La humareda aparece, o se repliega, según cómo le soplen los vientos. Cuando está se hace difícil respirar, se irrita la vista, el mal olor impregna muebles y paredes.
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Se puede aplicar la descripción a lo que se desató en nuestro Delta y nos tiene a todos entumecidos o como descripción fuera de las rutinarias acerca de lo que continúa sucediendo en los mercados del mundo.
Sopla el viento «bueno» por un par de ruedas y el Dow se despacha con un lujoso nivel, de dos por ciento de repunte. Retorna la humareda y parece que todos van de nuevo cuerpo a tierra, esperando el próximo viento favorable. A cada acción le corresponde una reacción mediática, atropellándose los que quieren ganar centímetros en los medios internacionales y con una fracción queriendo inculcar que la crisis casi ya pasó y ahora viene lo mejor. O los que surgen detrás de cada recaída, asegurando que esto llevará bastante tiempo todavía.
Actuación pendular de los mercados y donde solamente queda al inversor calmado, si puede estarlo, acomodarse a cómo va el péndulo cada vez. Si se pierde el ritmo y uno está yendo, cuando el péndulo tocó el extremo permitido y vuelve, lo más habitual es que al operador se «lo lleven puesto» hacia la otra punta, con las pérdidas respectivas.
Todavía hay muchos interrogantes por contestar, debajo de lo que aparece en superficie del desastre. Y la gente común, de todos los países que están en la periferia del centro rector, es la que posee la llave del reloj de péndulo. No ya los banqueros, ni los reputados analistas de casas de inversión, ni los publicistas del optimismo inmediato. Tampoco la Reserva Federal posee esa llave, cuando lo que puede intentar es que el péndulo trate de perder elasticidad en sus pasadas y converger hacia el centro. Al menos, para que impere una tregua.
La gente común, la que se asusta, la que consume, la que mueve las economías, la que percibe que habrá muchos despidos en muchos rubros, que se han visto tocados por el incendio en cadena. Esto no se arregló volcando miles de millones de dólares, ni dejando que las entidades en problemas disfruten en tasas más bajas. Lo que parece de fantasía es que después de compararlo nada menos que con la Gran Crisis (1929), ahora se quiera cortar camino diciendo que lo peor quedó atrás y que la solución está a la vista. Y si a esto se agregan problemas colaterales, como el aumento en los commodities y las perspectivas sobre la energía cada vez más cara en el mundo: cada uno deberá aplicar el propio raciocinio, sin tentarse por algún pronóstico interesado. Leer, oír, comparar, deducir, llegar a una conclusión. Y si se duda: lo mejor es abstenerse.
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