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Ante las restricciones planteadas por el concesionario, el gobierno pretende garantizar las inversiones necesarias para que no haya un colapso en el servicio de aguas y cloacas del conurbano en pleno año electoral. Como confesó Roberto Lavagna en París, el gobierno estaría dispuesto a elevar la tarifa en 16% y a aportar $ 150 millones en inversiones para que se desarrollen los servicios necesarios con bajos ingresos para la empresa. Pero ese aporte del fisco no se realizaría como subsidio a Aguas Argentinas, sino como capitalización. Aquí es donde los franceses pretenden que el Estado, si quiere asociarse con la empresa, se haga cargo también de su abultado pasivo.
En esta instancia, el conflicto se vuelve ríspido y tanto el gobierno como la empresa comienzan a evaluar los costos de la rescisión del contrato. A pesar de que la prensa no lo dejó trascender, Kirchner y Jacques Chirac hablaron muy específicamente de la retirada de Suez de la Argentina. La metáfora de «quitemos esa piedra del zapato» fue entendida por los funcionarios argentinos de manera muy optimista. Como si Chirac hubiera dicho: «Lo de Suez es un detalle». Pero los franceses lo interpretan de manera distinta. Primero, advierten que muy pocas veces un presidente de Francia habla de negocios durante una entrevista. Al revés de lo que suele ocurrir con los presidentes de los Estados Unidos, por ejemplo. Chirac mencionó el caso porque le concede máxima gravedad. Y lo que dijo fue, en la versión de quienes lo conocen bien, que «sólo si se resuelve el caso Suez podremos seguir invirtiendo en la Argentina». ¿Esa resolución podría ser la salida de la empresa? Para el gobierno de Chirac es la peor alternativa. Sin ir al detalle de que uno de los principales asesores del presidente de Francia es un ex ejecutivo de Suez.
El caso de Aguas, contra lo que puede suponerse a primera vista, tiene un alcance internacional. Como lo tuvo en su origen, con la concesión del servicio. En efecto, la idea de «privatizar el agua» fue revolucionaria en su momento. Para el gobierno actual, escandalosa. En la concepción de Kirchner y de muchos de sus colaboradores, el servicio de prestación de aguas y cloacas debería estar bajo un férreo control del Estado por su carácter crítico y por la necesidad de grandes inversiones en países en vías de desarrollo, como la Argentina.
Anoche, Felipe Solá fue vocero de esta postura, además de acusar a Suez de conspirar contra el país boicoteando un crédito del Banco Mundial. Hasta algunos técnicos de Suez lo admiten al aclarar: «La comparación con el contrato que se aplica en Francia no es válida porque allá todo el mundo tiene agua y cloacas».
La rescisión del contrato sería igualmente novedosa. Sobre todo porque abriría un conflicto más ante el CIADI, donde los concesionarios ya litigan por u$s 1.000 millones. Si se calcula que el lucro cesante alegado será calculado por los 22 años que faltan para que se cumpla la concesión, la suma de la demanda podría llegar a u$s 3.000 millones. Kirchner evalúa este daño de manera muy tenue. Como le confesó al entonces procurador del Tesoro Horacio Rosatti cuando empezaron los pleitos, «no pagaremos un peso». Pero hay algo que tal vez el Presidente no advierte en toda su gravedad. Ese incumplimiento supone violentar tratados de protección de inversión. Y cuando se transgreden esos acuerdos, los países que se ven defraudados suelen votar en contra del transgresor, de manera sistemática, en todos los foros internacionales. Incluidos el Banco Mundial y el BID, que, como se dijo, también se verían directamente afectados con la rescisión. Aun así, esta anoche se veía muy probable en las inmediaciones del Presidente.



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