5 de julio 2002 - 00:00

A Tato con champagne, emoción y ausencias

N o hubo vermouth con papas fritas, sino champagne con papas fritas, en la inauguración el martes por la noche de la megaexposición que el Centro Cultural Recoleta ha dedicado a la memoria de Tato Bores, el recordado Actor Cómico de la Nación. Cerca de 2.000 personas (incluyendo famosos y depredadores de cocteles) llenaron la sala y sus adyacencias, en lo que promete ser una de las muestras más concurridas del mes. Pero, curiosamente, faltaron casi todos los artistas que alguna vez trabajaron con él.

Entre los presentes, saludando a doña Berta e hijos, estaban China Zorrilla, Juan Carlos Mesa, Norma Aleandro, Carlos Perciavalle, Gabriela Acher y algunos viejos periodistas del espectáculo. El resto, quizá estaba grabando, no recibió la invitación a tiempo, se encogió con la lluvia, o no tenía qué ponerse, lo que, en el caso de las bailarinas, no hubiera sido tanto problema.

De la muestra propiamente dicha, emociona particularmente una vitrina donde se exponen la peluca (en toda su carrera usó siempre la misma), los anteojos, los patines, la calavera hamletiana, y otros íconos de su personaje, entreverados con varios Martín Fierro y otros premios. También, otra vitrina con álbumes y programas de sus actuaciones teatrales.

Detalle interesante, en sendas columnas hay un par de aparatos para escuchar algunos monólogos. Es simpático ver gente riéndose sola, con los auriculares puestos, mientras alrededor todos deambulan mirando las muchas fotos, incluso familiares, y los afiches que cuelgan de las paredes.

En rincones adecuados, la gente puede sentarse y ver, aunque sea por videos viejos, alguna selección de programas y fragmentos de películas. Interesa, a la entrada, una síntesis biográfica que a modo de datos contextuales aporta qué ministro de economía y qué índice inflacionario había en cada período. Aburre un poco, en cambio, la reiteración de unos pocos recortes periodísticos pegados en las paredes, casi todos de los mismos medios, «La Maga», por ejemplo, y casi ninguno con sentido del humor, algo imprescindible si se quería sintonizar de veras con el espíritu del homenajeado.

Más apropiados resultan la ya famosa gigantografía de ocho metros, el enorme plato de pastas y los también gigantescos teléfonos y patines que adornan el fondo y el centro de la sala, y que son justamente eso, adornos para llenar el espacio, para que los chicos quieran tocar y jugar, símbolos, además, de nuestra típica costumbre de inflar las cosas -una costumbre que el propio Tato solía tomar en solfa en sus programas, poniendo su típica cara de perplejidad, mientras escuchaba la explicación de algún opinólogo (dicho sea de paso, el único de esa fauna que ha merecido un pequeño espacio en la muestra, es el inefable Federico Peralta Ramos; los demás prácticamente ni existen, y eso que eran fundamentales).

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