24 de diciembre 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

Por delante, vayan los deseos: y que los consecuentes lectores de esta columna puedan disfrutar de una apacible Nochebuena. Por detrás, el mercado. Que en definitiva no da para estar pendiente de él todo el año y si bien no nos cambiará la vida, la matiza de las necesarias canciones del ganar y del perder. Dos resultados mercantiles del ganar y del perder. Dos resultados mercantiles que -como apuntaba Kipling- no dejan de ser solamente dos impostores. Lo que vale es seguir fieles al sistema, saber que la poco considerada Bolsa -en nuestro medio- prosigue su marcha, mientras los que la ignoran continúan pasando de largo por sus cargos. Que si algo ellos buscan, es figurar temporalmente. Y si algo busca la Bolsa es permanecer. Se está culminando el año del «sesquicentenario» de la entidad madre, un hecho de gran peso al momento de revisar el año. Un mercado porteño que, casi siempre, ha vivido mucho más de los sueños que del capital disponible y esto es un mérito enorme, lo que deja a flor de piel lo mejor y lo más puro del espíritu bursátil. Soñadores de un país mejor, postas de las finanzas que supieron poseer títulos de riesgo puro, en un país que se prendía en llamas por todos lados. Que tener acciones en Wall Street, cualquiera... pero ¿quién era el guapo del mundo, para asumir posiciones en una Argentina en plena crisis?

Las polémicas de fondo hace años que han venido dividiendo las escasas aguas -en vez de unirlas-: que si el piso tradicional, o las terminales. Que si la concentración en carteras fuertes, o el llamado «chiquitaje» que llevaba la Bolsa a las calles. Que si no importaba que desertaran diez compañías de mediano porte, si entraba en su lugar una sola de enorme envergadura. Que si conviene una capitalización bursátil atomizada, o solamente importa cuánto dice la línea final. Que si la concentración del sistema, o la dispersión, innumerables temáticas que han tenido entusiastas propulsores, o acérrimos críticos. Y como marco a todo esto, gobiernos que pasaron y no miraron la Bolsa ni de costado, aunque vengan a los aniversarios con bellos discursos sobre «la importancia de la Bolsa en la economía». Puede que 2005 resulte apropiado para ir cerrando brechas, uniendo energías y analizando los instrumentos que permitan recolocar a nuestro mercado, dentro del menú habitual de la gente. No se realizó el debido ruido en su momento, cuando todo era fallido en el sistema financiero y la Bolsa cumplía con todos los compromisos sin precisar de un solo día de suspensión de operaciones. Lo que marcó un gran hito histórico, la sola «palabra» por encima de contratos, convenios o pagarés. Revaluemos lo nuestro, hombres de la Bolsa,
lustremos el bronce.

Dejá tu comentario

Te puede interesar