Sorprendió bien ayer el gobierno al designar al frente de la AFIP (DGI y Aduanas) a Armando Caro Figueroa, un hombre de estrecha relación de Domingo Cavallo, quien gana control sobre los ingresos del Estado. Deja esa función Héctor Rodríguez, quien pasa como vicejefe de Gabinete, donde será el encargado de controlar la gestión del otro costado más débil del gasto, el sistema previsional de PAMI (obra social) y de la ANSeS. Héctor Rodríguez es un hombre de competencia técnica y muy cercano a Fernando de la Rúa, pero Cavallo lo consideró "de la casa" en la DGI. Cree el ministro que un funcionario como Caro, ajeno a la burocracia de los recaudadores, tendrá por esa distancia una capacidad mayor para presionarlos en su función de recaudar. Para ayudarlo le aumentará en $ 90 millones el presupuesto de manera que el nuevo funcionario pueda pagar viáticos y publicidad, herramientas que no ha tenido el saliente Héctor Rodríguez. Hay detrás también una trama política: el radicalismo deja la función de recaudar y aleja cualquier reproche por ineficiencia de sus delegados en la AFIP. Cavallo deja el control que tanto odian los radicales sobre PAMI y la ANSeS, que hará ahora un delarruista extremo como Héctor Rodríguez en consonancia con Patricia Bullrich, ministra de Trabajo, que tiene un despacho en la ANSeS. El cambio tiene el estilo de los movimientos del Presidente con la gente que lo acompaña en el gabinete: concede cargos, pero a la vez saca funciones, transfiere responsabilidades, pero anula potestades. Todo para lograr un control que nunca parece terminar de conseguir para los fines de su administración. Los cambios de ayer (hoy son las juras) se hacen, sin embargo, en un momento clave: el programa del déficit cero depende de cómo se recauda y de cómo se gasta, tareas donde se han hecho las modificaciones. De paso, De la Rúa induce un efecto dominó sobre sus funcionarios, que deben reagrupar fuerzas en una gestión que en menos de dos meses será sometida a examen en las urnas.
Cuando llegó a Economía, como mínimo Domingo Cavallo pretendía y no obtuvo el dominio de otras dos áreas: toda el área social (ANSeS, PAMI) y la AFIP (Aduana y DGI). Tan desteñida fue su gestión desde entonces que ni siquiera pudo reclamar una propina. Menos, aumentar su poder. De ahí que sorprendiera ayer una decisión que el ministro de Economía, junto a Chrystian Colombo y Fernando de la Rúa, aprobaron el último fin de semana luego de un amable conciliábulo: la entrega para un hombre de Cavallo del organismo que acumula la mayor cantidad de ingresos para el Estado. Desalojan entonces a Héctor Rodríguez, un radical «buenazo» con sólidos conocimientos impositivos, lo reemplazan por Armando Caro Figueroa, un ubicuo y multifacético funcionario -puede ocupar cualquier cargo sin sonrojarse- que oficiaba como segundo jefe de Gabinete, de obediencia exclusiva a Cavallo y, que se sepa, no registra ningún antecedente en materia impositiva.
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Hubo, funcionalmente, un típico enroque ajedrecístico (Rodríguez pasa al lugar de Caro Figueroa) para que nadie reclame indemnizaciones. En términos políticos, la realidad es un empate sin gloria, característico resultado de la administración De la Rúa: a Cavallo le entregan lo que siempre deseaba, pero a cambio debe ceder una de sus prioridades (o sea, el control de las posibles racionalizaciones en PAMI y ANSeS que, se suponía, llevaba a cargo Caro Figueroa). Además de satisfacer a Cavallo, también se gratifica Colombo: la dupla que protagonizaba con Caro Figueroa, si bien nunca exhibió escándalos ni rispideces, más bien parecían los pilotos de una misma marca donde el número dos suponía que podía reemplazar a Schumacher. La verdad entera, como siempre, es otra. Debido a que el gobierno se ha empeñado con el déficit cero y la AFIP se vuelve clave como ente recaudador, Economía demandó la responsabilidad sobre este instituto para hacerlo -presuntamente- más eficiente. Rodríguez, por su parte, ya había advertido sobre una sorda presión desde Hacienda y preguntó más de una vez si no valía la pena que abandonara el cargo. Frente a esa situación, De la Rúa apaciguó un posible litigio y, de paso, le hizo un favor a su partido: optó por el enroque y, si la AFIP no recauda lo que corresponde, Cavallo deberá cerrar su boca y no podrá echarle la culpa a un radical.
Aún así, hay un dato interesante: Cavallo recuperó bríos, se lo ve entusiasmado, lejos de ese ministro taciturno, casi en fuga, que caracterizó la etapa en que el país estuvo por defaultear. Pero, ¿qué hará Caro Figueroa en un sector altamente especializado que no conoce? Tampoco Cavallo tuvo suerte cuando, en el pasado, controló esas áreas con Carlos Sánchez y Hugo Gaggero, experiencias olvidables en más de un sentido. Hoy, se sabe, objeta la burocracia interna -esa máquina siempre denunciada pero jamás desmontada-, criterio que obviamente comparte Caro Figueroa de quien, hasta ahora, sólo se sabe que piensa arrastrar para el saneamiento de su nuevo coleto a Horacio Rodríguez Larreta hijo, alguien que tampoco dispone background tributario. Esa es una lucha a iniciarse.
La otra, tal vez más importante, pasa por la modificación del sistema impositivo argentino. Ya trascendió que se analiza reformar el impuesto a las personas físicas y que, lógicamente, si es cierto que el país desea competir para convocar capitales, algún tipo de argumento razonable debe aportar en ese sentido. Al menos, para el regreso eventual de los propios ahorros de argentinos en el exterior. No parece sencillo el desafío para quien poco conoce del tema, pero anoche Caro Figueroa se fue a dormir en paz porque tuvo un vaticinio a su favor: Raúl Alfonsín calificó su designación como «mala». Y como broche de oro del personalismo egocéntrico del ex presidente, agregó: De la Rúa insiste en hacer nombramientos sin consultar al partido (o sea, a él). Debería estar más contento que Cavallo: el salto de Caro Figueroa le preserva ahora la multitud de «ñoquis» y contratados que protege en ANSeS y PAMI, esos reservorios de punteros y votos multiplicados que le permiten seguir en actividad. A costa del Estado, claro, o de la ingenuidad del contribuyente.
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