12 de septiembre 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

Una noticia, pesada, cubrió a la otra -más específica, reservada a quienes buscan las proyecciones de alguna actitud y la toman en su dimensión. A ésta se agregó una tercera, más trivial, doméstica, pan de cada situación que pase por las mismas circunstancias. Pero, todo el paquete junto, en un solo día -el martes- era demasiado para cualquier mercado. Por orden de aparición, resumamos brevemente aquellas tres cuestiones citadas: A) que el país no pagaba la suma requerida para no caer en el «default» formal; B) que los franceses de Telecom abandonaban la nave de la Argentina; C) que corría fuerte la renuncia de Lavagna, tras un encuentro en la cumbre. La rueda bursátil amanecía teniendo que dar valuación a una, al promediar la misma se le incorporaba la otra y, de postre, la tercera. La desmentida desde el propio ministerio, creyendo que desactivaban el episodio, solamente ayudaba a instalar como cierto el rumor que se había mantenido en ciertos límites geográficos: pero que, en la desmentida, corría por todo el país de inmediato. La más grave, según el simple chequeo en todos los medios, resultó ser la negativa sobre el pago al Fondo. Pero, nosotros nos quedamos con la del medio: la partida de capital extranjero de tal dimensión, en una actitud tan sorpresiva y cuando la Argentina está siendo muy mal mirada en Europa; es como que anticipa más deserciones, al menos, de esos colores. Y si hay «corrida» de capitales foráneos, es como que se reitera la metáfora sobre que el dinero tiene «el coraje de una liebre, las patas de una gacela... y la memoria de un elefante». La Argentina ocupaba extensos párrafos en todos los sitios informáticos del mundo, no por una sola causa, por tres. Especialmente, por dos muy delicadas (que lo de Telecom, seguro, suena mucho más a terrible afuera, que adentro). Y así vamos «construyendo» el país que, se ha dado en repetir por todas partes, estamos construyendo (?).

De paso, bien podrían los políticos actuales rendirle algún homenaje a Rodríguez Saá: el hombre lanzó el default dentro de un Congreso pletórico en aplausos. Causó conmoción y duró solamente una semana: pero, de esa declaración han venido sobreviviendo las gestiones posteriores. Instaló y dio forma gubernamental, a lo que no se podía ni decir en los pasillos. Muchos, muchísimos, de los que ahora aplauden la actitud adoptada: estaban en la vereda de los que apostrofaban el lanzamiento de semejante medida bomba. Este es el modo de «construir» o de «evolucionar» que se suele ver por estas tierras, cambiar de andariveles en los puntos indicados del riel y amar lo que antes se maldijo. Como es costumbre nacional, nadie termina por hacerle rendir cuentas a nadie, como tampoco se piden explicaciones de tantos cambios de «camiseta» ideológica y política. Porque el asunto, en la industria política, es tomar el colectivo que pase a una hora: descubrieron que ya no importa esperar el número de línea que corresponde, sino asirse de la manija y subir: arriba, se verá.

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