La “marvelización”, o de cómo los cineastas serios ahora filman superhéroes

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A diferencia del teatro, el público no ha vuelto masivamente a los cines, y muchos exhibidores temen que ya nunca sea como antes. Por eso, la oferta es cada vez “más espectacular, de efectos, y dirigida a los jóvenes”.

Jean Luc Godard, el prócer suizo del cine francés que acaba de recibir tributos oficiales en el Festival de Mar del Plata, es uno de esos artistas que comparte un destino común con Borges: se lo nombra más de lo que se lo ve de verdad (en el caso de Borges, sería que se lo lee). Godard, un cineasta apasionado por la lectura y las citas literarias (en las películas que trabajó con él, a Belmondo lo hizo leer más libros que los que ha de haber leído en toda su vida) fue un prolífico productor de frases que sus discípulos, hasta hoy, no dejan de repetir. Eran los 60, desde luego, los años del Mayo Francés, los de los graffitis en los muros de la Sorbona, “Prohibido prohibir”, “La imaginación al poder”. Y Godard no dejó de acuñar los suyos: “Un travelling [desplazamiento de la cámara montada sobre ruedas] es una cuestión moral”, o “El cine es la verdad a 24 fotogramas por segundo”. Sentencias que sonaban muy bonito pero que a veces, en verdad, nada significaban. Y muchos menos en Hollywood, donde pese a que hubo una propia generación rebelde y una corriente que también trató de desmontar los “mecanismos de la ficción”, fue una minoría que buscó dos destinos: o bien ser olvidada, o aburguesarse con absoluta felicidad dentro de los moldes del cine comercial. Hollywood siempre fue “la fantasía a 24 fotogramas por segundo”.

Autor vs. director

En Europa, con epicentro en París, como siempre, se empezó por entonces a asentar una teoría: la del “autor”, en la que se equiparaba la función del director a la del escritor de un libro. Esto es: el director como el absoluto responsable artístico de lo que se vería finalmente en la pantalla, como si trabajara solitariamente sentado a su escritorio como un narrador lo hace con su novela, en lugar de tener a su cargo equipos de, a veces, miles de personas. Y que el único que podría tener alguna influencia ulterior sobre la obra de un director, o de un escritor, era el eterno villano de la película, el productor o editor, que ordenaba hacer determinados cambios o cortes. Frecuentemente, ese papel de malvado fue compartido por casi todos, pero en los años 90 sólo hizo falta que ver los “director’s cut” de películas como “Amadeus”, de Milos Forman, repleta de escenas innecesarias, o “El exorcista”, de William Friedkin, con esa infame escena de la “araña” (cuando Linda Blair, la chica poseída, aparece en la fiesta de su madre caminando hacia atrás por la escalera como una araña, y rompiendo así con la regla de oro del film: que nunca abandonara su habitación, que era el espacio del mal), para que termináramos diciendo: “¡qué razón tenían los productores!”

Pero volviendo a la “teoría del autor”, en que la nadie creyó nunca en Hollywood (salvo un crítico de minorías con sus fieles acólitos, Andrew Sarris), ¿dónde quedó hoy todo eso? El mundo, con una pequeña ayudita de la pandemia, ha cambiado tanto que no sólo el director, quien salvo contados casos nunca imperó en el cine norteamericano (los casos en que una empresa productora despedía a un cineasta para cambiarlo por otro son numerosos), ha bajado más de categoría, sino que las plataformas han entronizado otra figura que es la que realmente mueve las piezas, el “showrunner”. Un showrunner no cumple una función unívoca sino que de él depende todo lo que desee reservarse: escribir algunos capítulos del guión que presentó y elegir quiénes escribirán los otros; dirigir algunos capítulos o ninguno, cambiar de actores en medio del rodaje, etcétera. Godard hoy estaría obligado a decir: “un showrunner es una cuestión moral”. Lo que quizá tampoco quiera decir demasiado, pero lo del travelling tampoco, aunque sonaba mejor. Ahora bien, detrás del showrunner, que podría sentirse todopoderoso hasta que la plataforma se lo permita, está el poder real, que ni siquiera es el de los CEO de las empresas de streaming sino que somos usted, yo, un vendedor de frutos secos en Beirut, un sereno de garage en Asunción, una costurera en Bogotá y los miles de millones que aprietan los botones del control remoto y le dan entidad a ese Golem del siglo XXI: el algoritmo. “Algoritmo nuevo y vieja ola” podría llamarse hoy esa película con Lolita Torres que veían miles de personas, sin sospechar siquiera que su gusto, a través del remoto, llegaría a tener tanto poder.

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Martin Scorsese. “Las películas de superhéroes no tienen emoción o misterios genuinos como lo tenía el gran cine”.
Martin Scorsese. “Las películas de superhéroes no tienen emoción o misterios genuinos como lo tenía el gran cine”.

Todo explicado

En los 60 y 70 (siempre volvemos a la misma época) el enorme desafío era, para una gran parte del público, responder esta pregunta: “¿Qué habrá querido decir tal director con tal final, con tal escena, con tal diálogo”? Había debates, discusiones. Hoy, si el espectador se confunde, si no es capaz de responder esa pregunta al instante, la suerte del director en la empresa corre tanto peligro como si se hubiera quedado con un dinero que no era el suyo. El guionista de “Los Soprano” debió seguir explicando hasta la semana pasada el final. Todo tiene que estar predigerido. El algoritmo es la verdad a 24 fotogramas por segundo: ¿qué quiere el público, cómo, hasta cuándo, qué edades tienen quienes miran esta serie, habrá otra temporada, se cancelará la actual, conviene que el próximo Hercule Poirot sea mujer, afrobelga, trans?

Otro fenómeno, imposible de dejar de lado, es el que podríamos llamar la “marvelización” de los directores de cine artístico: una oferta imposible de rechazar. Le ocurrió a la chino-americana Chloé Zhao, que después de ganar el Oscar con “Nomadland” fue contratada para hacer “Eternals”, una de superhéroes de Marvel. Y, lógicamente, quiso imprimirle a la historia su propia impronta artística, lo que dio como resultado el film peor recibido por el público en toda la historia de Marvel. Algo así como si, en los 50, Bergman triunfara con “El séptimo sello” y Marvel le encargara, con un contrato millonario, “El silencio de Spiderman en la fuente de la doncella”. Canal 13, en la primavera cultural alfonsinista, trató de hacer algo similar con el director teatral de culto Alberto Ure. Le encargó la puesta en escena de un teleteatro, “Bárbara Narváez”, que no le interesó a los seguidores de los culebrones, que indignó a los cultores de Ure, y que presuntamente habrá provocado sonrisas malévolas en Alberto Migré. Era otra época, desde luego, en la que el cine, la telenovela, la serie, el teatro y las más variadas artes tenían su público específico. Hoy el futuro, salvo el de los superhéroes y el candy, los únicos que llenan aún las salas, es completamente incierto.

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