30 de julio 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

Habíamos dejado pendiente volver sobre el «Inversor inteligente», esa obra clásica del fundamentalismo bursátil, cuyo autor -Benjamin Graham- escribió en 1949, falleciendo en 1976. Hoy, la sorpresa para muchos es que figure tercera en la lista de los más vendidos en Nueva York, pero sucedía ya desde la muerte de Graham, cuando sus obras se compraban mucho más que estando en vida. Hecho, por otra parte, nunca muy bien analizado y explicado, pero que suele darse en todos los órdenes y no solamente con figuras de la literatura. Extraño comportamiento el del ser humano, dando mucho mayor realce a las obras después de muerto su autor, un reconocimiento «post mortem» del que no podrá gozar el protagonista. En fin, mejor limitarnos a recorrer algo de Graham, que cuando sintetiza consejos, éstos son muy simples, como demostrando que la Bolsa es la inversión más accesible a todo tipo de intelecto, basta tener un poco de sensatez, y los que la hacen complicada son los que han montado una industria del «saber» y cobrando regios ingresos por ello. Un par de ejemplos bastarán para conocerlo, como: «Comprar acciones de crecimiento, pero con precaución». O bien: «Alternativamente, acciones ordinarias representativas, cuando el mercado esté en pisos históricos». La conformación pasa por: «Una cartera diversificada, de acciones ordinarias, a precios que parezcan razonables a la luz de sus factores de valorización». Nada raro. Simple.

Respecto de papeles menos considerados, Graham describe: «Bonos de empresas o acciones preferidas u ordinarias, de segunda línea, cuando alcancen valores de pichinchas». A la inversa, al describir los «
no», apunta a los: «Bonos de empresas o acciones preferidas, a menos que su rendimiento sea comparable al de los títulos libres de riesgo». También desaconseja: «Los títulos de segundo orden, a menos que los precios sean tentadoramente bajos». Benjamin Graham había disuelto su firma en 1952, pero sin quedarse quieto. Y realizó estudios para demostrar que, en medio siglo aplicando algunos de los criterios de su análisis superaba el rendimiento del Dow Jones en un «2 x 1».

Actuó como asesor financiero de diversas compañías y de individuos, siempre con la misma receta, odiando cartas y gráficos y desconfiando de la fe ciega que ponían los inversores en directorios y gerenciamientos de prestigio, prefiriendo siempre cotejar contra los fríos números. Con sus tres pilares
-ganancias, dividendos, valor libros- extraía sus calificaciones para armar una cartera. Y teniendo por delante un inalterable principio «conservador» al dar cada paso. Después de tantos años, con tanta tecnología al servicio de los mercados y sofisticaciones de análisis, mucha gente se ha volcado a leer y releer el «Inversor inteligente» y la aparente simpleza de sus recomendaciones. Lo que demuestra que mucha gente ha advertido que varían las formas, pero nunca el fondo de los ciclos vitales.

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