La inflación distorsiona los precios y valores en todo el sistema económico. Sus causas se discuten con diferentes enfoques, aunque de forma harto confusa. Las soluciones no aparecen.
Para acabar con la inflación de una buena vez
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No obstante, el camino está a la vista, pero trabado por negaciones ideológicas.
Precisemos: inflación es el aumento generalizado de precios. Y precio es la cantidad de moneda necesaria para comprar el bien que nos interesa. Como solemos medir los precios en pesos, inflación de la Argentina es la forma abreviada de “la pérdida de valor del peso”. Un número similar para el peso argentino en cualquier país del planeta. Un fenómeno estrictamente monetario, referido al peso. Prueba: midiendo periodos largos, la inflación del dólar, en la Argentina, empareja a la del dólar en EE.UU. o en cualquier otro país, no obstante estructuras económicas bien diferentes. Del mismo modo, la inflación del peso en EE.UU. es parecida a la del peso en Argentina. Primera conclusión: la inflación mide la pérdida de valor de una moneda, y está originada exclusivamente en factores estrictamente monetario, en períodos largos.
En todo el planeta, las monedas más demandadas son las estables, que presentan inflaciones (depreciaciones) inferiores al 2% anual. Tales monedas son las más deseadas porque miden más exactamente los precios, explicó en el libro Fin de la Pobreza, Grupo Unión 2018. Los precios con esas monedas son más previsibles y conocidos. La moneda es así fuente de conocimiento. Es más. Los que utilizan esas monedas, en cualquier lugar del mundo, descuentan que las autoridades conseguirán acotar las alzas de precios en esa moneda al ritmo anticipado. A su vez, la tasa de inflación esperada por los usuarios de una moneda es una condicionante del ritmo inflacionario. La otra condicionante es la solvencia comprobada de las autoridades monetarias en equilibrar la emisión con la demanda del mercado, alrededor de la inflación esperada. Objetivo más lograble en ambientes institucionales con amplio crédito, la vigencia de leyes parejas y transparentes, seguridad de la propiedad, competencia, información. Tanta confianza que la moneda es empleada extensamente para pagar y saldar las cuentas, hasta en mercados extranjeros. En otros tiempos, esa función la cumplía el oro. Las condiciones expuestas se traducen en estabilidad y cierto grado de independencia del valor interno de la moneda de los déficit fiscales y externos, endeudamiento del sector público, cambios de precios de materias primas o de tasas de interés, modificaciones impositivas, legales, políticas, etc. En efecto, la inflación del dólar, euro, yen, no fluctúa marcadamente, a pesar de flotar libremente.
Estas realidades explican la imposibilidad de que aceptemos al peso como unidad de cuenta para medir valores y contratar a lo largo de los meses y años, dada nuestra historia de instituciones azarosas que avivan la incertidumbre. Como el peso no es unidad de cuenta, forzar su uso, mediante regulaciones, y, lo peor de todo, hacerlo flotar respecto del dólar, traba las transacciones en la Argentina. La agudización de las turbulencias y conflictos a partir de abril 2018 lo confirma. Sin moneda confiable, los precios, ingresos y rentabilidades serán tan inciertos como elevada y dispersa la inflación y las tasas de interés, empobreciendo toda la estructura política, económica y social del país.
No se puede ignorar la importancia de los precios para coordinar las actividades de manera satisfactoria. Liberar el uso del dólar - unidad de cuenta en la Argentina -en todas las transacciones- y respaldar el valor de nuestra moneda, - vía dolarización, convertibilidad o tipo de cambio fijo- acabaría con la inflación contundentemente. En plena edad del conocimiento ¿cómo competir con precios y activos tan inciertos como el valor del peso sin respaldo?
Durante los once años del respaldo de la Convertibilidad, la inflación del peso copió a la del dólar, y nuestro sistema bancario mantuvo las tasas de interés en valores internacionales, con amplia oferta de créditos, incluso hipotecarios a 30 años. No obstante que, en ese lapso, la Argentina sufrió las crisis del tequila, por la devaluación mexicana de 1995; la del Sudeste Asiático, con las violentas devaluaciones en esa región de 1997; el default y devaluación rusa, en 1998, la devaluación del real de Brasil del 70%, en enero 1999 y la soja en los mínimos históricos. No obstante, el país pudo capear esos impactos tan profundos, en concluyente contraste con la emergencia actual ante pequeñas turbulencias externas. Durante la convertibilidad, los candidatos que la apoyaron triunfaron en las elecciones a presidente.
Si las autoridades quisieran evitar la penuria de la inflación deberían aprovechar lo aprendido.
(*) Miembro del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso.




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