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Y resulta que estamos aquí, en mitad de diciembre y consumiendo las últimas ruedas sin los efluvios de las fiestas, mirando al Merval, que volvió a resbalarse hasta los 980 puntos y contrayéndose en volumen, como si fuera el último fraseo de «Quejas de bandoneón»...
Nos engañó. Creíamos que nuestras dudas anteriores habían sido barridas por una plaza que superó los 1.000, los dejó atrás, y trabajaba con suficiencia unos veinte puntos más arriba. La siguiente parada, llegar a 1.050 y duplicar el índice de finales de 2002, estaba al alcance de la mano. Lo que vino después, cuando hablamos de las dos semanas clave intermedias, deparó una baja global de más de 3% en la primera. Y un inicio de la otra, en el lunes, con caída de 1,2% y volumen en paupérrimos $ 30 millones. Luchando para no derrapar de los 980 puntos, formalizando esa lucha por la cumbre y poniendo en duda el asentamiento de los 1.000, cuando podía darse por hecho. Es lo malo, y es lo bueno, que tiene la inversión en Bolsa. Nunca nadie podrá reposar tranquilo creyendo que la faena está hecha o la ganancia asegurada. Es su espíritu, es su esencia, es lo que hace que a algunos les repela la inversión y a otros les atraiga: aunque los dos son la misma persona. Como aquellos versos de: «Rencor, tengo miedo de que seas amor...» No sabemos bien con qué solidez hemos construido el año, el volumen aparece y se retira. No llega en cantidad suficiente, proporcional a la suba. No estamos seguros de en qué punto estamos parados... ¿y quiere adivinar 2004?




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