23 de enero 2002 - 00:00

Empezar otra vez

Al terminar 2001 estábamos sumidos en una gravísima crisis económica, social e institucional. El país al borde de la anarquía social, la gente en las calles protestando, sin rumbo ni certidumbres. Hoy las cosas se han complicado más aún por causa de la devaluación que decidieron la mayoría del Congreso y el presidente Duhalde. En la sesión del 5 de enero me opuse a la devaluación porque había reservas suficientes para mantener la paridad de la Ley de Convertibilidad -como lo demostré con el balance del Banco Central a la vista- y por los gravísimos efectos que habría de producir sobre la economía general. Recién empezamos a verificar algunas de esas consecuencias pero las mayores recién aparecerán en el futuro inmediato cuando se trasladen a los precios de la nueva paridad oficial (u$s 1 = $ 1,40) el costo de los bienes transables internacionalmente (en especial, alimentos e insumos industriales) y los costos de los adquiridos con el dólar libre que para conseguirlo ya hay que disponer del doble de nuestro signo monetario. El dicho popular «éramos muchos y parió la abuela» bien cabe aplicarse a las nefastas consecuencias de la devaluación decidida al impulso de factores ideológicos y, tal vez, algunos intereses especiales.

No fracasó el modelo económico (que con mínimas variantes es el que se practica en todas las naciones desarrolladas del mundo, ya sea por gobiernos nominalmente socialistas o por líderes liberales), sino que fracasó la mala política prebendaria, comiteril, internista, ineficiente, de muchos de sus principales actores.

Desde 1995 vengo previniendo sobre los riesgos de tener déficit en las cuentas públicas. Las páginas de Ambito Financiero recogieron muchas notas mías, así como recinto de la Cámara de Diputados, otros medios periodísticos y exposiciones en cuanto lugar me fue posible utilizar para lanzar advertencias. Siete años predicando en el desierto.

El déficit original tuvo su causa inmediata en las reformas previsionales de 1994, ya que el desfinanciamiento que produjeron no pudo ser compensado por la transferencia al sistema de reparto de una parte de lo recaudado por IVA y Ganancias, porque la crisis mexicana de diciembre de 1994 nos afectó seria e injustamente. Después, los colapsos del sudeste asiático y Rusia, más la devaluación de Brasil, hicieron también lo suyo. Pero el problema fue nuestro. La Nación y muchas provincias siguieron endeudándose alegremente. Se colocó deuda en el sistema financiero. Hubo provincias que pagaron tasas exorbitantes con garantía real de la coparticipación. La tasa promedio de la deuda de la Nación que en 1993 era de alrededor de 3 por ciento anual (después del plan Brady y la consolidación), rondaba en 2001 un promedio superior a 10 por ciento anual. En noviembre de 2000 estuvimos al borde del default, vino el blindaje organizado por el FMI que no se supo aprovechar, ni por el gobierno ni por el mismo FMI, y el público empezó a sospechar que el principal deudor del sistema financiero (el Estado) entraría en insolvencia. Así se gestó la corrida que estuvo a punto de hacer eclosión en setiembre, se postergó un par de meses y reventó al terminar noviembre de 2001. La crisis fiscal desató la crisis del sistema financiero, lo que motivó la crisis económico-social, y finalmente la crisis institucional. La secuencia corriente descripta en cualquier manual de ciencia política, que los argentinos no quisimos atender.

QUE HACER ANTES DE LA DEVALUACION


Hasta la devaluación de enero había, a nuestro juicio, un camino. Indicaré sus pasos principales que, a pesar del descalabro devaluacionista, siguen teniendo vigencia. 1) Reconstruir el poder institucional para evitar la anarquía social y proponer una política sostenible en el corto y mediano plazo. 2) Atender las urgencias sociales, ahondadas por cuatro años de recesión. 3) Proponer un presupuesto de gastos de 2000 realmente equilibrado estimando la fuerte caída de la recaudación. 4) Recomponer con urgencia el tema de la deuda pública; no podemos quedar fuera del mundo no sólo por razones morales, sino también por demandas prácticas: la necesidad de adquirir bienes finales e insumos imprescindibles para vivir y seguir produciendo; restablecer su reprogramación, mejorando la situación acordada con los tomadores internos y efectivizarla en iguales condiciones con los externos. 5) Refirmar -decíamos entonces- la paridad cambiaria $ 1 = u$s 1; si se quiere alentar exportaciones y desalentar exportaciones siempre hay mecanismos arancelarios, paraarancelarios y promocionales, para hacerlo. Ahora debemos reformular esto, como expresaré más adelante. 6) Una reforma impositiva de fondo que, asociando el interés del fisco con el del contribuyente, disminuya la alta evasión y elusión; vincular, directamente Ganancias con IVA, con fuertes desgravaciones en el primero sobre la base de compras en blanco con IVA, como ocurre entre otros en Estados Unidos y España. 7) Un nuevo Régimen de Coparticipación Fiscal en el que se acuerde cuáles impuestos cobrará la Nación y cuáles las provincias; se puede desdoblar el IVA entre ambas jurisdicciones, con derecho de las provincias de fijar su tasa y la obligación de recaudarla; Ganancias igual conservando, por ejemplo, la Nación la recaudación sobre personas jurídicas y las provincias recaudando a las personas físicas; creando un Fondo de Asistencia para las provincias con menor capacidad de percepción de recursos; compartir entre la Nación y las provincias la atribución de fijar impuestos y la obligación de recaudarlos, abandonando la malsana práctica de gobernadores que viajan a Buenos Aires a reclamar migajas de coparticipación y desertan de su deber de cobrar impuestos. 8) Salir del encierro del sistema financiero -el final pero no el menor, por cierto- porque está rota la cadena de pagos. Volver en lo inmediato al sistema del Decreto 1570/01, sin temer que la mayor disponibilidad pueda afectar el dólar libre, ya que la desesperación de la gente por la desvalorización del peso superará cualquier frontera; ni las economías comunistas pudieron evitarlo; también, si algunos bancos poco solventes quedasen descalzados respecto de otros, habría que buscar rápidos mecanismos de compensación. Salir con prontitud del ahogo financiero actual porque si no se avecinarán males mayores. Volver a tener un sistema de bancos que funcione es prioritario, porque si no se paraliza la economía.

DESPUES DE LA DEVALUACION

Ahora todo se complicó. Algunos de los efectos negativos están a la vista, pero aún falta lo peor. La Ley de Emergencia (25.561) destinó sus dos primeros artículos a facilitar la devaluación, todos los demás a mitigar sus efectos. Pero no logró nada, porque lo que se compensa por un lado se resta por el otro. La traslación de la nueva paridad a los precios será inevitable. Caerá todavía más el nivel de consumo. Surgirán naturales reclamos por restablecer el ingreso real. Aumentará la insolvencia del Estado por menor recaudación. Habrá emisión de moneda sin respaldo. La inflación y después la hiperinflación estarán a la vista.

El gobierno debe tener el coraje de reconocer errores y enmendar la situación todo lo posible. Hay varios caminos, algunos no pensados ni queridos por nosotros (por ej. dolarización), pero ante la realidad que se vive y la más grave que se vivirá, existen opciones: A) Volver a la convertibilidad con una paridad $ 1 = u$s 1; había reservas suficientes al 31/12/01 y la información disponible indica que no se ha modificado esa posición. B) Volver a la convertibilidad con una paridad $ 1,15 = u$s 1. La situación de las reservas sería más holgada. C) Volver a la convertibilidad con una paridad de $ 1 = u$s 0,50 + euro 0,65. D) Dolarizar con una paridad $ 1 = u$s 1, negociando con Estados Unidos un premio a nuestro favor por el «señoreaje». E) Dolarizar con una paridad $ 1,15 = u$s 1, con igual negociación que la anterior. Esto no agota la gama de posibilidades. Seguramente se podrán pensar otras más imaginativas. Lo que interesa es paliar todo lo posible los males que está produciendo la devaluación en la que nos metió el gobierno y de la cual no sabe cómo salir.

Todavía estamos a tiempo. La estructura de producción y de servicios puede salvarse. Francia con De Gaulle en 1957 organizó una rápida solución con la dirección de varios expertos. España con Adolfo Suárez instrumentó los Pactos de La Moncloa que le permitieron salir de la crisis. La Argentina puede hacerlo si hay sensatez, desprendimiento y algo de imaginación.

(*) Diputado nacional - Partido Demócrata Progresista

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