6 de mayo 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

Un Lavagna revisionista, aunque parece que urgen soluciones para la hora dramática en que se vive, hizo un trazo grueso y situó la decadencia estrepitosa de nuestro atribulado país: en unas tres décadas atrás (hace poco hablábamos de esto y lo comprimíamos más, a un cuarto de siglo, pero esto -se sabe- es cuestión subjetiva y donde no escapa, qué impresiones se ha llevado el autor de una conclusión, cuando no se puede dar un hito, un punto muy marcado y preciso). De todos modos, es posible ver que si uno se despoja de sesgos interesados, o de cargas emocionales, la coincidencia sobre épocas y estados de la Argentina (ayer, un país que merecía ser vivido. Hoy, esta republiqueta) tiene que unir a la mayoría de los que emitan opinión con argumentos. Lavagna lo llevaba todo al nivel de un economista, comparando porcentuales de desocupación, como de otros ratios que hacen al standard de vida: al meridiano económico de la población. Internarse en comparar modos de actuar, tanto de jóvenes como de mayores, escalas de valores, respetos mutuos entre los individuos de la sociedad, puede significar llegar a conclusiones mucho más catastróficas, que las de índole económica. El ministro organizó también un «popurrí» de supuestos culpables y donde no se salvaba casi nadie, (a no ser alguna monja, cura misionero, o un par de bebés).

De coincidir en el origen de este desastre actual y hacer que los hacedores se llamaran a silencio: ¿quién podría alzar la voz para algo? Pocos, los que no pecaron de manera directa, o por simple omisión, y que desempeñaron cargos con alguna participación importante en los distintos gobiernos. Pero, no. El caldero donde se hierven opiniones, supuestas fórmulas, consejos, salideras, los continúa llevando a todos. Y hay quienes después de haber dicho pavadas gruesas, lo hacen hoy todavía con más énfasis: o borrando expresamente lo del pasado. Y así, no hay mucha posibilidad de enderezar nada. Porque está lleno de tipos importantes que dicen -y lo deben creer-que hicieron buenas gestiones, que dejaron un país divino, que fueron víctimas de algo, que lo demás vino después de ellos... Son los peligros de ver
«armarse la Gorda», pero a esto será mejor que le contestemos con un «Viva La Pepa», antes de tener que vivir un durísimo «tole, tole»... Expresiones que pare-cen no tener relación y no expresar nada más que algo doméstico: pero que, en los dos primeros casos son mensajes en clave. En Andalucía y al fraguarse la revolución contra Isabel II, en 1868, se repetía la expresión sobre La Gorda. También España, la Constitución se había forjado el Día de San José («Pepe», el apelativo) y ante la prohibición de los franceses invasores, los ciudadanos se pasaban un «¡Viva La Pepa!», para evitar represalias. De última, el «tole, tole» parece venir del grito del pueblo pidiendo a Pilato crucificar a Jesús metiendo gran ruido y el «quítalo, quítalo...» (tolle, tolle), ¿Le gustó?

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