16 de marzo 2001 - 00:00

Cupones Bursátiles

Es extraño que no se hable más seguido de lo que debiera denominarse como: «El crac del NASDAQ». El pinchazo de una fenomenal burbuja bursátil, uno de los pasajes de la historia mundial que se puede anotar tranquilamente -por la pérdida de noción de valores- con la legendaria burbuja de «los tulipanes» de Amsterdam, o la «Compañía de los Mares del Syd» de Inglaterra, sin olvidar los vertiginosos «años locos» de Wall Street de la primera parte del siglo.

Un mercado que subió por encima de los «5.000» puntos, que ahora estaba perforando los «2.000», y donde se anotaron casos casi inadmisibles y de película, en la zona de las mayores evoluciones y cuando se pegaban saltos con porcentuales de hasta tres dígitos en una rueda, como normalidad. Todo lo que se tejió en torno a la que el marketing llamó como «la nueva economía» y que algunos ya creían como destruyendo totalmente a la «vieja economía», la de los bienes tangibles. No solamente fue un inmenso «crac», al que se lo quiere tratar con dulzura incomprensible, sino una de las etapas vergonzosas para operadores y analistas que avalaban el pagar cualquier cosa por cualquier compañía que apenas asomaba de un proyecto y se vendía pregonando: «Pérdidas en los primeros años, pero después fabulosas ganancias». En el reino de lo virtual, todo sonaba a virtual, y muchas de esas sociedades demostraron -en la caída- que lo eran. Lo recordábamos alguna vez, como remedo de viejos tiempos donde ya había sucedido: faltaba cotizar la firma «Veremos qué diablos hacemos», con la gente atosigándose de esos papeles, y con la nueva fórmula de: primero juntar el capital y después, desarrollar alguna actividad.

Bueno, Buenos Aires tuvo también una especie de «Nasdaquito», mucho antes que este invento al que se le dio luz verde hace (¿en qué quedó?). Fue en los también «años locos» de los '60, y donde se llegaba a esa cifra virtual de las «650» empresas listadas en Bolsa. Muchas de ellas eran simples galpones, alojados en remotas tierras del interior, firmas vacías de contenido y que se formaban para tratar de aprovechar el «desarrollismo». Cuando la burbuja porteña se pinchó, comenzó la decantación y malas noticias, la debacle de empresas nominadas que ya no se detuvo nunca más. Nunca hubo 650 compañías «de verdad», había mucho de truchada, era una visión antigua de lo que ahora se ve todavía: nada más que con otra tecnología y manejando capital del mundo, con la globalización. Hay quienes muestran admiración por tal tipo de ruleta rusa, disfrazada de inversión, y comentan con mucha calma que unas acciones subieron en el día 25%, o bajaron 40 por ciento al siguiente (CISCO en esta semana, estuvo por ahí).


La diferencia entre el Dow y el NASDAQ es que: el Dow seguirá siendo siempre el Dow...

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