4 de septiembre 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

Cada vez que aparece un motivo para que el circuito del NYSE no trabaje, se nos aparece la verdad desnuda de nuestro mercado. Una alternativa sería decretarnos feriados coincidentes; han hecho ya tantas cosas en pro del turismo y corriendo fechas los hoteleros... Y cada vez que bajan las aguas provenientes de vertientes, se dejan ver mástiles y cascos de un mercado que no da calado más que para algunos botes operativos. El lunes, fueron $ 4,5 millones de efectivo para todas las acciones. Y dicho en tal moneda, no impresiona tanto: en verdad, fue un millón y medio de dólares como giro total de nuestra plaza, inscripta -tomada por sí misma- como de las más anémicas del continente. Y ese millón y medio nos sitúa en operaciones que bien podrían anotarse a «tiza», con las pizarras del viejo recinto, hasta con una ventaja: que los chicos «pizarreros» estiraban las órdenes, como para que casi siempre hubiera anotaciones y no se notaran las ruedas flacas. Hoy, las máquinas disparan los que tienen, después sobrevienen los grandes lunares, y en el piso no aparecen los creadores de «montoneras» en las plazas que, con cuatro pesos de demanda, hacían ver como que todo estaba en ebullición. Hubo muchas ruedas tristes en aquella época, pero siempre llevaban encima un poco de cosmética bursátil, que provenía de los agentes y de la «baranda» que se sumaba. Esto mantenía alguna luz prendida, esperando que los vientos y los espíritus se dignaran traer algo mejor. Ahora, la tristeza está allí, de cuerpo presente, con lamparitas de los paneles que hasta parecen tener modorra para encenderse, con enorme vacío por debajo, con butacas vacías y la gente tan ausente como las órdenes.

Puede hablarse de pocas condiciones favorables. Cierto. Pero podrían ser peores, porque ahora no hay atractivo con las tasas y el dólar se mantiene en sus bases. Si eso fuera de otro modo, con alternativa todavía quitándole algún dinero más, da miedo pensar cuánto podría producir nuestra plaza en fechas de feriados en el Norte. Si hablamos, por ejemplo, de u$s 500.000 (que no parece descabellado) se estaría en las marcas promedio de las viejas ruedas de antes de la globalización. Las que se hacían con capital propio y una ley de inversiones extranjeras que ahuyentaba al de afuera. Es lo que más hiere a los ojos: ver que la inversión bursátil no tiene atracción alguna en nuestro medio, ni siquiera en las carteras institucionales que deben estar manteniendo las posiciones y nada más que eso. Queda por verse lo que pueda sobrevenir en estos días, firmando -o pagando- al Fondo Monetario. Claro, no es lo mismo una cuestión que la otra, pero cualquiera de ellas deberá producir mucho más movimiento que nos saque de la varadura total. Es francamente aburrido el trámite, que al entrar en consonancia con los certificados logra disimular una realidad que volverá a florecer el próximo feriado.

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