10 de marzo 2001 - 00:00

Cupones bursátiles

En tiempos de ebullición de economistas locales, actuales modernos, tocamos timbre al pasado y nos abre la puerta alguien que alguna chapa supo tener: Keynes.

Nos tropezamos con una definición suya, sobre dos palabras muy de moda en nuestro escenario: inflación y deflación. Según su punto de vista, ya en esa época. «Tanto la inflación como la deflación, provocan alteraciones sobre la distribución de la riqueza entre las diferentes clases. Siendo la inflación, en este aspecto, la peor.

Ambas, también superestimulan, o retardan, la producción de riqueza. Aunque con relación a este punto, la deflación es la que más daña...». Pensamos, lo podía haber leído Machinea antes de votar aquello que le cavó la fosa -el «impuestazo», la opresión sobre el consumo y la participación del Estado restando dinero al circuito del comercio- y meditarlo un poco. La Argentina ha sido un caso práctico de la definición de Keynes, el modo en que se cae en un retardo en la producción de riqueza a través de deflación, como la actual. No parece haber mucha alter-nativa, por más que se busque el punto medio ideal y sobre el que se viene fracasando. Si damos razón a Keynes ¿qué sería preferible? La inflación, distorsionando la distribución de la riqueza, o la deflación, que no produce absolutamente nada y nos sitúa en lo que llamamos «paz de campo santo», que se vive hoy.

Ahora, que Machinea es pasado y sirvió sólo para probar a Keynes, convendría estimar hacia qué punto irá a intentar el nuevo ministro. Cuando se habla de no salir de la «convertibilidad», seguramente no es porque se considere que nuestro nivel de cambio es competitivo, o porque el dólar está bien adecuado en la realidad.

Más bien, aunque se lo deje expresamente de lado, el temor es que el viejo borrachín vuelva a las copas y que la palabra «inflación» retorne al país.


Pero, insistir con recetas que mantengan deflación será enterrar más profundo al cadáver económico e industrial, en que se convirtió nuestro sistema. ¿Insistir en procurar una fórmula exacta, para quedar en el medio?


Primero, nos preguntamos si existe.Y, segundo, a qué nivel de riesgo se podría intentar un nuevo ensayo, sobre escenarios políticos y sociales candentes. Nos vamos de la casa de Keynes, le agradecemos la atención y la enseñanza, y pasamos por la de Jorge Luis Borges -viven cerca-, para entender por qué no se terminan de poner las cartas sobre la mesa, a la vista de todos los argentinos. Borges nos tira una onda, acerca del posible por qué: «Uno de los mayores defectos de los argentinos, es la hipocresía. No importa que las cosas sucedan, lo importante es que no se sepan». Comenzamos a entender, ¿usted?


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