advirtió desde el comienzo, impediría demasiados desahogos. Un ejemplo: los entendidos sabían que el constructor Wagner es un hombre de Néstor Kirchner, capaz de sonrojarse con las diatribas de Barrionuevo. Massuh -otro caso-es el alma de la UIA oficial y se habrá cuidado de mostrar la trama de sus internas frente al siderúrgico Brunelli, quien a fuerza de discutir aprendió a apreciar a los Rocca (Paolo, el nuevo patriarca de Techint, es el inspirador de Industriales, la corriente enfrentada al oficialismo). Es obvio, nadie de esa fracción estaría en la noche de Comercio. Se entendió la ausencia de Hugo Moyano, quien por enemistades históricas no pisa la casa de Diagonal Sur. Pero extrañó en cambio que Cavalieri no sentara a su comida a ningún empresario de su propio sector, el comercio. «Es que Armando a esta altura representa a todos», bromeó uno de los empresarios. Algunas identidades, por su propia ambigüedad, aconsejaron también la prudencia. Es el caso de Chodos: ¿escuchó todo e intervino como íntimo amigo y consejero del opositor Mauricio Macri o como padre de Sergio, uno de los principales colaboradores de Guillermo Nielsen en la negociación de la deuda soberana? Mejor, por lo tanto, mostrarse prudente. Además, como hacía tiempo que no se reunía una cofradía como la de esa noche, las expansiones verbales hubieran recaído en las andanzas de cada uno desde el último encuentro parecido, antes de las grandes llamas de 2001. Y allí había de todo. Los que empujaron la devaluación y los que la resistieron. Los que apoyaron a Menem y los que jugaron a Duhalde. Vencedores y vencidos.

La charla comenzó con trivialidades, hasta que los empresarios tocaron una de las cuestiones que más los irritó en los últimos días: la indicación del Presidente sobre un «número mágico» para el salario mínimo, que él fijó en $ 450. Los sindicalistas coincidieron. Unos y otros se conjuraron para fortalecer ese instituto, que podría terminar desactivándose por falta de operatividad. Por eso durante la comida se pactó alcanzar un despacho único o con el mayor número posible de coincidencias, de tal manera que lo que se decida allí sea la consecuencia del acuerdo sectorial y no de un gesto cesarista del Ejecutivo.

Cualquiera que entienda los rudimentos de la política advertirá el significado de la reunión de ayer. Cuando Kirchner enfrentó por primera vez, el martes en la Plaza de Mayo, a las organizaciones de activistas más radicalizados, reemplazó a los piqueteros por el sindicalismo ortodoxo, renunció a la transversalidad para aliarse con Eduardo Duhalde y comenzó a recomponer tarifas en el sector de la generación eléctrica, empresariado y gremialismo vieron que había llegado la hora de recuperar visibilidad estableciendo un campo de negociación. De esto se habló el martes a la noche, con la excusa de aproximar posiciones en materia de actualización salarial.

Carlos Tomada y Julio De Vido, los dos ministros con contacto más frecuente con la mayoría de los asistentes a la reunión, ya habían escuchado hablar del Consejo Económico Social. Pero en la mesa de Cavalieri se desarrolló la idea a partir de una anécdota. Los gremialistas ofrecieron a los empresarios un relato minucioso del almuerzo que habían compartido con Lavagna (que este diario publicó el viernes pasado). Contaron que el ministro había prometido mejorar la oferta por la deuda y ajustar las tarifas, y que informó sobre la confusión que había tenido Kirchner al identificar el Consejo del Salario con otro, económico-social. Fue en ese momento que comenzó a planificarse la creación de este último.

La idea es avanzar sobre la esfera de decisión estatal, estableciendo una usina de planificación que contemple las obras públicas, relaciones comerciales internacionales, empleo y capacitación. El Consejo sería,desde el punto de vista técnico, una instancia de definición de políticas y una fuente de legislación. Por eso se piensa incorporar a representantes de las Cámaras del Congreso. Desde el punto de vista político, se constituiría en un excelente dispositivo para entornar a un gobierno que hasta ahora se mostró esquivo a cualquier apertura al diálogo. Si en tiempos de vacas flacas, como fueron las postrimerías del gobierno de Raúl Alfonsín o las de los albores del menemismo, se ensayaron experiencias corporativas como la imaginada anteanoche (desde el Grupo María hasta el Convivencia o Tuti-Fruti de Erman González), la acumulación de un superávit fiscal de 5% del producto es un imán irresistible para quienes quieren influir en la organización de la «fiesta». Eso se notó en lo de Cavalieri.

El relato de la reunión con Lavagna incluyó un párrafo sobre el optimismo del ministro acerca de la performance económica del año próximo. Los empresarios, sobre todo los industriales, se mostraron menos entusiastas: «Si no arreglamos el frente externo y se llega a un acuerdo con el Fondo, las inversiones serán más esporádicas y seguirá moderándose la reactivación, como sucede ahora». Los sindicalistas aprovecharon ese lamento para informar sobre algunas inconsistencias oficiales: «Hay obra pública no ejecutada, de 20.000 casas para las que tienen financiamiento sólo hicieron 4.000 y en vacunas y medicamentos sólo se gastó 25% de lo que está presupuestado. Esto se debe a falta de profesionalismo y de gestión, que es el peor de los males de este gobierno», dijo un dirigente gremial, mientras asentía casi toda la mesa ( Wagner parecía estar memorizando, como si tuviera que informar a alguien más tarde. Misterio).

Cuando terminaba la reunión y Massuh repartía sus puros, ya se había coincidido en la ecuaciónsalarial que se discutiría horas después -ayer por la mañana- en la comisión respectiva del Consejo del Salario. Lo más importante ya estaba decidido: mantener un régimen de reuniones como la que habían protagonizado para incidir políticamente en la orientación del gobierno. Llegaba la medianoche y en la pantalla colorada de «Crónica TV» se reiteraba la profecía de Raúl Alfonsín sobre un golpe de Estado para marzo próximo. Tembló la mesa y, temerosos de que se les impute ser los que realizarían esa fantasía, empresarios y sindicalistas se perdieron, entre bromas, por la noche.

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