Verano porteño. No se escucha el tema de Piazzolla sino el tango de Visca que dice “Me estoy sintiendo viejo”. Eso acompaña de fondo al protagonista de esta historia, un tipo agobiado por el insomnio que se prepara para ir al trabajo. Título de la película: “Hace mucho que no duermo”. Esperando el colectivo, un desconocido le arroja un bolso cerrado con dos candados y desaparece. ¿Qué haría el espectador en semejante circunstancia? Se despabila. ¿Ese bolso estará lleno de dólares? No lo sabemos. Ni lo sabremos, porque cayó en sus manos por un simple error de coordinación, y ahora hay un montón de gente tratando de recuperarlo, y una muchacha misteriosa que pretende orientarlo y le habla en verso. El también empieza a hablar en verso. No tienen mayor cuidado por la métrica pero hablan en verso. Y ambos se meten en una loca sucesión de persecuciones, arrebatos, escapadas, recuperaciones, un simulacro de fusilamiento, informes y una confesión final que no tiene que ver con el bolso sino con el amor.
“Hace mucho que no duermo” podría dormir al público
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Todo esto sucede a las carreras, por Lugano, Villa Soldati, la Biblioteca Nacional, la cancha de Nueva Chicago, la Bombonera y muchos otros lugares, con fondo de Phil Collins, Vivaldi, Los Fantasmas del Rock y el dúo López y Planes y Blas Parera. Cada tanto alguien se toma un descanso, como unos fulanos con pinta de mafiosos caribeños jugando al dominó, u otro de voz recia que entra a un bar, ordena “un espresso macchiato con latte di pecora” y el mozo, sin inmutarse, pregunta “¿En jarrito?”
De algún modo la película, la primera de Agustín Godoy, también tiene métrica y rima, y es todo un verso, alegre y singular, ingenioso y juguetón, que en parte se disfruta, pero por la mitad ya va perdiendo gracia. Seguramente le resultó muy lindo de hacer a sus autores, y cabe imaginar que se rieron mucho mientras filmaban. El público, en cambio, se ríe un poco menos, porque esto, así como está, solo daba para un cortometraje.




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