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Carolina Aguirre: del weblog a la novela sin escalas
Carolina Aguirre: «Al blog le debo todo porque de otra forma hasta que se escribe, se manda a una editorial, alguien lo lee y a alguien le interesa puede pasar mucho tiempo, o no pasar nada».
Periodista: ¿Fue el haber comenzado con un blog o haberse recibido de guionista en la ENERC (Escuela Nacional de Realización Cinematográfica) lo que le abrió todos los caminos?
Carolina Aguirre: Estudiar cine me dio las herramientas, sin ellas no sé si hubiera podido escribir un libro o una película. Pero al blog le debo todo porque de otra forma hasta que se escribe, se manda a una editorial, alguien lo lee y a alguien le interesa puede pasar un montón de tiempo, y que no pase nada. Al blog la editorial lo ve, lee los comentarios de los lectores, sabe si a la gente le interesa. O sea tiene idea del paquetito completo que va a contratar.
P.: Y usted tuvo mucha gente que seguía su blog.
C.A.: Con «Bestiaria» bastante, y con «Ciega a citas» ya fue muchísima. Con «Bestiaria», un inventario de costumbres, manías y rarezas de mujeres, tenía unas 5000 visitas diarias, lo que era mucho en esa época. Al ser artículos eran fáciles de compartir, de reenviar, de recomendar, entonces empezaron a circular mucho por mail, por la web, en foros. Eso movió mucho el blog, hizo que viniera mucha gente.
P.: ¿Eso la llevó a escribir la blognovela «Ciega a citas»?
C.A.: Yo venía de estudiar guión, de escribir ficción, y no estaba acostumbrada a escribir los ensayitos cortos de «Bestiaria». Esa había sido una prueba. Quería volver al relato, y tenía una historia que me gustaba mucho. Y quería experimentar. Hacerme pasar por otra, ponerle el cuerpo, interpretarle los comentarios, ver si era capaz de hacerle cree a los lectores del blog que la historia era verdad, que la protagonista existía. Me gustaba recrear esa sensación de novela que la gente estaba esperando a las 5 de la tarde para poner la tele y ver que había pasado, como seguía. Eso, pero leído. Y para gente que era más de Internet, que no eran lectores lectores, o unos sí, y otros no. Me parecía muy lindo que alguien se animara a leer durante nueve meses todos los días un capítulo. Me interesaba como desafío estructurar algo en 258 episodios, hacerle creer a la gente que lo que ocurre es cierto, mantener el interés de un día para el otro, dejando siempre un gancho, sin corregir nada porque lo que estaba escrito, estaba escrito. Era un desafío permanente.
P.: ¿La estímuló que los lectores crecieran a diario?
C.A.: Pasé de ser muy cautelosa con la verosimilitud a ir cada vez más a algo más extraño. Al principio tenía que hacerle creer a todo el mundo que era cierto, y si a la protagonista le pasaban demasiadas cosas no iba a parecer verdad. Con el tiempo fui agregando cosas, personajes, y subiendo cada vez más la tensión para que se mantuviera el interés. En los primeros meses, en que no se sabía si era ficción o realidad, salieron comentarios en diarios y revistas, y eso me trajo muchos lectores porque era algo muy raro que no se entendía bien qué era. No se sabía si era una confesión, si había un autor, si era una campaña de publicidad.
P.: ¿Le divertía ponerse en la piel de Lucía González?
C.A.: Mucho, y más leyendo los comentarios de la gente, que hablaba posesionada a favor o en contra de un candidato. Sabía que algo que le iba a poner a Lucía era muy malo, y lo ponía a propósito, como cuando en los cuentos Caperucita se está por meter donde está el lobo y los chicos gritan: «no, Caperucita, no». Muchos entraban en el juego. Unos convencidos de que era cierto,y otros se deban cuenta que era ficción pero igual querían jugar, participar.
P.: ¿Cómo se volvió una telenovela internacional?
C.A.: A los cuatro meses de haber empezado me la pidieron para un libro, para cine y para l tele. Elegí la tele porque el pedido fue de Rosstoc que estaba haciendo «Todos contra Juan», la de Gastón Pauls, que me parecía un programa piola, distinto, con un registro de humor que me gustaba. Firmé la opción, y tuve que esperar porque iba a ser una tira diaria.
P.: ¿Le gustó como salió?
C.A.: No, porque no se si en función del rating o no se de qué, agregaron, metieron, pusieron cosas que no tenían sentido, sólo para complejizar la trama. «Ciega a citas» cuenta de una chica de 30 años que descubre que su hermana y su mamá hicieron una apuesta de que ella va ir sola al casamiento de su hermana y decide, en el tiempo que le queda, 258 días, encontrar un novio que cumpla todos los requisitos de alguien deseable para su edad, y ganar la apuesta. Si la historia tenía alguna gracia, es que no se sabía nunca cual seria el elegido entre los muchos que conoce, y en la tele, por requerimientos comerciales, se tenía que tener una protagonista y un galán definido desde el principio. Entonces se trataba de crear cantidad de obstáculos sin sentido para que ellos no puedan concretar. Y eso no es real, no es «Romeo y Julieta», hoy no hay tantos impedimentos. La comedia romántica se construyen al revés del melodrama. En el melodrama dos personas desde el primer momento se enamoran, quedan flechados, pero por cuestiones externas no pueden concretar su relación. En la comedia romántica dos personas que están al lado todo el tiempo y no se dan cuenta que son el uno para el otro, y el espectador lo sabe. En la tele volvieron un melodrama lo que era una comedia. A pesar de eso tuvo mucho éxito. El argumento era muy bomba, y las actrices estaban muy bien, eran muy divertidas.
P.: ¿Cómo llega a la novela con «El efecto Noemí»?
C.A.: Siempre había escrito con un lector que de algún modo tengo enfrente. Eso por un lado está bueno, es no escribir solo, hay alguien del otro lado esperándolo lo que escribo. Eso ayuda un montón. Y es de una exigencia tremenda porque hay alguien que está esperando y lo dice sin más, sin ninguna delicadeza. Quería probarme si era capaz de escribir durante tres años sin que nadie me leyera, y a mi marido se le había ocurrido esa historia y me la había regalado. Me gustaba mucho la idea, y pensaba que tenía que ser una novela.
P.: Ahora se entiende que el protagonista sea un hombre, que cuenta todo lo que le pasa cuando se separa de su mujer.
C.A.: Podía contar la historia desde un punto de vista femenino o masculino. Me pareció mucho más interesante contarlo desde el que abandona, del que deja y tiene las fantasías.
P.: Sin saberlo escribió la versión protagonicamente opuesta de la novela de Siri Hustvedt «El verano sin hombres».
C.A.: Lo que más me impresionó que al comenzar a escribir el hombre que decide separarse estaba casado hacía 25 años. Me pareció poco si el tenía unos 60 años y decidí que con su mujer debían de estar casados hacia 30 años. Cuando leí la contratapa de «El verano sin hombres» me bajó la presión, pensé: me quiero morir, me van a acusar de plagio. Al día siguiente en un presentación de «El efecto Noemí» una lectora me regaló e libro de Siri Hustvedt porque era muy distinto. Cuando lo leí me quedé tranquila, pero la primera vez que lo vi casi me muero.
P.: ¿Cómo hizo para explorar el mundo emocional de los hombres?
C.A.: No me interesa hablar de un tema, de un símbolo, sino escribir una historia que considero atractiva y se la quiero contar a alguien. No importa lo que significa sino lo que tiene de interesante la historia en sí misma. Al empezar a escribir como un hombre me di cuenta que el desafío esta vez era que no pareciera una mujer que cuenta, que las conversaciones, las cosas que se contaran fueran masculinas. Me molestó siempre cuando en una novela escrita por una mujer dos hombres hablan de cosas que jamás hablarían, que son típicas de mujeres. Traté de ser muy cuidadosa en eso. Recuerdo que a un amigo que leyó el texto varias veces, le dije: tengo que hacer la escena de un hombre con una prostituta, y no soy ni hombre ni prostituta. Hay tantas clases de hombres y de prostitutas, me dijo, escribí lo que consideres verosímil para tu personaje. Me resultó muy liberador. Estoy contenta con lo que quedó. Los diálogos entre los hombres, las cosas que hacen, sus sentimientos, los amigos, junto los apreciables con los detestables.
P.: ¿Qué autores le gustan?
C.A.: Dickens, ojalá haya tomado algo de él. Me gusta mucho Nick Hornby, de quien si siento cierta influencia. Es novelista y guionista, y hace algo que a mi me gustaría hacer. Soy muy fanática de la épica, y en esa línea están a su modo, Homero, Dickens y Borges.
P.: ¿Ahora que está escribiendo?
C.A.: El guión de una película para Patagonik, es una comedia romántica. Escribo tanto notas generales como de crítica gastronómica en diversos medios, para Pramer, el Goumert, Cosmo. Y después de «El efecto Noemí» me voy tomar un descanso de libro. Ahora tengo que escribir para una revista un policial en capítulos con tono del folletín, algo que me gusta mucho. Y seguiré en otras cosas porque creo que las nuevas tecnologías han cambiado en algún punto el modo de escribir.
Entrevista de Máximo Soto


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