Otra cuestión que hay que marcarle al presidente de la Nación -para eso están los llamados asesores-es la tasa de interés que rinden unos bonos respecto de otros. Así como la tasa interna financiera que se paga en los distintos países está en directa relación con el prestigio, el poderío, el marco de confiabilidad, que pueden brindar los distintos emisores. La debacle nacional, producto de funcionarios y políticos de cada etapa, iba requiriendo cada vez más atractivo para que alguien quisiera tomarle un papel de deuda. Y Kirchner se la pasa comparando rendimientos, entre países que venían en muy malas condiciones y que estaban en segunda, o en tercera, línea en el ranking de alternativas, con los principales focos mundiales de atracción de capitales.
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Lo que antes se denominaba «premio» es la porción que compensa el mayor riesgo. Pero si se utiliza la metáfora de «haber comprado bonos como en un casino». Lo que continúa esa metáfora es que el gobierno se considera el «croupier» que les canta el «cero» a los que invirtieron en papeles nacionales. Del modo tan simplista en que se manifiesta, en sus airadas arengas contra los que invirtieron y -de paso-contra empresarios resultaría la fórmula ideal para cualquier republiqueta de quinta: emitir títulos, redactarles ciertas condiciones y rentas, y después decir: «No los quiero pagar, a menos que acepten lo que quiera darles». La reiteración del tema es obligado por las continuas persistencias en una línea de razonamiento que no tiene ninguna relación con nada (y nadie parece poder sa-carlo de esa posición, aunque hay otros caminos para defender la causa de manera más admisible). Pero mientras sigue flameando la bandera del «embargo», en el andar bursátil se desplegó ya de modo ostensible la bandera de la reducción de los negocios. Y se han visto inversores atropellándose en ciertas salidas, porque la tubería se estrechó de golpe, nada menos que a cerca de la mitad de varias zonas de meses precios. El repunte y la caída, el camino tan serpenteante del índice, los rebotes que se realizan ante alguna tregua de la oferta, han forjado un comienzo de febrero donde parece que el que tiene los papeles es el que pone las reglas. Si afloja el ritmo de entrega, se suavizan las cosas y se procuran mejorías. Si se retorna a una marcha superior, tan fácilmente se aflojan los pisos. La demanda, que supo gobernar por muchos meses y dejando el poder en quienes poseían el dinero, se ha debilitado y mostrando al descubierto los lunares que se producen de un día para el otro. Todo termina por ajustarse, la línea de corte -entre oferta y demanda-es lo que falta por situar, para propender a una meseta sólida. Mientras esto no se consolide, el mercado puede seguir a los saltos y producir resultados insólitos, hacia ambos lados. Informate más
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