31 de enero 2002 - 00:00

Reconciliarse con el capital

Hoy la Argentina vive momentos decisivos y enfrenta opciones clave para su futuro. Entre ellas, debe encontrar un punto de reconciliación con el capital. Sin esta reconciliación, no tiene ninguna chance de salir de su crisis. Mientras algunos piensan que la causa de la crisis está en el modelo neoliberal, la mayoría de la sociedad cree que se debe en gran medida a las excesivas apetencias del capital (es decir los inversores, los bancos, las compañías privatizadas, las grandes empresas). Aparte de ello, se percibe, flotando en el aire, un visceral rechazo de la sociedad argentina hacia el capital.

Luego de más de tres años de recesión, el achicamiento del sector privado productivo no fue acompañado por una adaptación equivalente del enorme y poco eficiente sector público. Ese desequilibrio, aún vigente, fue la mecha que hizo estallar la crisis que derivó en el «corralito».

Son el Estado y sus voraces desequilibrios el principal responsable de esta expropiación de los ahorros de los argentinos.

Cuando los analistas internacionales comenzaron a advertir de la inviabilidad fiscal de la Argentina, se cortó automáticamente el crédito externo y empezó el éxodo de divisas del país.

Respuesta

Sin ingreso de capitales y con un Estado exigiendo mes a mes más y más recursos para atender sueldos, jubilaciones y servicios de la deuda, la suba de los intereses fue la respuesta del sistema financiero argentino para tratar de frenar la salida de ahorros que la desconfianza del Estado generaba. Los bancos no desearon nunca la suba de las tasas, pues ello conlleva inevitablemente a un deterioro de su cartera y a un aumento de su riesgo de cobrabilidad. Pero los ahorristas locales, es decir, los que no se fueron, pedían tasas cada vez más altas para asumir el riesgo argentino.

Liderando el proceso de suba de tasas estuvo siempre la banca oficial, sobre todo la provincial, menos preocupada por su cartera que los bancos privados.

Con relación al «capital», por definición debe centrar su interés en el beneficio.

El capital generalmente es frío, cauto, especulativo y oportunista. Esa es su esencia y su código de supervivencia. Si no respeta esas leyes intrínsecas, a la larga, corre el riesgo de extinguirse.

Si pretendemos un capital «humano», tierno, generoso, nos quedaremos sin capital.

Y si nos quedamos sin capital, nos quedaremos sin escuelas, sin hospitales, sin viviendas y sin fuentes de trabajo...

Debemos los argentinos aceptar las leyes universales como son. No podemos pretender una ley de gravedad «a la argentina».

Debemos aceptar al capital tal como es, si no, nos quedaremos sin él.

Condiciones

Y sin él, el país no es viable. El impone las condiciones para venir a la Argentina (que son las mismas que impone para ir a Chile o a la China). No acepta condiciones especiales porque nosotros seamos los argentinos.

Nos toca a los argentinos hacer el resto: ocuparnos de darle un rostro humano a la sociedad.

Le toca fundamentalmente (aunque no exclusivamente) al Estado argentino (y para eso cobra impuestos tan altos) ocuparse de nuestros chicos con hambre, de nuestros enfermos, de nuestros desocupados, de reglamentar el uso del medio ambiente, de proteger al ciudadano del crudo mercado.

¿Cumple el Estado esos roles? ¿Qué pretendíamos? ¿Que las empresas españolas vengan a la Argentina a ver la forma de ofrecerles los mejores servicios posibles y al precio más bajo posible al gran pueblo argentino?

¡No!
Vinieron fundamentalmente a ganar dinero. Pero sucede así en todo el mundo y con todos los capitales. ¡Así sucede con las pocas empresas argentinas que invirtieron en otros países: fueron a ganar dinero!

Sin conflictos

Esas mismas empresas españolas actúan en Chile, con los mismos métodos y filosofías que en la Argentina y los ciudadanos chilenos no tienen con ellas ningún conflicto existencial.

Sólo un Estado eficiente y éticamente intachable puede conciliar la necesaria presencia del capital con sus obligaciones para con la sociedad.

Las cualidades mencionadas del capital no contradicen mi permanente discurso a favor de una sociedad más justa, y de que las empresas que deseen sobrevivir y triunfar en el siglo XXI deben crear con la sociedad con la que interactúan un puente a través de una acción comunitaria efectivamente útil a esa sociedad, en un campo independiente al de sus actividades empresarias específicas.

Es la forma de darle un rostro humano a la empresa. Pero eso es otra cosa.

En el punto en donde hoy estamos, si el Estado no se adapta a la nueva realidad de la estructura productiva argentina, es decir si no se torna menos oneroso al conjunto de la sociedad y en especial a los que producen y crean puestos de trabajo (genuinos y no ficticios), si no se reforma para hacerse más eficiente y si la sociedad no se reconcilia con el «capital», continuaremos haciendo sangrar al sufrido pueblo argentino.

(*) El autor es licenciado en Ciencias Políticas y empresario.

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