Entre tantas películas que se han hecho sobre los nativos de la Cuenca Amazónica, “Aguas do Pastaza” es la única entera y exclusivamente protagonizada por niños. Recién cerca de los últimos minutos aparecen algunos hombres jóvenes, llevando entre todos una canoa por la selva, rumbo al agua. Es una sola escena, y bastante breve. En todo lo demás, solo vemos a los chicos de una aldea. Ellos, por su sola cuenta, se buscan la comida, machete en mano, cocinan, se lavan la ropa, incluso arman sus juguetes. Y juegan, casi todo el tiempo están jugando, incluso bajo la lluvia. No sabemos dónde están sus mayores, pero no parecen necesitarlos demasiado. Al contrario. No hay ninguna madre que se alarme como en la leyenda del pájaro choguí al verlos trepando hasta lo más alto de un árbol o una palmera sin resguardo alguno, ni les reclame por largarse a navegar en un bote con motor fuera de borda, ni les exija que se laven las manos antes de comer. Felicidad plena.
“Aguas do Pastaza”: original mirada a niños aborígenes
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Eso sucede en tierra de los indios achuar, parientes de los jíbaros, famosos reducidores de cabezas, en los límites de Ecuador con Brasil. La película no lo dice (es esa clase de documentales “de observación” que no se molestan en soltar el más mínimo dato), pero alguna información de prensa indica que esa aldea ya tiene luz eléctrica, por eso vemos una lámpara en la choza, y unos cuantos celulares que los niños usan para sacarse fotos. Quizá también vean los partidos. Un chico tiene remera del Seleccionado Brasileño, y otro tiene casaca del Barcelona. La directora es portuguesa, se llama Inés T. Alves, fue a darle una mano al maestro de escuela de la zona, y se quedó a lo largo de dos meses. Como tenía una camarita de muy buena definición, hizo este registro, muy agradable, que recuerda un poco otros dos registros hechos por sendos argentinos en esa misma Cuenca: “Soy huao”, de Juan Baldana, filmado entre los huaoranis, vecinos de los achuares, y “Los guarao”, del maestro Jorge Preloran, filmado allá por 1975 a orillas del Orinoco. Prelorán recordaba aquella experiencia como “una estadía de varios meses en el paraíso, fuera del mundo”. Lástima que muchas veces el mundo se mete de mala manera en esos paraísos.


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