9 de agosto 2001 - 00:00

El G-7 saldrá a respaldar los créditos para la Argentina

Como el directorio del Fondo Monetario recién se reúne a fin de mes, es inminente, presumiblemente antes del lunes próximo, un pronunciamiento a favor del Grupo de los 7, que reúne a las naciones más poderosas del mundo. Hoy viajarán a Washington cuatro funcionarios de Cavallo para acelerar las negociaciones: son Daniel Marx, Jorge Baldrich, Federico Sturzenegger y Mario Blejer. Precisamente fue Baldrich quien ayer confirmó que la ayuda que recibirá la Argentina llegaría a los u$s 9.000 millones. Hay u$s 1.500 millones adicionales para el Banco Central en los que está trabajando un grupo de bancos extranjeros para desembolsar. Ayer hubo intensas reuniones por este tema entre banqueros y sería también inminente el anuncio. Cavallo confirmó además ayer que el total de u$s 10.500 millones se destinará a reforzar la convertibilidad y dar más liquidez al sistema bancario argentino. Los mercados reaccionaron con fuertes subas ayer: el riesgo-país cedió 5,22% a 1.490 puntos ganó 3,9%. La Bolsa Tanto el Departamento de Estado de los EE.UU. como el del Tesoro confesaron ayer que están trabajando en un paquete de ayuda para la Argentina. Lo que está fuera de discusión es el destino de los u$s 10.500 millones, los que directamente se utilizarán para aumentar reservas del Banco Central. No será como el fracasado blindaje, que terminó financiando el gasto del gobierno.

Tanto el Departamento del Tesoro como el Departamento de Estado de los Estados Unidos expresaron ayer que están trabajando junto a la Argentina para superar la crisis financiera que aqueja al país. Ni la cartera de Paul O'Neill ni la de Colin Powell quisieron ir más allá de ese comentario, provocado por los reproches que comenzó a recibir el gobierno de George W. Bush en la prensa por no estar haciendo todo lo que está a su alcance para que la Argentina evite el colapso.

Michele Davis, portavoz del Tesoro, dijo: «Estamos enfocados en lo que sea el mejor interés de la Argentina y de la economía mundial». Richard Boucher, vocero del Departamento de Estado, dijo algo similar: «Estamos trabajando con la Argentina, muy cerca, con otros departamentos del gobierno estadounidense y con los organismos internacionales para enfrentar las dificultades financieras que hay allí».

Estas expresiones, si se quiere gaseosas, fueron interpretadas ayer de manera optimista por el gobierno de Fernando de la Rúa. Ambas confirmaban la información que extraoficialmente llegó al gabinete: si bien el secretario del Tesoro, Paul O'Neill, no habría sido entusiasta en dar una ayuda adicional al país a través del Fondo Monetario Internacional, terminó imponiéndose la opinión de su segundo, John Taylor: el presidente George W. Bush habría zanjado la discusión avalando un desembolso destinado a suplementar reservas del Banco Central.

Sin embargo, estas opiniones, verdaderamente decisivas, encuentran un problema para tramitarse en el terreno práctico: formalmente, la Argentina está solicitando dos créditos nuevos por 6.000 y 3.000 millones de dólares en el marco previsto por el estatuto del Fondo. Pero el directorio de esta entidad no se reunirá hasta setiembre y si lo hace antes, será recién en la última semana de agosto. Para evitar esta demora, se ensayaban ayer en el gobierno dos salidas:

• Que entre hoy y el lunes se expidan en favor de una ayuda multilateral los gobiernos del G-7, es decir, las potencias decisivas que integran el Fondo. Sería una expresión meramente política, pero que el mercado asimilaría como decisiva.

• Otra estrategia -preferida por Daniel Marx antes de viajar, hoy, a Washington- aconsejaba ayer evitar en adelante cualquier referencia a gobiernos de países y concentrar la presentación de las negociaciones a las tratativas con el Fondo. Esta vía privilegia el objetivo de no irritar a la burocracia de ese organismo multilateral. ¿Cómo se resuelve en esta tesis el problema de la urgencia, dificultada por el verano del hemisferio norte? Con el argumento de que ayer se envió a Washington el informe sobre la Argentina de la misión del Fondo que visitó el país y que, como ese documento es alentador y será aprobado por la segunda línea del organismo, ese visto bueno será tomado como casi definitivo. Esta secuencia es la misma que se siguió en diciembre pasado, cuando las expectativas estaban cifradas en la obtención del blindaje. El vicepresidente del Banco Central, Mario Blejer -quien también viajará con Marx a Washington-, fue alentador ayer diciendo que el Fondo concederá la ayuda que reclama el país, aunque sugirió que se están discutiendo sus condiciones, lo que es particularmente relevante por tratarse de un suplemento de reservas que no puede ser destinado a ningún otro fin.

Sin embargo, la palabra más clara y precisa que salió ayer del gobierno fue la de Jorge Baldrich, el secretario de Hacienda, quien confirmó la información que dio ayer este diario: «El gobierno está negociando con el Fondo una ayuda que va entre los u$s 6.000 y los u$s 9.000 millones». Sobre Baldrich se desplomaron mil reproches de funcionarios más tarde, ya que el gobierno se había conjurado a guardar silencio sobre la cifra que se espera conseguir.

• Credibilidad

Hay dos motivos principales para que la negociación sea tan delicada y las señales se vuelvan huidizas. El primero de ellos es que la credibilidad del gobierno argentino está afectada en el Tesoro de los Estados Unidos. Taylor, en su viaje a Buenos Aires del fin de semana pasado, lo hizo saber claramente delante de Domingo Cavallo y, sobre todo, de Chrystian Colombo y del propio De la Rúa. El segundo de O'Neill recriminó que, un par de meses después de obtenido el blindaje, el examen de las cuentas de José Luis Machinea destapara una desviación de u$s 2.000 millones en el déficit fiscal (fue sobre esta base que Ricardo López Murphy anunció su ajuste). Además -esto no se lo dijo a Cavallo- recordó que el actual ministro prometió al asumir que no pediría más dinero al Fondo.

Taylor cargó las tintas sobre los ministros argentinos, pero su verdadero agravio estaba dirigido a los funcionarios del Fondo que habían dejado pasar esos desajustes. Es en este punto cuando la Argentina ingresa en una guerra extraña: la de los economistas de la administración republicana de los Estados Unidos y los hombres del FMI, sobre todo, el representante de Washington, Stanley Fischer. Este amigo de Machinea y de Cavallo está por ser reemplazado por Anne Krueger, una profesora de Stanford desafecta por el régimen de convertibilidad, que será vicepresidenta del organismo. Como director, Bush y O'Neill han promovido a Randam Quarler, abogado especialista en negociaciones entre bancos y países con problemas de solvencia, que cuando realizó su examen ante el Congreso de los Estados Unidos criticó duramente la política de paquetes de auxilio llevada adelante por la representación que hoy está abandonando el FMI.

La visita de Taylor a Buenos Aires debe ser leída en el contexto de esta controversia: fue prácticamente una intervención al representante de su país en el Fondo, Fischer. El gobierno de De la Rúa aceptó esta lógica y realizó, correctamente, un trabajo político para condicionar al ente multilateral. Pero hoy estará a las puertas del FMI y por eso quiere disimular aquellas gestiones externas, de gran visibilidad. Acaso sea la mejor estrategia, si no fuera porque el mercado requiere señales de gran velocidad que la política está más dispuesta a proveer que los rituales de la burocracia del Fondo.

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