Si la realidad tuviera ese orden casi perfecto que creen presentir en ella quienes profesan teorías conspirativas, lo que sucede en estos días en la CGT está clarísimo: Roberto Lavagna ha influido sobre el sector que le resulta más afín, el que se identifica con los «gordos» de Armando Cavalieri, para que la central obrera se fragmente y atenúe la presión salarial sobre un gobierno que comenzó a familiarizarse con la inflación. Derrotados en este match, el archienemigo Julio De Vido y sus socios sindicales, los transportistas que se subordinan a Hugo Moyano. Serían ellos los devotos del «populismo setentista» del que habló el ministro de Economía en la DAIA, para escándalo de Néstor Kirchner.
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Es una pena: el conflicto que se procesa en el seno del sindicalismo no tiene la perfección de esas maquinaciones. Pero sus efectos son, involuntariamente, los mismos: de hecho, gracias a la pelea entre los gremialistas se está postergando la convocatoria al Consejo del Salario Mínimo, Vital y Móvil, que debía realizarse el lunes pasado, tal como le prometió Kirchner a Moyano. Lavagna ganó, provisoriamente, la pulseada. El Presidentedebió admitir que « convocaremos al Consejo más temprano que tarde», pero no pudo cumplir con su promesa.
De cualquier modo, a fuerza de versiones se fue configurando una ecuación para esa demanda. No habrá un incremento de sueldos pero sí un « blanqueo». De los últimos $ 100 que se agregaron a los ingresos mínimos, $ 60 se convertirán en «remunerativos» y pasarán a integrar los distintos adicionales del salario (antigüedad, obra social, etc.) a partir de mayo. Es lo que Lavagna estuvo dispuesto a admitir ya desde el año pasado. A lo sumo podría estirarse a un aumento de $ 50 no remunerativos en agosto, para aceitar el proselitismo oficial.
• Nuevo clima
Estas restricciones son indicativas del nuevo clima en el que ingresó la economía y del que son un ejemplo los últimos números sobre nivel de actividad: de 1% promedio que creció la economía entre julio y diciembre de 2004, se pasó a 0,2% de crecimiento promedio en los primeros tres meses de este año. Lavagna tomó conciencia plena de esta desaceleración, igual que ya sacó conclusiones políticas sobre la estrechez fiscal con la que comenzará a convivir en la segunda mitad de este año. Pero los sindicalistas están lejos de enterarse.
Ayer la guerra entre los « gordos» de Cavalieri, Oscar Lescano y Carlos West Ocampo y los seguidores de Moyano -lamentablemente no colaboran con la simetría: es imposible llamarlos los «flacos»- siguió ardiendo. En vano Gerardo Martínez o Andrés Rodríguez ensayaron alguna mediación. Proponen que se prorrogue el actual triunvirato hasta que se llegue a un acuerdo aceptable. Pero los seguidores del camionero rechazaron esa fórmula: «Hugo no puede convivir con Susana Rueda, que lo opaca permanentemente», explicó un amigo del camionero. Ya hubo ruidos internos entre quienes quedarán en la CGT oficial acompañando a Moyano mientras se marchan Cavalieri y los suyos. Martínez (UOCRA), por ejemplo, le reprochó al nuevo jefe en una reunión del lunes, el avance sobre el sindicato de mercantiles en Coto. El propio Luis Barrionuevo, aliado de Moyano, le recomendó -en aras de la unidad- limitar su pretensión.
Es cierto que cuenta con un poder inusual: la intervención directa del gobierno en su favor. Julio De Vido, para quien las fronteras entre lo público y lo privado suelen ser borrosas, se comunicó con el empresario Alfredo Coto para indicarle que debía conceder las pretensiones de Moyano. Coto se compró un mal enemigo: ventiló el pedido del ministro delante de Cavalieri, quien llamó a Infraestructura indignado. De Vido es el encargado de que Moyano administre alrededor de $ 70 millones por mes en concepto de subsidios al transporte.
Si Lavagna y De Vido reproducen sus conflictos en el espejo de la central obrera, otros actores ligados al sindicalismo prefieren la neutralidad. Es el caso de Alberto Fernández, aliado de Andrés Rodríguez, el secretario general de UPCN que colaboró con su llegada a la conducción del PJ Capital. También con el extraño (por fugaz) lanzamiento de Cristina Kirchner en Obras Sanitarias. Al ministro de Trabajo no le queda más remedio que simpatizar con los independientes de Martínez -su amigo personal- y hasta con los «gordos»: no se le puede pedir afinidad con Moyano, quien maniáticamente pide su cabeza para ubicar en Trabajo a Héctor Recalde.
Gracias a estas embestidas, Tomada es hoy de todo el gabinete el ministro que recibió más ratificaciones de Kirchner. El ministro de Salud no podría estar ausente de una interna sindical. Ginés González García guarda silencio, pero alienta la prosperidad de West, quien comparte con él criterios y amistades en el mercado del sanitarismo.
Todos ellos, desde uno u otro bando, dan por quebrada ya la CGT, como se adelantó a anticipar este diario la semana pasada. La fractura comenzó ayer, cuando Moyano resolvió no convocar a la reunión de consejo directivo de la central una vez que le informaron que los «gordos» abandonarían ese cuerpo junto a una decena de gremios.
Quedarán, entonces, en soledad los otros «gordos», encabezados por Moyano y denominados, para no complicar las clasificaciones, «gordos K».
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