Imperdible la nota de fondo que realizó el economista José Luis Espert, para nuestro Ambito del viernes pasado. Y estuvo referida a indagar la relación entre los subsidios a los alimentos y el nuevo impuesto que se le aplicó a lo agropecuario. Hará bien en leerla quien no se hizo de ella el mismo día publicada porque pone nuevamente en superficie de qué modo se implementan extraños mecanismos que -pasado el momento de los anuncios- después se diluyen por completo. Y el seguimiento de los fondos comprometidos, y su eficacia, parece no importar a nadie. Con mucha razón, acorde con nuestra historia, duda Espert en que salvo algún sector, esto vaya a serle útil al consumidor, en lo que hace a pagar menos por los productos. Quien tenga algunos años más de la Argentina que el siempre brillante autor de la nota, descreerá todavía bastante más que él en llegar a ver semejante milagro. De hecho, nos parece, el temor que pensó en alejar el gobierno es el de conjurar seguras subas de precios en productos básicos. Dejando de lado que puedan bajar. Con poder mantenerlos donde estaban, la faena sobre los índices inflacionarios estaría realizada. Y esto también demuestra que las subas de precios estaban en plena erupción, para erosionar el corcho de la botella donde se fue comprimiendo la inflación: embotellada.
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Es tan artificial proveer de fondos a ciertos sectores -como a transportes, cada vez más- para que tarifas y precios desempeñen un rol como actores, falseando la realidad de los mercados (y de los «precios relativos») tanto como cuando el consumidor advierte que, en muchos productos, le entregan menos volumen, aunque a igual precio. ¿Cómo se denomina eso? ¿Es un tipo de inflación, que no puede ser computable?. ¿Se trata sólo de agio, o debe considerarse estafa?
Desde lo bursátil, podría el inversor hacer una selección de sociedades inmersas en los subsidios prometidos y suponiendo que en algún cuadro de resultados tendrán que aparecer sumas favorables previstas por el erario público. En tal caso, resultaría un buen refuerzo para las sociedades (como Morixe y Semino, dos molineras) y agregándoles utilidades adicionales. Sin embargo, no puede confiarse demasiado en tan simple operatoria, cuando lo único que suele hacerse es lanzar el enunciado y sin dar mayores precisiones. (A propósito: ¿cuántos inquilinos pudieron comprar vivienda, con los fantásticos créditos que iban a proveer?).
Lo único seguro de todo esto es que le irán a rebanar otro 4% a los exportadores de granos, lo que siga y el destino que se verifique resultará para la historia (y algunos «arqueólogos» económicos, capaces de desentrañar de qué modo se canalizaron). Algo que vienen solicitando los molineros, que les eliminen los competidores desleales -que no pagan nada- nunca se lleva a cabo y quizás, hasta les den subsidios y todo.
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