8 de febrero 2006 - 00:00

Cupones bursátiles

No hicimos la cuenta ni la compensación. Alguna consultora podría realizarla, al menos, de modo aproximado. Y es que, periódicamente, y cuanto más siguen trepando los bonos del canje ajustables por inflación, lo que aparecen son las cifras de más que le van costando a las arcas oficiales tales audaces emisiones. Pero, en contrapartida, no se coteja con todas las sumas que tales arcas se van apropiando del bolsillo de las empresas, y de los ciudadanos que perciben sueldos en blanco, por no permitir ajustar los balances por inflación. Y por no elevar los mínimos para el pago de Ganancias. Sería interesante poder comprobar de qué modo -acaso- se ha originado un círculo vil y donde aquello que el erario debe desembolsar de más por los bonos, en realidad, lo están pagando los capitales privados y muchos de los sueldos de la población. Yendo, claro, a los bolsillos de los poseedores de tales bonos.

No se puede explicar desde otro ángulo que no sea el simple autoritarismo el hecho de darle cabida a la inflación en títulos oficiales. Pero negarla en absoluto para ajustar ingresos y ganancias, que ya tienen una alta proporción nominal debiendo pagar impuestos.

Sería bueno que el propio Lavagna, muy interesado en aparecer a darle el recordatorio de paternidad a alguna idea que esté funcionando bien, explique cómo es que se pudo haber forjado semejante engendro.

Bonos que, de paso, representan hoy la muestra más peligrosa de un pasado inflacionario, institucionalizado desde títulos públicos: ergo, los famosos Vanas. Y de qué manera se puede seguir negando la corrección de cifras, a efectos impositivos, continuando con recaudación que no debería pertenecer a las cuentas públicas.


Preguntarse después cómo es que no hay crecimiento de depósitos, o de inversiones empresarias, es no querer oír el tañir de campanas que se baten por los mismos que realizan la pregunta. La emisión de bonos de tal característica queda a la vista que resultó uno de los errores más enormes desde la década del 80. Y peor todavía, porque se produjo con ellos la resucitación del peor de los males económicos argentinos. ¿Tienen padres esas ideas, groseramente equivocadas? No parece haber ninguno que se haga cargo, pero cabe recordar que fue en funciones de un equipo al que no son pocos los que consideran como «de excelencia».


Proseguir con los «números históricos» para segmentos de la actividad económica, mientras flamean graciosamente los bonos indexados con sus ganancias, resulta una de las postales más notorias de las permanentes contradicciones. Pero extraña cómo no existe una rebelión firme contra el abuso mientras los empresarios concurren mansamente a firmar controles...

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