El G-7 saldrá a respaldar los créditos para la Argentina
Como el directorio del Fondo Monetario recién se reúne a fin de mes, es inminente, presumiblemente antes del lunes próximo, un pronunciamiento a favor del Grupo de los 7, que reúne a las naciones más poderosas del mundo. Hoy viajarán a Washington cuatro funcionarios de Cavallo para acelerar las negociaciones: son Daniel Marx, Jorge Baldrich, Federico Sturzenegger y Mario Blejer. Precisamente fue Baldrich quien ayer confirmó que la ayuda que recibirá la Argentina llegaría a los u$s 9.000 millones. Hay u$s 1.500 millones adicionales para el Banco Central en los que está trabajando un grupo de bancos extranjeros para desembolsar. Ayer hubo intensas reuniones por este tema entre banqueros y sería también inminente el anuncio. Cavallo confirmó además ayer que el total de u$s 10.500 millones se destinará a reforzar la convertibilidad y dar más liquidez al sistema bancario argentino. Los mercados reaccionaron con fuertes subas ayer: el riesgo-país cedió 5,22% a 1.490 puntos ganó 3,9%. La Bolsa Tanto el Departamento de Estado de los EE.UU. como el del Tesoro confesaron ayer que están trabajando en un paquete de ayuda para la Argentina. Lo que está fuera de discusión es el destino de los u$s 10.500 millones, los que directamente se utilizarán para aumentar reservas del Banco Central. No será como el fracasado blindaje, que terminó financiando el gasto del gobierno.
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Sin embargo, la palabra más clara y precisa que salió ayer del gobierno fue la de Jorge Baldrich, el secretario de Hacienda, quien confirmó la información que dio ayer este diario: «El gobierno está negociando con el Fondo una ayuda que va entre los u$s 6.000 y los u$s 9.000 millones». Sobre Baldrich se desplomaron mil reproches de funcionarios más tarde, ya que el gobierno se había conjurado a guardar silencio sobre la cifra que se espera conseguir.
• Credibilidad
Hay dos motivos principales para que la negociación sea tan delicada y las señales se vuelvan huidizas. El primero de ellos es que la credibilidad del gobierno argentino está afectada en el Tesoro de los Estados Unidos. Taylor, en su viaje a Buenos Aires del fin de semana pasado, lo hizo saber claramente delante de Domingo Cavallo y, sobre todo, de Chrystian Colombo y del propio De la Rúa. El segundo de O'Neill recriminó que, un par de meses después de obtenido el blindaje, el examen de las cuentas de José Luis Machinea destapara una desviación de u$s 2.000 millones en el déficit fiscal (fue sobre esta base que Ricardo López Murphy anunció su ajuste). Además -esto no se lo dijo a Cavallo- recordó que el actual ministro prometió al asumir que no pediría más dinero al Fondo.
Taylor cargó las tintas sobre los ministros argentinos, pero su verdadero agravio estaba dirigido a los funcionarios del Fondo que habían dejado pasar esos desajustes. Es en este punto cuando la Argentina ingresa en una guerra extraña: la de los economistas de la administración republicana de los Estados Unidos y los hombres del FMI, sobre todo, el representante de Washington, Stanley Fischer. Este amigo de Machinea y de Cavallo está por ser reemplazado por Anne Krueger, una profesora de Stanford desafecta por el régimen de convertibilidad, que será vicepresidenta del organismo. Como director, Bush y O'Neill han promovido a Randam Quarler, abogado especialista en negociaciones entre bancos y países con problemas de solvencia, que cuando realizó su examen ante el Congreso de los Estados Unidos criticó duramente la política de paquetes de auxilio llevada adelante por la representación que hoy está abandonando el FMI.
La visita de Taylor a Buenos Aires debe ser leída en el contexto de esta controversia: fue prácticamente una intervención al representante de su país en el Fondo, Fischer. El gobierno de De la Rúa aceptó esta lógica y realizó, correctamente, un trabajo político para condicionar al ente multilateral. Pero hoy estará a las puertas del FMI y por eso quiere disimular aquellas gestiones externas, de gran visibilidad. Acaso sea la mejor estrategia, si no fuera porque el mercado requiere señales de gran velocidad que la política está más dispuesta a proveer que los rituales de la burocracia del Fondo.



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