Horacio Lavandera (piano). (Teatro Maipo. Repeticiones: los lunes de abril.)
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La música como juego es un aspecto fundamental a destacar en las interpretaciones de Horacio Lavandera, no sólo por la elección del programa sino también por la actitud casi interactiva que provoca en quienes presencian sus actuaciones.
Lavandera (dueño de una técnica pianística que está entre las mejores de nuestro tiempo) eligió un programa conformado en su totalidad por autores argentinos.
El sentido de diversión se apodera del pianistade 23 años cuando interpreta el «Doble estudio», N° 6 de Fabián Panisello con sus endiabladas armonías o el «Triciclo», «Listo el pollo», «Pato al agua» y «Mi longa codita», de Gabriel Senanes, que Lavandera toca con dinámica imparable, un halo irónico y acentos surgidos de la música urbana y rural.
La «Tocata Newen» de un Benzecry con raíces latinoamericanas obliga al intérprete a una expansión pianística espectacular, y el « Levante», de Golijov, con aires de habanera, a que Lavandera acompañe las oscilaciones de la música con movimientos corporales. Así cerró la segunda parte el pianista, quien termina invariablemente sus ejecuciones levantándose abruptamente del taburete, con una sonrisa cómplice como si hubiera cometido una picardía.
La primera parte estuvo destinada a las generaciones anteriores, músicos que emergieron después de la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. «Huella y gato», de Julián Aguirre; «Milonga del volatinero», de Alberto Williams; el «Rondó sobre temas populares infantiles», las «Danzas argentinas» y la primera Sonata (Op. 22), de Alberto Ginastera trasportan al oyente a los orígenes de la música culta argentina.
Hay en la sala del Maipo (que esta vez buscó ponerse más serio) una sutil amplificación que no molesta y otorga mayor relieve al trabajo del músico que termina su concierto con tres bises, entre ellos «Mi Buenos Aires querido», pieza icónica con la que Lavandera también transmitió emoción.
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