27 de noviembre 2006 - 00:00

Cupones bursátiles

Belleza. Nostalgia. Estampas del tiempo lindo. Llámese como quiera cada quien, pero de la entrevista que le realizó la revista «La Bolsa» -oficial de la entidad- a uno de los mejores referentes de la historia de nuestro mercado, se extrae puro jugo de Bolsa. La satisfacción vale doble, porque Roberto Blanco -que de él se trata- es también de las mejores personas que nos permitió conocer la actividad bursátil. Habiéndose iniciado como cadete en oficina de agente bursátil, en 1954, es de los que fue recorriendo los distintos peldaños y hasta llegar a poseer su propia firma. Además, participante en diversas conducciones de casi todas las entidades que conforman el sistema. Al preguntarle «¿qué extraña de los buenos tiempos del viejo recinto?», va directo al punto: «Sin dudas, la gente... (aquella con la que diariamente debía reunirse para las transacciones, pero que conformaba una gran fuente de amistades y de reuniones habituales fuera del recinto, antes y después de las ruedas). Pasa revista a las ruidosas bienvenidas que se les daba a los nuevos mandatarios, o agentes, quienes debían pasar por el «bautizo» atravesando el salón de operaciones entre coscorrones y libretazos, o la corbata cortada. Ceremonia perdurable a través de las décadas, como aquella otra de dar el grito de alerta con un: «¡43!», si algún desconocido ingresaba al recinto de operaciones. (Esto provenía de los finales del siglo XIX, cuando los operadores habilitados eran sólo «42» y corrían a todo intruso, la mayor de las veces algún mensajero que debía ingresar en búsqueda de alguien.) A tal punto era famoso el tema, que se asegura que en la primera sede de los cigarrillos Piccardo, vecina de aquella Bolsa se había bautizado como «43» a una de sus marquillas. Roberto Blanco hace hincapié en aquello que con frecuencia apuntamos aquí: el valor sagrado de la palabra -columna madre del sistema- y donde las transacciones siempre se cerraron con un «sí», o las «suyas», o «mías», donde las partes acordaban más que con un sello.  


Otras veces hablamos de la «rosa de los vientos», que todavía luce en el viejo recinto, y su relación con la actuación del Mercado a Término que actuara dentro de la Bolsa de Comercio. Blanco incorpora anécdotas que es muestra de ingenio, en función de las bromas entre operadores. Y dice: «Cuando la rosa marcaba noroeste (NO) y alguno estaba por comprar, otro gritaba: ¡No entres! Si cambiaba hacia el Sur (S), en medio de una plaza vendedora, llegaba el consejo a viva voz: ¡Salí!...».

Realmente, nos da gusto poder amplificar esta nota que se le hiciera a Roberto Blanco. Por lo que conocieron épocas de «viejo recinto» y que, acaso, estén recordando también postales de aquello. Y para que los más jóvenes tengan presente que hubo una Bolsa que lo que no tenía en tecnología, lo aportaba en calor y color. Donde, si se ganaba o perdía, se podían ganar amistades. Hoy, se puede ganar, o perder...

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