Un jugador desleal en la mesa hace que todo el juego pierda sentido. La primera ley es que exista una lealtad de los métodos a emplear, a sabiendas de que cada participante habrá de defender lo suyo a rajatabla. La nueva deslealtad, entre varias otras, urdida durante la semana anterior por nuestras febriles mentes locales volvió a poner en riesgo a todo un sistema, no ya a un juego. Y es nada menos que un sistema financiero internacional. Dispersar la versión de 42% de aceptación del canje, mediante el ardid de medirlo fuera del modo acostumbrado, dispersó alegría en el mercado y resultó el artífice de una fenomenal levantada de precios y volúmenes. Un triunfo sin gloria. Algo que al bolsillo no le interesa demasiado, y el que acertó con tomar el movimiento, estará contando las ganancias. Una alegría y un repunte basado en la tristeza que debe provocar, ver de qué tipos de artimañas se valen los que quieren arribar a una meta sin importarle en absoluto los medios que se emplean. Todo es válido, aunque vaya de punta contra la honorabilidad que deben demostrar un país y sus gobernantes. Y no se ha producido ningún tipo de reacción colectiva, reclamando que se deba salir de los problemas con los mejores esfuerzos, pero con la mayor dignidad. Para muchos, tal la escala de valores actuales, eso pasa por picardía, por la viveza criolla puesta a disposición de la aceptación de un canje de bonos. Como alguna vez sirvió un bidón de agua, como instrumento vil para eliminar a otro equipo de un campeonato. Tratar de ganar y la subordinación absoluta de los métodos, leales o no, con tal de triunfar y ufanarse de ello. • Se pregona sobre que el país sale adelante, se ve la definición del canje como la catapulta para terminar con los males argentinos. Con tal de que los demás acepten las fullerías que de continuo llevamos adelante, el regocijo es arribar a un porcentaje satisfactorio. Y ése es el ejemplo que se irriga a una sociedad que tiene sus principios volatilizados desde hace tiempo, predispuesta a mirarse en los espejos que les proponen desde las instituciones rectoras, y que alientan a hacerse participantes desleales de cualquier competencia. La Bolsa tomó por bueno el dato, no había otra forma de tomarlo. Cuando al día siguiente se informaba que había sido una desagradable muestra oficial por seguir confundiendo y presionando, la plaza sintió el impacto en parte. Ya la demanda comenzó a ceder y, con alto volumen, el índice no pudo seguir trepando. Una patraña que debió recibir todavía mayor castigo, porque también se juega con las decisiones de inversión de mucha gente que actúa positivamente, sobre incentivos falsos. Tomar papeles de deuda soberanos, aunque sean posdefault, es como convalidar que se puede ser desleal y todavía poseer una silla, en la mesa de los que juegan honestamente.
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