La desesperación por mover el consumo interno, fiel a los libros de los años '30 que se han desempolvado, incentiva ahora el gasto de los tenedores de tarjetas, aunque buena parte de los asociados al sistema no ha visto sus sueldos incrementados, ni mínimamente, en relación con los aumentos de costos habidos desde la devaluación. Existe bastante paralelismo en esto con aquello que también incentivaba Cavallo cuando ya en pleno drama de la deuda insistía con que la gente se endeudara en dólares. El ahorro, nunca. No conviene alentar ahorros, de acuerdo con tales finalidades, por más que algunas encuestas están demostrando que el susto pasado ha hecho a los ciudadanos más cuidadosos, y cuando aparecen algunas nubes en el horizonte, se restringen de modo sistemático a endeudarse alegremente y como sucediera en la década del '90.
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Ahora, conseguir que una tasa baje de 60% a 35% anual, para tales sistemas de financiamientos cortos y en el nivel de tasas en que se mueve el sistema financiero actualmente, no parece demasiado logro, solamente retroceder una fase, de un abuso absoluto.
El hecho es que se están queriendo enviar señales de mejorías, aun con discursos contradictorios que bajan desde la cumbre y donde tanto el Presidente puede tratar de «paracaidistas húngaros» a empresarios que no se quieren hacer cargo de la crisis vivida, como después hacer buenas migas con la UIA o apersonarse en el ámbito de una Bolsa de Comercio que lo recibe con los harapos de sus volúmenes, carente de incentivos y sin que nadie se preocupe por recrear el mejor de los exponentes de un mercado de capitales: el que no tiene costo para financiar proyectos, expansiones empresarias. La Bolsa está fuera de libreto, acaso también sea culpa de haber repasado libros del '30, donde se estaba queriendo salir de la llamada «gran crisis», que se había desatado a partir de la explosión de la Bolsa de Nueva York. Ese día, el mercado recuperó su velocidad de crucero, levantó la vergüenza de su millón y medio de dólares de volumen, del lunes, y se situó en unos $ 26 millones que le permiten, si no hay ventas molestas, realizar repuntes como el visto en esa jornada. Pero ya con un claro sesgo a querer sacar algún partido de lo que se formalice con el Fondo, que sea bueno, regular o malo se lo presentará como «muy positivo» a la luz pública. Lo único capaz de arruinar los planes sería algún nuevo desencaje entre las pretensiones de ambas fuerzas. En una especie de «mediación papal», se dice que EE.UU. acercó una idea de convenio para que el país y el organismo tomen un atajo y se dejen de embromar con la incertidumbre. Y allí andaban, los nuevos enviados del FMI y nuestros ahora tan exigentes funcionarios, apelando a que el Congreso haga la alineación correspondiente bajo el eslogan: «Son las leyes que precisa Economía para convencer al Fondo». Además, sin son buenas o malas, no importa analizarlas mucho. Se les hará alguna autopsia con el tiempo. (Que para eso revisamos lo viejo ahora...)
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