Argentina, de cara a impostergables cambios en su sector externo

Economía

En forma reciente el BCRA y la CNV volvieron a establecer regulaciones buscando limitar la demanda de activos financieros libremente convertibles a dólares, sea por la vía de la demanda de títulos públicos, sea por la potencial demanda de importaciones. En las presentes circunstancias puede entenderse que se haya optado por esa vía: estamos a medio camino entre dos elecciones importantes y la primera de ellas arrojó resultados abrumadoramente pesados para el gobierno.

Por lo tanto en las presentes circunstancias sería altamente inapropiado intentar subsanar los problemas del sector externo argentino en medio de un contexto en el que los mercados y los inversores no van a actuar considerando cuestiones de mediano y largo plazo, sino que solo piensan en lo que puede pasar tras los comicios.

Ahora bien, diferente va a ser la situación después de la mitad de noviembre. Ahí van a quedar dos años de mandato hasta las elecciones presidenciales de 2023. Van a ser años imposibles de transitar con un nivel de reservas en el umbral mínimo no ya de lo razonable, sino solo de lo tolerable. Sobre todo si lo que se pretende es que en 2022 y 2023 haya una apreciable recuperación del nivel de actividad. Ello requeriría de un muy fuerte aumento en las importaciones, las que hoy están comprimidas al máximo por la combinación de recesión y baja demanda de productos de todo tipo a raíz de la pandemia.

Un aumento del 20% de las mismas -cosa para nada fuera de la lógica en un proceso económico que estaría en el mínimo de lo considerable económicamente aceptable- implicaría ni más ni menos que la eliminación virtual de todo superávit de balanza comercial. Y ello suponiendo que los precios promedio de los commodities agropecuarios de 2021 pueden mantenerse, lo que no deja de ser un supuesto muy fuerte dadas las circunstancias por la que atraviesan los mercados mundiales de materias primas que este año fueron sacudidos en más de una oportunidad por sucesos de diferente naturaleza que pueden marcar el inicio de una reversión del ciclo alcista de la soja, el maíz y muchos otros productos que Argentina exporta. No hay que olvidar, muy especialmente, que la Reserva Federal se apresta a comenzar a retirar la ayuda monetaria extraordinaria que ha comenzado a brindar tras el inicio de la pandemia.

Desde la crisis de Lehman Brothers de 2008/ 2009 la Reserva Federal intentó retirar ayuda extraordinaria brindada en un par de oportunidades y nunca pudo cristalizar por completo esa decisión debido a que los propios mercados amenazaban con despeñarse antes de que la Reserva Federal estuviera siquiera a mitad de camino. Esta vez puede no ser la excepción.

Y si esta vez no es la excepción habrá que aprestarse a la chance de caídas importantes en los commodities que Argentina exporta más bien temprano que tarde. Y no solo habrá que aprestarse a ello, sino también a una probable mucha mayor volatilidad en los movimientos internacionales de capitales. Como es probable que todos los argentinos hayan terminado de aprender desde el 2019, intentar “cerrar” el país al ingreso y egreso de fondos es un proceso mucho más arduo y complicado de lo que la fría teoría suele predecir, y, para colmo arroja sinsabores imprevistos que hacen lucir que aún cuando algunos resultados pudieran obtenerse con este tipo de medidas, el “gran panorama” arroje una clara visión de que la derrota ha sido completa.

Así dadas las cosas la disyuntiva es muy difícil entonces: ¿Qué debe hacer Argentina? ¿Seguir con un control de cambios que luce crecientemente inapropiado para un país que desea crecer, reforzando esta especie de “catenaccio” defensivo que lleva siete años de los últimos diez en el país y que ha arruinado toda chance de crecer por la obsecación en perseguir políticas que no pueden arrojar como resultado otra cosa que una gran escasez de dólares justamente en un país donde lo que faltan son… dólares?

No luce ni sano ni correcto ni lógico. Pero, ¿acaso puede pensarse en la posibilidad de que Argentina comience una normalización en su cuenta capital del balance de pagos eliminando trabas, regulaciones y controles justo en un momento en el que el poder del gobierno luce debilitado, se acercan elecciones generales y la economía internacional parece complicarse gradualmente por la nueva política restrictiva de la Reserva Federal?

Las respuestas no son fáciles, y ambos caminos lucen inapropiados. Desde ya cualquier camino luce dificultoso, y en realidad muy peligroso mientras en el país impere un clima de lucha política sin cuartel entre dos sectores enfrentados desde hace tiempo que no logran comenzar a pensar con la mente fría. Habría que pensar, como prerrequisito para cualquier proceso de normalización económica, si los “ultras” que pueden en determinados momentos proliferar a ambos lados de la grieta en realidad no están trabajando para ellos mismos mucho más que para los propios sectores que dicen representar.

Una normalización del clima político, sea cual fuere el resultado de las elecciones de noviembre debería ser un prerrequisito indispensable para poder decidir con cierta calma si empezar a normalizar el sector externo o continuar uno o dos años más con esta sofocante política de control de cambios que no es viable para ningún país serio del mundo, y probablemente mucho menos para un país necesitado de inversiones en divisas como lo es el nuestro.

Pero la verdad es que la normalización del mismo debe ser todo lo contrario de lo que la oposición hizo cuando a fines de 2015 se hizo cargo del país: improvisación, tras improvisación, tras improvisación para colmo rodeado de dogmatismo, sobre dogmatismo, sobre dogmatismo que dan pie a pensar que entre los cuadros de economistas opositores –con varias honrosas excepciones, aunque sin la más mínima renovación ni oxigenación– sobran diplomas de afamadas universidades y faltan amplias dosis tanto de reales conocimientos como de la más pueril lógica. No hay que olvidar que si es por conseguir diplomas un ex superministro trajo uno de Harvard aun cuando no puede decir tres palabras seguidas en inglés sin equivocarse. Justo de una universidad en la que no hay clases en español….

La economía, entonces, es posible que comience a necesitar de algunos mínimos consensos entre las dos fuerzas políticas para poder ir adaptando el sector externo argentino a las reales necesidades que va a tener la economía del país en poco tiempo más. No va a sobrar el tiempo para ello. Pero habrá que hacerlo. Desprenderse de elementos fanatizados que frente a la grieta solo hacen su agosto debiera ser una prioridad tanto para las fuerzas del gobierno como las de la oposición. Mejor no imaginarse lo que puede ser el tratamiento de leyes que tengan que ver con el control de cambios, las retenciones a las exportaciones, la política arancelaria o las leyes impositivas con ambos bandos arrojándose munición gruesa.

No hay que engañarse: el gobierno seguramente va a necesitar de la oposición en 2022 y 2023 para poder arribar a resultados económicos decorosos, y si la oposición pretende ser gobierno en 2023 debe terminar de entender que nada puede distar más de un comienzo de gobierno sano que aquella equivocadísima toma del gobierno de 2015, en la que en los primeros 100 días de gobierno se selló su inexorable triste final de 2019.

Para poder ir encausando al sector externo argentino -de cuyo calamitoso estado no hay inocentes en el arco político argentino- es necesario antes que nada, empezar a conversar para ver que mínimos acuerdos puede haber. Para las elecciones de noviembre faltan ya menos de 40 días y tras las mismas no va a haber absolutamente ninguna excusa ni para seguir así, lo que hay que remarcar que no se va a poder ni aunque se quiera, ni tampoco para ensayar jugadas en falso.

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Walter Graziano y Asociados

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