El Mercosur permitió cambiar una relación histórica de vecinos en conflicto hacia vecinos en paz y cooperando. La premisa era simple pero poderosa: si el comercio y las inversiones entre nuestros países crecen, entonces crecerá el bienestar y, por lo tanto, la cooperación. En esos términos se diseñó una arquitectura jurídica bautizada como Tratado de Asunción, que se mostró bastante eficiente en sus primeros años, favorecida, sin duda, por el alto crecimiento de la región a principios de los años noventa.
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No todos los méritos que se le atribuían eran del Mercosur, así como tampoco le pertenecen todos los problemas y las amenazas. Con el paso de los años se han ido suscitando conflictos que en general obedecen a la falta de progreso de lo acordado como también a la situación macroeconómica de los países y del mundo. Si se observa el cronograma de Las Leñas, se puede dar cuenta cuán lejos se está de aquellos propósitos. Quizás el objetivo era demasiado ambicioso... Es en este contexto que debemos preguntarnos qué debe salvaguardarse y qué debe posponerse o, eventualmente descartarse y partir desde allí para no incrementar los conflictos ni recurrir a parches. Lo que hay que salvaguardar es lo esencial, que es la integración ya que no hay recursos materiales ni humanos como para atender a todos los problemas simultáneamente.
Recordemos que los miembros del Mercosur son países emergentes con grandes problemas de pobreza y exclusión, y no se tiene los recursos ni la gerencia suficiente como para actuar como si fuésemos la Unión Europea, así los funcionarios trabajaran aun más de lo que ya lo hacen. Esto quiere decir que no podemos abandonar herramientas simples, disponibles y probadas por la sencilla razón de que no tenemos cómo reemplazarlas por otras superiores.
Si destruimos herramientas, ¿cómo pretendemos salvaguardar nuestra relación bilateral? En Europa se gastaron cifras millonarias en adaptar sectores industriales, agrícolas e, inclusive, la infraestructura total de alguno de los miembros para darles la posibilidad de competir y no generar aun más desempleo. Desafortunadamente, eso no está al alcance. En efecto, dado que no existen esos mecanismos compensadores y aliviadores del cambio que implica la integración y ante los vacíos dejados por las tareas pendientes, los conflictos rápidamente se escalan hasta las más altas esferas y ponen en riesgo la relación y exigen de la intervención de los presidentes cuando los problemas deberían ser solucionados mucho antes.
Además, el conflicto se potencia, ya sea porque el mecanismo de solución no existe o porque, existiendo las reglas, no se cumplen y no hay forma de hacerlas cumplir. Es decir, lo opuesto a salvaguardar. Si no fuera por la fuerza de voluntad política que se ha puesto en cooperar, el acuerdo ya hubiera colapsado. Pero esto exige un exagerado gasto de energías y una tensión permanente. Si se quiere realmente salvaguardar el Mercosur, se debe dar un nuevo cronograma de integración de cumplimiento obligatorio con los mecanismos correspondientes, partiendo del reestudio de medidas de administración.
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