Se cumple un quinquenio desde el entierro de la « convertibilidad» y el doctor Juan Alemann realizó una síntesis de sucesos -y personajes- que estuvieron involucrados en el deceso de un sistema, que gobernó por más de una década a la economía argentina. Leemos con atención los párrafos, como siempre que una firma inteligente promueve a la lectura. Y como fuimos ciudadanos partícipes de la historia en esa década tan singular, nos permitimos disentir en ciertos aspectos mencionados en la nota. No solamente resultó un desmoronamiento encadenado a malas decisiones financieras -que es el causal básico que menciona Alemann- sino que, nos parece, formó parte de la propia debacle de los gobernantes que la habían instaurado y que culminaron en un desastre electoral. Desde mucho tiempo antes a la efectiva devaluación, lo « fiduciario» estaba quebrado y la mayor parte de la sociedad ya no aceptaba mansamente: que un dólar equivaliera a un peso.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Un ingenioso, aunque simple y añejo, sistema bimonetario surgió en el momento justo para apagar el incendio de inicios de los 90 y dotado de esa poción de magia y de «shock» que cambian las expectativas racionales y hacen renacer esperanzas. Otra cosa era enamorarse del éxito y vocear que la «convertibilidad será eterna» -casi un eslogan que se mantuvo hasta en la agonía del «uno a uno»- y hasta permitirse ensuciar la conversión, al restar dólares al respaldo prometido y suplantarlo audazmente por títulos de deuda. Primero se trató con suma delicadeza a la gran llave del impacto positivo del primer gobierno de Menem: para después suponer que era tan inhundible como un Titanic de la economía mundial. Y que aguantaría todo tipo de distorsiones. No estamos técnicamente dotados, ni tenemos el atrevimiento como para afirmar que se hubiera podido ir saliendo prolijamente del sistema. Y no, como bien lo afirma Alemann en su nota, del modo tan grosero y traumático como se lo hizo. Pero, no debe olvidarse que antes de la «convertibilidad» también hubo tierra arrasada, con el llamado Plan Bonex, y que le dejó camino allanado dispersando malestares y avasallamientos de derechos.
La secuela y los indeseados «efectos colaterales», que aparecen hasta en los remedios más eficaces, tampoco deben pasarse por alto. Empresarios convertidos en meros importadores, desocupados en franco ascenso, fueron socavando el piso de lo que no era solamente un mecanismo monetario: sino un plan integral rígido y al que debía sujetarse firmemente, el que lo siguiera aplicando.
La fatídica expresión teatral sobre «los éxitos no se tocan» -ignorando que siempre se puede perfeccionar- en otra época ya había visto naufragar a un Plan Austral, que también sorprendió y atrapó. Y no parece sólo casualidad que el mismo que la lanzó fuera después devorado por la criatura (Cavallo).