En el lenguaje peronista que Roberto Lavagna conoce desde su temprana militancia en los '70, se le llama «tragarse un sapo». Es una expresión que violenta la estética, pero la literatura partidaria se ha tomado siempre esas licencias (¿o no hablan de «no sacar los pies del plato?»). El batracio de la ocasión se llama Merrill Lynch, el banco ante el que cayó rendido ayer Lavagna, después de una ardua gestión, para salvar ante el Fondo Monetario Internacional y el sistema financiero su operación de reestructuración de la deuda pública.
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Merrill Lynch es, como pocas entidades, un arquetipo de la colocación de deuda de los años '90. Casi un bodeguero de aquella embriaguez que el ministro quiere dejar para siempre en el pasado. Este perfil de Merrill es el que lo dejó al margen de la selección inicial, que ahora debió ser borrada con el codo.
Guillermo Nielsen también ha de sentirse frustrado. ¿O no relató una y mil veces el desplante que le realizó a Jacob Frenkel, uno de los directivos de Merrill, por haber sido asesor principal de Domingo Cavallo en la negociación de la deuda de 2001?
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