Dan risa. Aparecen por todos los medios los «gurúes» de los mercados, las finanzas, la economía. Sacando partido de un nuevo susto que se llevaron los mercados y frente a un tema principal que no es para nada novedoso sino que se lo quería guardar prolijamente debajo de la alfombra, salen a hablar y a pontificar sobre aquello que no supieron advertir debidamente. Siempre detrás de los acontecimientos, ¿a quién le sirven los conceptos, cuando el techo se vino encima? Lo que quedó ya bien en claro es que los que siguieron a Bernanke terminaron ahora penando y, los que decidieron tomar las advertencias de Greenspan quizás se pudieron ir apartando a tiempo. O en parte. Si se hiciera un veloz compendio de la letra que se produjo desde febrero hasta ahora -ocasión del primer gran susto-y con las opiniones acerca de que no iría a pasar nada, se podría poseer un «Breviario de cómo no acertar nunca»: con un capítulo especial para la sección local, que afirmaba que la salud de los bonos domésticos no corría riesgos.
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Todavía están los que invocan -como siempre-que el nivel de reservas, que el superávit, que el crecimiento, nos pondrá a salvo de todo lo que suceda afuera. Será mejor ir tomando nota de estos efectos, focalizados sobre mercados, por si se expanden a los cimientos de la economía. Y mejor que se recuerde que si existe una demanda sostenida sobre el dólar, empieza a trepar la tasa de interés (visto ahora entre bancos) y por allí es donde el mecanismo que parece tan sencillo (entregar dólares sin problemas) va haciendo agua. Nadie queda a salvo, ni en mercados bursátiles, ni en economías: si fallan los grandes, los rectores, los que fijan tendencia.
El secretario del Tesoro de Estados Unidos también jugó de equilibrista, pretendiendo calmar el desparramo de Wall Street. «Siempre vamos a ver volatilidad...», aseguró este señor Henry Paulson, a continuación inventó una nueva fórmula de maquillaje, tras aquella tan usada durante décadas y que se definía como «crisis de crecimiento» (que reemplazó a la más cruda, que era simplemente: «depresión»).
Lo que invoca el funcionario es: «El riesgo recién revaluado» (?), que suena muy bonita y técnica, pero que se podría definir de modo más entendible: se aguantaron un formal principio de temida «corrida». Y es cierto, por otra parte, que siempre habrá de verse «volatilidad», lo malo es cuando se convierte en una instancia superior, que se hace inmanejable. Lo primero que debe reconocerse es que hay mercados bien maduros, que se pavonean con los « récords» en los índices, y es cuando más en peligro están. El detonante puede ser cualquiera, lo que se advierte es que la cuestión da para poco más y que el negocio siguiente es: hacia abajo. Como en febrero, sólo hay que rezar para que se trate de otra corrección profiláctica y no el inicio de la debacle. Es posible que así suceda: pero si todo sigue igual, la tercera puede ser la vencida. Tenerle respeto.
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