Lo que dejó la ballena que encalló en el Nasdaq

Economía

SoftBank y las estrellas del firmamento de la alta tecnología estarán en capilla, por lo menos hasta que vuelva a subir la marea.

La ballena encalló con la bajante del Nasdaq. SoftBank quedó expuesto como el ávido comprador de opciones sobre las acciones que impulsaron la fiebre tecnológica en la última milla del rally. Y ahora su perfil está en la mira inquisitiva de todos. ¿Será capaz de huir intacto descubierta la maniobra? De momento, es así. El Nasdaq corrige con esmero. Son las reglas del arte: quien a hierro mata, sabe que a hierro puede morir. Sin embargo, las pizarras teñidas de rojo y no se divisa el reguero de sangre de una masacre. Rige el castigo pero no las convulsiones. El sospechoso número uno, el conglomerado japonés afirma que su incursión fue provechosa, y que embolsó ganancias por 4 mil millones de dólares que por cierto ayudarán a mantenerlo a flote. No obstante, SoftBank y las estrellas del firmamento de la alta tecnología estarán en capilla, por lo menos hasta que vuelva a subir la marea. ¿Y el crac de los mercados que se temió? Nada parecido. Ni por asomo. Si alguien pensó en una remake de la saga de Long Term Capital en 1998 pronto recuperó la calma. Ni Bear Stearns ni Moby Dick. Al lado de aquello, Softbank parece apenas una piraña. Quien examine el mercado de derivados hallará también la estela de un gran cardumen de peces chicos. La bonanza financiera y la cuarentena alimentaron la irrupción de un ejército de day traders, de inversores por el día, dotados de ingreso disponible y tiempo. Y, a caballo de la buena racha, de mucha audacia. Así, las posiciones minoristas duplicaron su participación en el volumen transado de opciones en acciones. Un viejo (y exitoso) administrador de carteras, Stan Druckermiller, alertó: “La Bolsa está en una manía frenética absoluta”. Y el llamado Efecto Robinhood (por la aplicación que permite operar sin pagar comisiones, y causa furor entre los pandemials) está a la cabeza de la excitación. O estaba. Con el avistaje de la ballena, la euforia se desinfló. En la encuesta de la Asociación de Inversores Individuales sólo el 23,7% piensa que el S&P500 cotizará más alto en los próximos 12 meses. Es una merma de siete puntos porcentuales en una semana. Los “bears”, los bajistas, crecieron otro tanto, suman 48,5%. Lo rápido que recula el frenesí es una buena noticia. Que pueda arriar las velas sin causar un exterminio es mejor todavía. Cuando se hurga en otra encuesta, una que refleja la opinión de profesionales, se advierte el giro de los managers activos de portafolios. Dos semanas atrás su exposición a la Bolsa era mayor que los activos bajo su administración: 106% (lo que es posible utilizando deuda como apalancamiento). La semana pasada cayó a la mitad: 53,09%. ¿Ya habrá pasado lo peor? ¿Será que el mercado ya se ajustó? Se podía producir una rotura vertiginosa, un crac gatillado por los derivados, pero a esta altura sobraría evidencia. Está claro: no emergió ningún cadáver sobre la superficie. Pero ello no significa que el episodio se dé por terminado. Bien podría extenderse la corrección a partir de las muchas fragilidades que perduran. El Nasdaq 100, por caso, quebró la malla de contención de su media de las últimas 50 ruedas y es vulnerable. La volatilidad se colgó del travesaño, no se digna a bajar como dice el manual (en su edición elemental) pari passu con la retracción de las cotizaciones. Es una llave Doble Nelson para quienes armaron una posición en tecnológicas y se cubrieron vendiendo la susodicha volatilidad. La rebaja de los precios podría persistir sin zozobra, muy lejos de eclipsar la magnitud rutilante del avance. Y nada más sano que volver a tomarles examen a las tecnológicas, balances en mano. Fue con los números de ganancias sobre la mesa que Facebook, Apple, Amazon y Alphabet (Google) saltaron el cerco y retomaron el viaje a las estrellas en julio. Por supuesto, hoy mismo se puede comprar la agachada -el famoso buy the dip- pero quizás Wall Street prefiera ver y esperar. En octubre recibirá los boletines del tercer trimestre como para sacar conclusiones sin fantasear. El apuro que se observa viene del lado de los bonos. Es la prisa de las corporaciones por colocar deuda antes que la campaña política se caldee, en su último tramo hacia las urnas. Y no olvidemos la ballena herida. Si SoftBank cierra la venta de Arm Holdings a Nvidia por 40 mil millones de dólares se librará del atasco. Y si Nvidia afianza su músculo en la industria del chip, ¿qué mejor semiconductor del entusiasmo sinfín?

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