Media asta. El duelo se extenderá hasta el 4 de diciembre.
Cuando murió Perón, mi abuelo materno -un radical gorila que había sufrido persecución política por no haber aceptado usar luto obligatorio tras la muerte de Evita- hizo doce horas de cola bajo la lluvia para ver el cadáver de quien consideraba "la peor mierda de la historia Argentina". Nunca olvido sus palabras esa noche cuando -de regreso del multitudinario funeral al que asistieron centenares de miles de seguidores que veneraban al viejo líder-, presencié su ingreso por el portón de nuestra vieja casona de Flores, todo empapado y con una sonrisa de oreja a oreja. "Lo vi muerto a ese hijo de puta", dijo antes de desplomarse extenuado en el sillón del comedor.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Al igual que el legendario General, tres veces presidente de los argentinos, Fidel Castro también generó odios y amores, tan viscerales como antagónicos. Bastó leer durante el fin de semana las columnas de opinión de quienes lo conocieron y/o se dedicaron a analizar su vida y su obra o las crónicas sobre su fallecimiento para percibir ese contraste tan brutal.
Los enfervorizados festejos de los exiliados cubanos en Miami y el llanto sentido de los miembros de la Juventud Rebelde de La Habana, son apenas dos postales de esta divergencia; a la que pueden sumarse las palabras de líderes mundiales como Donald Trump ("fue un dictador brutal que oprimió a su pueblo"), o Vladímir Putin ("personificó los más altos ideales de un político, ciudadano y patriota que de todo corazón creyó en la causa a la que dedicó su vida"). Una controversia que alcanzó a la mismísima familia Castro Ruz, compuesta de siete hermanos, una de las cuales, Juanita, vive exiliada desde mediados de los sesenta por su disidencia con las políticas de la Revolución que Fidel y Raúl protagonizaron.
Viajé a Cuba en tres oportunidades, todas durante el denominado "Período Especial", uno de los momentos más duros de la realidad socio-económica de la isla, claramente entorpecida por la caída del mundo soviético, a fines de los ochenta. La primera de las visitas tuvo como objetivo describir las bondades de su sistema de salud, uno de los más eficientes e integradores del mundo, con resultados asombrosos en materia de indicadores sanitarios. El interrogante que nos formulábamos desde el mundo occidental y capitalista era difícil de responder: ¿cómo podían los cubanos lograr los mejores índices con tan escaso presupuesto? Sólo a modo ilustrativo, por entonces (fines de los noventa) la Argentina ostentaba una mortalidad infantil de 17 por cada mil nacidos vivos, contra menos de 0,5 de la isla, con recursos hasta diez veces menores a los de nuestro país. La respuesta fue contundente: para el Gobierno cubano la salud de su pueblo es prioritaria y por eso vuelca la mayor parte de sus magros ingresos a sostener su sistema asistencial y preventivo. "Cuando hay poco o nada, es imprescindible fomentar el ingenio", me contó en aquella oportunidad, uno de los hijos de Fidel Castro, que por entonces dirigía el hospital "Frank Pais", especializado en traumatología.
En aquel viaje, me alojé en la casa de Leynier, un "médico de familia" que vivía en Vista Alegre, barrio del municipio 10 de Octubre en La Habana. Con la familia de este doctor, cuyos ingresos no alcanzaban los treinta dólares mensuales, atravesé por una de las experiencias más interesantes de mi carrera: vivir como vive un cubano y formarme mi propia idea, sin la intermediación de ningún otro filtro que no fueran mis propios prejuicios. En las dos habitaciones de una propiedad horizontal, muy parecida a las que podemos encontrar en cualquier inquilinato porteño, se hacinaban ocho personas. Compraban los productos de primera necesidad en las ferias ambulantes con la tan mentada "libreta de racionamiento" y no tenían absolutamente ninguna de las comodidades ni "beneficios" que solemos ostentar las familias de clase media argentina, de la que me considero un digno representante.
En aquella primera travesía, viajando rumbo a Holguín (donde recorrí las comunidades terapéuticas El Cocal I y II para indagar sobre los tratamientos de rehabilitación destinados a los drogadependientes) conocí a Ana, otra médica cubana que iba a visitar a su familia, en el Oriente de la isla. Trabamos amistad y me contó su historia. El padre era un reconocido funcionario del Partido Comunista y ella odiaba el autoritarismo con el que la habían criado en ese "régimen dictatorial y opresor de las libertades individuales". Incluso un par de años antes había intentado huir como balsera y, al fracasar, tuvo que pagar con la deshonra de su familia, que la consideró una "traidora a la patria y a la Revolución".
En mi segundo viaje retorné con el objetivo de profundizar mi vínculo con Ana, pero no pude encontrarla. Un conocido me dijo que había logrado cruzar las 200 millas marítimas que la separaban de las costas de Florida y se había acogido a la ley de "pies secos-pies mojados" con la que los Estados Unidos favoreció el vaciamiento de los buenos cuadros científicos cubanos.
Cuba fue el sueño hecho realidad de una generación que creyó en la lucha de clases y se dio cuenta, como escribió el poeta Mauricio Birabent, que "el comunismo resultó complicado".
Es complejo construir sociedades justas e integradas en el seno de la democracia. El empresariado es imprescindible para el sostén real de cualquier economía, tanto como la limitación a la concentración del capital, que es la peor enemiga de la iniciativa privada. En la Cuba de Fidel todo fue del Estado y eso, eternamente y sin control de minorías representadas con poder, no puede terminar en otra cosa que en una nociva burocracia. Si no se puede asociar la justicia social con la libertad, todo se vuelve discutible. Y termina imponiéndose el más fuerte, o sea, quien maneja los resortes del Estado omnipresente.
Perón y Fidel tuvieron muchas cosas en común y otras tantas que los separaron. Pero indiscutiblemente ambos generaron en sus pueblos esa sensación de amor-odio que signó la vida de generaciones de cubanos y argentinos para siempre.
Dejá tu comentario